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To Trump, Trumpar

Es difícil hacerle su pedigrí a cada mexicanismo que voy cazando en libros y papeles viejos. Más difícil es reconocer los mexicanismos que me habitan. Y aún más enredado es aventurar los del futuro, pero…

El vocablo “Trump” tendrá por destino convertirse en mexicanismo; cual sustantivo, será sinónimo de payaso tenebroso: “duérmete mi niño porque viene Trump y te comerá”. El término tendrá más vuelo y más chicha como verbo, dejando atrás al personaje, Donald Trump. Le arrimo el hombro al diccionario de mexicanismos del futuro y digo que “Trumpar” o “trumpear” (ya dictará el genio de la lengua) será mexicanada con las siguientes connotaciones:

  1. Trumpar” será versión criolla de “to bully” (“use superior strength or influence to intimidate (someone), typically to force him or her to do what one wants”, OED). De un tiempo acá, en vernácula chilanga se dice “buliar”, pero la lengua es sabía y “trumpar” será más de casa. Los orígenes de “to bully”, según el OED, se remontan al siglo XVI, cuando la expresión antes que significar “humillar”, “martirizar”, connotaba “endearment”, esto es, cariño. En el siglo XIX “to bully” adquirió su sentido de ruindad y vejación. Sea como sea, la frase “Esos gañanes trumpaban a la pobre criatura del señor”, sonará a más pura jeringonza mexicana que el malsonante “buliaban a la criatura”.
  2. Trump”, claro, es un apellido, pero la palabra en inglés tiene historia similar al verbo “to bully”. “Trump” significa, en juegos de naipes, “a playing card of the suit chosen to rank above the others, which can win a trick where a card of a different suit has been led” (OED). Y el verbo “to trump” connota carta ganadora: superar, sobrepasar, ganar, triunfar sobre; ejemplo, “In love matters, money trumps beauty”. Es decir, de significar comodín y triunfo, “Trump” pasó a ser el apellido de un maniquí del triunfo. Por ende, “trumpar” en mexicano vendrá siendo lo que siempre fue, como en la expresión “el güey se lo trumpeó regacho”.
  3. Trumpar” también será absorbido por el temple de la mexicana palabrería como la acción propia de los “chingaqueditos” del siglo XXI –que no es lo mismo que un “chingaquedito” del siglo XIX o XX–. Y esto porque, de aquí a unas décadas, en la historia de cosas como el twitter, Trump y “trumpar” serán lo que el onanismo ha sido a la historia de la castidad; es decir, sine qua non. “Trumpar”, pues, será también: “engendrar aforismo de a peso con el objeto de: i) chingar; ii) reducir cualquier tipo de complejidad a memez quinta-esencial (Josep Pla); y iii) estar en boca de todos. “Trumpando, trumpando”, se dirá, “éste o aquél logró ser líder, presidente, capo o rey”. El verbo y la acción de marras, está claro, están destinados a un largo recorrido en la política del futuro.
  4. Trumpar” también será acción de ejercer un viejo habito mexicano: el antiamericanismo en pelotas, ese que es intrínseco a “mexicanear”. El nombre “Malinche” evolucionó de esclava/regalo a sinónimo de vendepatrias. De igual forma, “trumpar” o “trumpear” evolucionará, en calo, de significar señor gringo “pedero” a querer decir gringofobia. Significará entrega desfachatada a odiar gringos y gringadas. De tal suerte que, con mucho tiento, a alguien que va cayendo en las planicies del “pinches gringos, ¡Viva México cabrones!”, se le dirá: “no trompees” o no “trompies”, “trumpeando no llegamos a ningún lado”. Los diccionarios de mexicanismos del futuro explicarán que el trumpismo desató el anti-mexicanismo norteamericano y que, por rara extensión, “trumpar” acabó en “forma del nacionalismo mexicano que al mismo tiempo connota anti-americanismo desmedido, xenofobia mexicana y autogol (debido a la agringada esencia que de ya cargan los mexicanos)”.

Para uso de los diccionarios del futuro, quiero dejar documentados, en caliente, los efectos de Trump y “trumpar”.

1.

Trumpar” significará reducir la complejidad del mundo a soundbites de payaso de reality show. Con el tiempo, se entenderá que The Mexican y sus connotaciones (narco, rapist, bad hombre) fueron, son y serán intrínsecos a “trumpar”. Eso sí, en México, desigual y desunido, no hay ni habrá forma de consenso cultural, político y social más fácil de lograr que el recurso a Donald Trump o a su recuerdo. Será grande la tentación de entregarse a “trumpar” en el sentido de ejercer con gusto el anti-americanismo de toda la vida para lograr consensos efímeros e inútiles. Y en esto México está destinado a ser un espejo del Estados Unidos que tanto desprecia el anti-americanismo mexicano. Porque si Trump logró votos sacando al fantasma del anti-mexicanismo del armario, cualquiera en México puede hacer lo mismo despertando nuestros propios fantasmas. El problema no es de historia, ni de moral ni de justicia, sino de pragmatismo y de auto-estima. Decir “¡Pinches gringos!” va bien, da gustito, lo pide el cuerpo, pero “trumpar” así no sirve para nada y es peligrosísimo. No porque haya que amarnos entre gringos y mexicanos, no; pero no hay de otra que estar juntos. En el pasado, presente y futuro estadounidenses y mexicanos hay suficiente togetherness para lanzarnos lo mismo al exterminio del otro que a la convivencia y futuro conjuntos.

No explotar en el mercado político el anti-mexicanismo o el anti-americanismo, es una decisión contra-natura, pero en ambos países es la decisión ética por excelencia. “Trumpar”, en inglés o en español, seguirá siendo la gran tentación, quizá no tenga sentido llamar a la mesura ni a la responsabilidad. En especial, porque ya son muy mexicanos los gringos, y muy gringos los mexicanos. Empero, hoy o mañana, no hay que olvidarlo: en el medio de la coexistencia que hemos mantenido por más de un siglo entre México y Estados Unidos, el anti-americanismo ramplón es suicidio. Proyectos educativos de largo alcance en México y Estados Unidos podrían dar resultado. O no. Quizá lo único que sirva es aprender a la mala, entregarse a “trumpar” para enfrentar las consecuencias y entonces, después de la desgracia, aprender a domar las tentaciones del anti-americanismo y del anti-mexicanismo. En tanto, “‘trompame’ más que me hace tu maldad feliz”.

2.

El diccionario de mexicanismos del futuro tendrá que pasar por alto la calentura que nos agobia a partir de la elección de Donald Trump. Porque Trump y “trumpar” han dado lugar a una profesión: la trumpología (en México, los y las intelectuales, a la menor provocación, devienen en experto en lo que sea). La improvisada trumpología ha derivado ciencia de la indignación, certeza del asco y lucidez de la cacofonía. Por seguro, se trata de la indignación, del asco y de la cacofonía más nobles, pero dale que te pego con variaciones de lo mismo: Trump malo y mal “averiguao”, racista, error de la historia y de la naturaleza. No siendo trumpólogo, me he refugiado, con dudas y desazón, en releer, un decir, las ambiciones presidenciales de Aaron Bur (circa 1800), la corrupción de, y la traición a, the radical republicanism a manos de Andrew Johnson, los desplantes imperiales y racistas de Teddy Roosevelt o el porqué del éxito de esperpentos trumpianos como father Coughlin, Huey Long, senator McCarthy, governor George Wallace. Pero, yo lo sé hoy como lo sabrá el caza palabras del futuro: para entender el verbo “trumpar” y las limitaciones de la trumpología mexicana no hay que dar lecciones de historia. Sólo digo esto: en el pasado, el enigma verdadero, el enemigo a vencer, no fue uno u otro mamarracho. (Clío no es pastora de héroes, sino de mamarrachos, de esos que hacen de la historia el peligro y la esperanza que es). En cada momento, pues, el enigma verdadero no fue uno u otro mamarracho sino la cíclica adicción a la simpleza, la cual dotó de sentido, alimentó y reprodujo –y a su vez fue absorbida, recreada y reproducida por– la “memez quinta-esencial” de los mamarrachos de marras que queriendo hacer historia acabaron ora en brincadeira ora en hecatombe. “Trumpar” será mexicanismo precisamente porque será el verbo más exacto, más ligado al contexto tecnológico y cultural que vamos viviendo; verbo que en una sola voz mezclará sabores de variopintos vocablos: “inmediatez”, “calentura” e “impunidad”; o “simplificar”, “minimizar”, “menospreciar”, “ningunear”, “mamonear”, “netear” y “pendejear”.

El presente sobredimensiona la mediocridad de Trump. En el futuro, la historia será no la del gordo del copete ridículo sino la del ayuntamiento del fin de la vieja industria, el largo desmantelamiento del Estado de bienestar y los peligros de la post-Guerra Fría en tándem con los repiques culturales y sociales producidos por la elección del primer presidente negro. También será la historia del renacer del culto a la simplicidad en versión campus gringo “pogre” o en versión rural/blanca pobre/religiosa. Al menos hallo consuelo en saber que la historia meterá a Donald en el rebaño de mamarrachos a que pertenece; ahora mismo, la verdad es que los trumpedos vía twitter molestan, son peligrosos e insalubres, nos revolotean cual cansinas moscas recién desaquerenciadas de la mierda, pero como vienen se van. Nos hemos hecho a la idea.

Por seguir documentando algún diccionario de mexicanismos del futuro confieso que, con ojos de historiador, es especialmente trabajoso pensar aquí y ahora qué sigue en el mundo. No porque el culto a la simplicidad sea una cosicosa nueva en la humanidad. ¡Qué va! A cada tanto vuelve. Pero, creo, esta es la primera vez en la historia que un peligroso ciclo de simplicidad se da no sólo como revancha social clara y llana, o como inevitable réplica ante los viejos y complejos acuerdos y ante los barroquismos analíticos que dotaban de sentido a viejos consensos. No. Algo más está pasando: hoy, al analizar la realidad –como político, como opinólogo o como académico– la simpleza, los 0 vs. 1, los A vs. B, no constituyen un desliz del pensamiento, sino el formato del pensar. Tajante, lógico y simple es, tiene que ser, el lenguaje en el que lo político es decible; lo no simple deviene indecible. Creo que este ciclo de simplicidad que nos toca vivir es y será, tiene que ser, no hay más, presentación de power point o mensajes de twitter o los mil likes en el facebook. Es como si la música fuera reducida a lo que quepa en partituras de 140 o 280 notas llanas, nada de bemoles y sostenidos.

En términos de cultura política, no estamos atestiguando la coincidencia de un cambio tecnológico al que se hubieran montado las maneras convencionales de hacer política. No. El telégrafo, por ejemplo, cambió la política, la guerra y el comercio. Mudaron las nociones de riesgo y timing. La retórica populista del siglo XIX –en Estados Unidos, Francia o Rusia—fue alterada por completo cuando la radio hizo posible trasmitir horas y horas de discursos de los respectivos caudillos. Ahora vivimos algo distinto: las nuevas tecnologías (google, twitter, Facebook, Instagram) no son un medio más, sino otra forma de pensar y conocer, de ser pensado y darse a conocer. Y esta forma otorga una inédita vitalidad a la simpleza–que siempre fue una tentación política, pero no la política–. La metáfora no es la de un río encontrando su cauce, sino la de un cause fundando su río. Ni un presidente negro, ni un farsante como Trump, hubieran podido reyes del imperio sin esta nueva circunstancia.

3.

Hace poco Fernando Escalante escribió, citando a Rafael Segovia:

El proceso de modernización había dejado en México una trama de residuos institucionales engastados en el aparato estatal… Esa ha sido la historia de los últimos cuarenta años… El desbroce se ha explicado como modernización, privatización, liberalización, como exigencia de la democracia, la transparencia, la legalidad. Es así, es todo eso, pero da lo mismo. En el camino, desarraigar el régimen de la revolución significó hacer al Estado más rígido y más frágil. La idea básica era que el sistema electoral tomase el relevo como recurso de legitimación, y que todo lo demás se resolviera con la combinación del mercado y el Estado de derecho… El problema es que esos residuos institucionales cristalizados como SME, SNTE, STPRM, o lo que sea, no desaparecen: son recursos de supervivencia, redes de confianza, capital político, que se transforman, buscan acomodo –y lo encuentran. Está claro que son ahora más vulnerables, tienen también más autonomía. Y la posibilidad de parasitar mercados, instituciones, negocios, es directamente proporcional a la desigualdad.. Llegados a un extremo de fragilidad estatal, y de autonomía de esos residuos, se decidió empezar de nuevo, y se empezó por la expropiación de los recursos de violencia: en eso llevamos diez años largos, como los del inicio del siglo pasado” (“Residuos”, Milenio, 2 de agosto, 2017).

En efecto, México fue obligado a andar a la deriva de la historia, primero, por el terrible cambio de mundo que empezó en la década de 1970 a raíz de una crisis económica y energética que debilitó el paradigma del Estado de bienestar que fue el equilibrio que se mantuvo entre el campo magnético sostenido, por un lado, por el miedo a la revolución, por el otro, el fascismo; entre el liberalismo puro y la tentación populista. No obstante, un reloj doméstico pretendió un tic tac diferente al del mundo y así el país fue escapando de la debacle de la posguerra con improvisaciones echeverrico-nacionalista o petrolero-lopezportillista. Eso sí, para mediados de la década de 1980 México comenzó bailar el sonsonete del mundo, esperanzado en dejar atrás las complejidades de amarres y pegotes sociales, institucionales y culturales; atrás quedaría la falsa estación barroca de la modernidad que superaríamos gracias a la fe en el blanco y negro del liberalismo político o económico; al fin seríamos lógicos y racionales, incluso democráticos, como el mercado o como un orden liberal ideal. Parafraseando a Escalante, digo que vamos descubriendo que tras las enredaderas no había edificio. Pero ¿dónde el Estado no ha sido uno u otro chayote montado sobre, y cimentando a, instituciones políticas? Y así vamos. Es este el contexto en el que “trumpar” se vuelve la lengua franca de la política.

Por su parte, Steve Bannon, a punto de abandonar la Casa Blanca, regaló una entrevista a American Prospect. Y ahí dijo, entre otras cosas: “The Democrats, the longer they talk about identity politics, I got ’em. I want them to talk about racism every day. If the left is focused on race and identity, and we go with economic nationalism, we can crush the Democrats”. En fin, pareciera ser una de las suyas, fácilmente encasillable en más del Alt-Right y aquí los opinólogos –mexicanos o estadounidenses– se alinearían a como corresponde, unos a denunciar lo ya sabido, otros a defender la cruzada “anti-political correctness” que, como toda cruzada, tiene mucho de santidad y de barbarie. Sin embargo, Bannon será recordado como “gacgo” no como pendejo.

Escalante y Bannon tocan, de distintas maneras, la obsesión que alimenta al verbo “trumpar”: la simpleza. Lo de Escalante es nada menos ni nada más que la denuncia del peligro de la simplicidad; Bannon, en cambio, utiliza la simpleza a calzón quitado; la hace cortina de humo para lanzar de incógnita su visión nada simple, muy atrevida, de un apocalipsis nacionalista por venir. Pero ambos saben que no es la simplicidad de bueno vs. malos lo que está en juego, sino que es el juego mismo lo que está en entredicho, la paz o la guerra. Y llegados a esta convicción nada es simple, nada es entre puros buenos contra malísimos malos.

Los binarios son tajantes, como si los elementos de cada dicotomía fueran encontrables en la realidad: blanco vs. negro, bueno vs. malo, legal vs. ilegal, American vs. un-American, gringo vs. mexicano, ellos vs. nosotros, liberal vs. populista, corrupto vs. honesto, racional vs. ideológico, rawlsiano vs. continental, hip vs. naco, formal vs. informal, paz organizada vs. crimen organizado, global vs. nacional, moderno vs. tradicional, post-moderno vs. moderno, identidad vs. impostura, nacional vs. local, democracia plebiscitaria –twittera of course—vs. nada. El mundo en 1500 o en 1700 o en 1900 u hoy fue y es mucho más complejo que una u otra opción; eso no “cambéa”, decían en La Piedad. La simplicidad no se impone en la realidad sino en las maneras de entender lo que va pasando, y en esta dimensión puede decirse que la simpleza es cíclica y parece siempre seguir a los abigarrados entramados mentales que imponen las tragedias.

El batiburrillo legal y cultural que Claudio Magris llamó la “saggezza asburgica” —-el arte de “posponer el fin, de retrasar la oscuridad”, con artilugios irónicos y dolorosos—fue impuesto por las revoluciones europeas entre 1789 y 1848, y a esa sabiduría siguió la supuesta eureka de coherencia liberal, justa y racional: una lengua = una raza= un pueblo = un Estado = una soberanía= una nación. Y así le fue al imperio austrohúngaro y al mundo. Al corrupto y barroco imperio Habsburgo español, que duró más de dos siglos y que nació de la autoconciencia de debilidad ante Europa y ante las dificultades de gobernar vastísimos y variados territorios y gentes, e esto siguió la ilustrada simplicidad del orden, la soberanía única, la religiosidad racional, las cuentas claras y el chocolate caliente de los Borbones. Y a ello siguieron guerras. En la historia, las cuentas nunca están claras y al chocolate político, cuando caliente, lo queremos un poco más frío y, cuando frío, como que quiere su calentadita.

Los complejos entendimientos económicos, sociológicos y culturales que sustentaron la idea del Estado de bienestar en la posguerra fueron hijos de la debacle de la gran depresión, el fascismo, el nacismo, el estalinismo, las dos guerras mundiales, el holocausto y la bomba atómica. Al complejo barroquismo analítico de posguerra siguió, a partir de la década de 1980, el culto a la simpleza de los mercados, de los modelos racionales y mono-causales derivados de big data, de algoritmos, eso sí secretos y muy sofisticados, pero que sirven para construir mercados políticos de opciones simples, vendibles y maniqueas.

Vamos “trumpeando”, viviendo un nuevo ciclo de culto a la simplicidad, una seducción que pare monstruos. Cuidado.

4.

Como historiador, me viene sonando que “trumpar” implica un culto a la simpleza que nos arrima a los básicos. Entonces, como siempre en la historia, la cosa se reduce a paz o guerra. Ahí anda medio mundo al unísono. Claro, la abismal desigualdad social es lo que, en México, marca los bemoles y colores de un cambio de era mundial y en común. Todo está filtrado por esa gran desigualdad. Entre Estados Unidos y México, es la desigualdad misma la que permite la simplicidad de llamar a todo mexicano (pobre) reapist o asesino, es lo que ha permitido el monto y la clase de masiva inversión estadounidense en México; es lo que ha dado lugar al gigantesco circular de capital humano, y al tipo de prosperidad y estabilidad que hemos vivido por décadas. Es decir, la desigualdad no ha sido una “externalidad” de los modelos, es intrínseca a todo modelo de inversión, acumulación o relación entre México y Estados Unidos. “Trumpar” es verbo del lenguaje de la desigualdad que incide en el propio culto a la simpleza al explicar lo que está sucediendo. Sin asumir un México de a) miserables y b) “jaladores”, ¿cómo podría un presidente de Estados Unidos mantener prejuicios raciales tan ramplones?

La crisis de los partidos tradicionales, el renacer de populismos de izquierda y de derecha, la red de la política vía la política de la red, el agotamiento del optimismo sobre el papel democratizador y societario de la nueva internet-cultura, y las décadas de identity politics que siguieron a las luchas de los derechos civiles y al fin del Great Society State… creo que todo esto ha dado lugar, o ha demandado, la reducción de lo político y lo público a la simplicidad del estilo 140 o 280 caracteres de twitter. En efecto, Obama hizo un uso pionero de las redes, mismo que Trump pudo perfeccionar y hoy gobierna por twitter; claro, la primavera árabe nos hizo creer en el uso democrático y liberalizador de las redes y el internet. Y las cosas han acabado como han acabado; ISIS también es un milagro democrático internético. El problema no es que políticos y comentaristas utilicen los caracteres de twitter o lo equivalente de lo que sea; el problema es que lo público, lo político son sólo concebibles con la simplicidad que implica la inmediatez, la tajante y chabacana lógica que demandan los caracteres de marras. Más allá de ideologías, el lenguaje de 1 vs. 0 vía twitter es, por seguro, más democrático que la opinología de hace veinte o treinta años, y es también más demo-diarreico. Otorga y pide la impunidad del comentario guarro y anónimo, mitad venganza social mitad descarga intestinal, y exige ser o hacerse tonto. Nadie en realidad twittea, todos somos twitteados, vivimos en la lógica de la simpleza y puras netas, netas, nada de matices.

Hoy en Estados Unidos los Bannons o Milos son posibles por la misma razón de existencia de los liberales que escuchan la radio pública estadounidense (NPR) y los blogeros e identitarios progres. Hace no mucho Manuel Castells y otros nos anunciaban el paraíso de claridad que vendría del poder directo de la sociedad civil vía el internet. Los indignats en Barcelona u Occupy Wall Street en Nueva York, para una cierta progresía, anunciaban el fin de las complejas y corruptas maquinarias política; seríamos libres y directos: andando de las manos, que fácil es la vida; levantando las manos, el mundo es ideal. Es la misma necesidad de lógica, simplicidad y pureza que sostiene a Bannon o a los cientos de sites de white supremacists; es “trumpar” sin Trump, es la simplicidad que ofrece y demanda la hiper-infantilización de la vida de campus universitario, la industria de la constante indignación moral, la cultura terapéutica y catártica del anonimato internético, esa pasión por decir “la neta, neta”, gorda, vulgar, en redes y blogs, en tanto los puros twitteamos supuestos aforismos.

El sueño de cada twitt, claro, no es, en un acertijo, no es abarcar o examinar la complejidad real sino no perder el turno en la viral reproducción de la simpleza como res pública. “The hysterical liberal call-out produced a breeding ground for an online backlash of irreverent mockery and anti-PC, typified by charismatic figures like Milo”, escribe Angela Nagle (Kill All Normies, 2017), “But after crying wolf throughout these years, calling everyone from saccharine pop stars to Justin Trudeau a ‘white supremacist’ and everyone who wasn’t With Her a sexist, the real wolf eventually arrived, in the form of the openly white nationalist alt-right who hid among an online army of ironic in-jokey trolls. When this happened, nobody knew who to take literally any more”.

En esta simplicidad estamos. Seguro, no hay salida, pero no se llame sabiduría a lo que no es más que adicción a la simplicidad. Nos conforta moralmente, pero es peligrosa.

5.

The Mexican y México son intrínsecos a “trumpar”, y ni Obama, ni Hilary, ni Thomas Frank (Listen, Liberal: Or, What Ever Happened to the Party of the People?, 2016) hicieron nada para desligar “trumpar” de The Mexican. Los white supremacists no tienen empacho en identificar el problema: Mexicans = un ataque genético, extinción de nuestra raza. Por su parte, la progresía gringa no se atreve a defender a sus mexicanos, ni siquiera como hacían los nobles austriacos, anti-semitas, con sus judíos. No. Nadie se atreve, porque es muy complejo de explicar, riesgoso decir: “we´re all Mexicans or we´re risking not being”. Mejor “trumpar”. Tampoco es que el ethnic studies program más contestario se atreviera a ir más allá de la simpleza diversidad/tolerancia multikulti vs. resistencia étnico/cultural, no asimilación, pureza identitaria en el medio de la más grande sociedad de consumo material y cultural, la más homogeneizante y gigantesca que la humanidad ha conocido.

¿Cómo se trumpea todo esto? ¿Cómo dice todo esto en twitter? ¿Cómo se gana con esto los cien o mil likes? Lo intento:

Ni novelado ni historiado: Trump sólo puede ser twitteado; twitt es y en twitt se ha de convertir, A vs. B en blanco y negro, y que vaya siendo entre los twitts olvidado.

Trump es un twitter pero la era Trump es intwitteable. La historia, cualquiera, es in-conjeturable en la indignación, certeza y pureza de los 140 o 280 caracteres.

México vs. Estados Unidos: ya no es militar, económica, humana y culturalmente concebible. Jodidos y encamados. ¿Qué hacemos?

En 1848: Mexicans = White by Treaty. ¿Por qué no hoy all Brown by default?

En asuntos México/Estados Unidos, clase es más que raza y más que identidad. También en “queveres” México/México. Raza y racismo son decires vernáculos de la lengua franca (clasismo) de y entre mexicanos y estadounidenses.

Mexicans wanted to be their new Irish; they wanted Mexicans to be their new, improved, Blacks; Mexicans’ve been both for long. Now we’re all like, you know, Mexicans.

Los estadounidenses y mexicanos con Trump y sin él, como los catalanes y castellanos, tenen dret a esser el que són y a asumir que lo mexicano es ontológicamente no estadounidense y viceversa; que lo catalán es ontológicamente no castellano y viceversa. Lo que no les es posible es quitarse lo gringo, que de ya es bien mexicano, lo que a su vez es “contimás” re-gringo, o lo gachupín que es tan catalán como castellano.

Los racistas estadounidenses de fines del siglo XIX tenían razón: inmigración = race suicide, que no race oblivion; ahora peleamos entre descendientes de suicidas que creen que los suicidas son los de los otros. “Trumpar” es lo que hoy toca, y ¿quién nos quita el gusto de twittearnos nuestras respectivas purezas?