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Paloma

Paloma, el bicho y el nombre, no son mexicanismos, pero hay un icono México/austrohúngaro que hace tiempo me intriga porque habla de la paz y la guerra muy mexicanísimamente, gracias a que “Paloma” es mucho más que un icono mexicano. Me refiero a una pieza musical muy pero muy mexicana, pero que no es mexicana; fue compuesta por un español, pero sólo gracias a la digestión que el músico vasco Sebastián Yradier hizo de la peculiar mezcla cubana de ritmos negros, contradanza francesa y country-dance inglesa –esa contradanza cubana que, según Alejo Carpentier, se consumía por toda Europa como música exóticamente española pero también tropical. Hablo de La Paloma, una habanera tan mexicana como cubana y catalana y tan querida de Maximiliano y Carlota como luego lo fue de Bizet, Rabel o incluso Nietzsche o Wagner.

Se trata de una de las piezas más populares en el México de tiempos del segundo imperio. La paloma, el ave, claro, es ha sido transformada en el símbolo de la paz, pero eso es cosa del siglo XX; todavía en los congresos de la paz de La Haya a principios del siglo XX, el símbolo de la paz seguía siendo una copia de Irene, con rama de olivo, simbología de la antigua Grecia. Pero La Paloma, la canción, fue una suerte de hilo musical, de música de fondo, de la paz entre 1870 y 1914. Y la canción, en su versión original, y en su tocarse y tocarse en México o Viena, devino en un elogio simultáneo a la paz de la nostalgia y a la nostalgia de la paz.

La tonada es conocida; cursis como yo, o mexicanos mayores de setenta años o austriacos de más de noventa, no necesitamos karaoke, podemos seguir los primeros versos: “Cuando salí de La Habana, válgame Dios, nadie me vio salir si no fui yo”. Quiero creer que, si cantara: “Si a tu ventana llega una paloma”, más de uno podrá mentalmente completar la copla o al menos reconocer la música no meu comportamento antimusical: “trátala con cariño que es mi persona”. Sea como sea, en sus versiones antiguas, La Paloma concluía con el anuncio de la paz: “no te ensañao el cuadrilátero tan de cantao que los austriacos han regalao al amor mío muy dibujao y el papelito certificao de que la guerra ha teminao con tres obleas me lo han pegao, me lo han pagao”.

Era, pues, una habanera que poco a poco se metió en el momento “españolista/tropical” de la cultura europea. Si Eduard Manet pintó dos o tres versiones del fusilamiento de Maximiliano, con dejos de Goya –y ahí reburujados estaban México, España, el imperio austrohúngaro, guerra y paz–, así ecos de La Paloma y otras habaneras sonaban en la música de Bizet o Rabel, sobre todo gracias a su consumo en Viena. Un catálogo alemán de partituras de 1875, identificaba a La Paloma como pieza para piano de Sebastián Yiader, y como “Chanson Mexicaine”. El conde Harry Kessler menciona la fascinación por ese tipo de música en 1898 en su Notizen über Mexiko, aclarando “In Europa kennt man davon nur die Paloma”, “en Europa sólo sabemos de esto por la Paloma”. Pero era una moda bien conocida. Un viajero estadunidense en Cuba y México, Thomas Rees, explicaba en 1906: “La Golondrina is the Mexican ‘Home, Sweet Home,’ but the prime favorite is ‘La Paloma,’ which is played at almost every concert. I shall never forget one night in the hotel at Cuernavaca the orchestra played La Paloma, singing certain parts. The effect was most beautiful. Every one stopped talking and there was perfect silence, and when the last strain died away, they were encored again and again”. Prinz zu Salm Salm cuenta que bailaban La Paloma en las fiestas de la corte imperial mexicana. Dicen que en el Trieste de la década de 1860, La Palomo y esta tonada eran muy populares,

Che il trono gelido

De Moctezuma

E nappo gallico

Colmo de spuma

Y varias memorias e historias repiten el amor de la emperatriz Carlota por La Paloma. Todavía en 1934, en Die Standarte, de ese genio austriaco que fue Alexander Lernet-Holenia, un personaje en las calles vienesas de la inmediata Primera Guerra, se topa con un violinista callejero –deformado por los estragos de la guerra—que toca “La paloma”. El narrador informa al lector que esa era la última canción que escuchó el frustrado emperador Fernando Max antes de ser fusilado, y le fue cantada, se lee en die Standarte, por una sirvienta que se suicida de pena después de la ejecución de Fernando Max, el hermano de Francisco José. La Paloma era, como el estandarte, reliquia de una era de paz idealizada pero real, sobre todo, más real después de 1914.

Pero la pieza tuvo varias vidas. Se volvió símbolo de la aventura francesa en México, del anti-americanismo implícito en la idea de l’Amerique latine comandada por la Roma del siglo XIX, Francia; devino también en música de fondo del amor/odio que Maximiliano y Carlota inspiraban en Europa y México, esa mezcla de fascinación por la inocencia o por la estupidez del liberal Habsburgo y por la traición artera al romanticismo de la guerra que reinó hasta la guerra franco-prusiana, traición ora achacada a Francisco José ora a Napoleón III ora a Juárez ante la honorabilidad de un príncipe vencido. La Paloma, pues, fue canto de nostalgia de lo que pudo haber sido, luego canto de nostalgia de la paz que fue, y también, parodiada, canto de victoria liberal mexicana.

La cantante mexicana Concha Méndez, dicen, solía cantársela a la emperatriz. El poeta Juan de Dios Peza a fines de la década de 1860 en El Renacimiento, contó en dos anécdotas la suerte que corrió La Paloma en México: En 1864 o 1865, en un sarao en el palacio imperial mexicano, José Zorilla, entonces en México, hizo llorar a la emperatriz recitando viejas cantigas arábico cristianas, en tanto Concha Méndez hizo lo propio cantándole a su emperatriz La Paloma. La emperatriz, cuenta la leyenda, quedó tan conmovida que regaló una pulsera a la cantante mexicana con las iniciales MCA, las de Carlota, la hija de Leopoldo I, rey de los belgas. Fin de la primera anécdota.

Poco después de la entrada triunfal de los liberales a la ciudad de México, en el Teatro Principal, Concha Méndes deleito al público que festejaba el triunfo con varias piezas muy aplaudidas. Pero el público exigió que Concha cantara no La Paloma, sino la sátira que Riva Palacio hizo popular o compuso o ambas cosas, la llamada La Paloma Liberal: “Si a tu ventana llega un burro flaco, trátalo con desprecio, que es un austriaco”. En efecto, la tropa la cantaba como burla de la paz austriaca. Concha Méndez en el Principal se negó a cantarla. Juan de Dios Peza señala que Concha dijo: “Nunca he de cantar lo que me pedís, señores, llevo puesta en mi brazo la pulsera que me regaló una infeliz princesa que hoy gime sola, viuda y loca muy lejos de nuestra patria. Ni el pueblo mexicano ni yo … hemos de insultar la memora de un príncipe ajusticiado en Querétaro ni de una dama virtuosa, que en vez de la corona de reina ciñe hoy la corona del martirio. Matadme si queréis, pues prefiero la muerte a ser una ingrata y una infame”. Y besó la pulsera. El público respondió con “Viva México, viva Concha Méndes, y “nunca más le volvieron a pedir” La Paloma Liberal, dice Juan de Dios Peza, quien, después de todo, era un poeta muy católico.

Eso sí, el liberal consumado que fue Ignacio M. Altamirano –a pesar de que en 1876 calló rendido a los pies del pretenso borbón Don Carlos que, derrotado en la última guerra carlista, estaba en México camino a Filadelfia—Altamirano, pues, en El Renacimiento se burlaba de La Paloma. En 1869, da por muerta La Paloma a resulta de unas puestas en escena del Teatro Principal en que dos cantantes entonaron La Paloma; Altamirano declara a la paloma muerta por mal cantada y por lo que la pieza significaba: la nostalgia de Maximiliano. “…murió para siempre, sí, clavó el pico recogió las alas y rodó con las patitas crispadas por el frío de la muerte ¡qué jamás volvamos a oírla!”.

Pero la Paloma siguió sonando. Fue un éxito de la primera radio mexicana en la voz del barítono Juan Arvizu. Pero su vinculación a la paz austriaca se fue perdiendo. Y en Europa se dejó oír en los campos de batalla de la Primera Guerra, y apareció antes, en 1875, en O Crime do padre Amaro del genial Eça de Queirós: “Depois do chá Amália sentava-se ao piano. Causava então entusiasmo de Leiria uma velha cancão mexicana, a Chiquita. Amaro achava-a de apetite, e sorria de goxo… penas Amália começava com muita languidez tropical: “Cuando sali de La Habana, válgame Dios….”. E como achava gracioso, vereou-lha, quando ela gorjeava: ay chiquita que sí, ay chiquita que no..” Y Bizet metió en Carmen una habanera parecida que, dicen, Nietzsche escuchó y tocó a Wagner, y hay quien cree que esas habaneras fueron lo que inspiró a Marcel Proust en la década de 1890 su «Elogio de la mala música» que era una descripción de la importancia no musical sino sentimental de piezas como La Paloma: «Detestad la mala música, pero no la despreciéis. Se interpreta y se canta con mucha más pasión que la buena porque poco a poco se ha ido llenando con los sueños y las lágrimas de los hombres”. 

Así de larga es la vida de La Paloma que yo primero escuché en la voz de Juan Arvizu. Yo que iba a saber entonces que la mexicanísima canción era gota de agua pero también océano.