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O

Ondi que te cuento

Ondi que te cuento”: era frase consabida en La Piedad, Michoacán; cuatro palabras que, nada más pronunciadas, abracadabra: se materializaba una sabrosa coexistencia entre contar, estar, sugerir, entretener, intrigar, informar y convivir. La frase quería decir tanto así como prepárate, arrímate la silla, traite el café o el trago, “asiéntate” aquí en el zaguán de la puerta que va “pa’ largo”; a contar historias sin ahorro de color y sabor y, como es natural, un contar daba paso a muchas más.

Dióse la coincidencia de que crecí fascinado por muchos “ondi que te cuento” y que me convertí en historiador. Quiero explorar el apareamiento de “ondi que te cuento” e historiar utilizando como excusa y como karma la prosa historiográfica de Luis González y González (1925-2003), maestro de cualquiera que piense en escribir historia. La expresión “ondi que te cuento” da para este “ondi que les cuento” pleno de interesantes recovecos alrededor del enigma que es contar cuentos así o asá.

I.

Buen historiador, pero escribe mal,” “escribe re bonito, pero es mal historiador” . . . de estas se escucha andando entre historiadores. Porque ser historiador, y profesional, es no amancebar vida, oficio y prosa, una cosa es una cosa y no las otras. La consigna es de Perogrullo: la historia es un estilo en sí –sujeto, verbo y predicado de corridito, un fluir raso cargado de hechos. Se aceptan, claro, las teorías que aliñen datos porque, decía don Luis González y González, narrar es aburrido y nos da por hilvanar conceptos. Si con esto la prosa se afea no quiere decir que en la vida real uno sea tan lioso. Y así, separando bien los señoríos de las cosas, vivimos, investigamos y escribimos. . . los historiadores, los normales.

Luego los hay que escriben muy bien. Tanto mejor, pero no es obligación; el gremio nos exime de escoger estilo, para eso se es historiador, si no uno sería “opinador” de éxito o, por qué no, poeta o nevelista. Para la “chamba” de historiador, el estilo, el bueno, engatusa, hace mal a la verdad, a la seriedad del oficio. Entre historiadores, no le deseamos el estilo ni al peor enemigo. Pero ¿y cuándo vida, oficio y prosa hacen “click”? Eso, claro, no es normal, es otra historia.

¿Qué escogió qué en Johan Hutzinga o Edmundo O’Gorman o Marc Bloch o Carlo Ginzburg o Richard Hofstadter?: ¿la vida al oficio? ¿Al revés? ¿El oficio a la prosa? ¿Al revés? En estos cuantos, la vida explicó la dedicación a un tema histórico, el tema dio sentido a la vida, y escribir y vivir fue lo mismo. No hablo de autenticidad: este click no es cosa natural, es una delicada combinación de factores, es una cuidadosa arquitectura que nada tiene de espontánea ni de, para entrar en materia, “ranchera”.

La obra de Luis González fue para mí lección de historia y de escritura. Su infancia en San José de Gracia fue destino, y en 1967 escogió narrar su pueblo. La elección hizo irremediable la esmerada forja de un originalísimo “ondi que te cuento”. En la prosa historiográfica mexicana, no se había visto algo así, no en círculos de historia académica. A simple vista, pareciera ser que Luis González regresó a sí mismo; que, como pocos, se desprendió de las “tecatas” de inautenticidad –la historia acatrinada con ciencias sociales, con marxismo, sin storytelling, prosa infectada de mentalités, de modos de producción, de longue durée. Don Luis, pues, volvió al habla de la gente, de su gente. Pero, “ondi que les cuento” que eso parece, pero hay más “contada” en el cuento.

El escritor había perdido toda su ingenuidad”, así comienza un relato de Mariano Silva y Aceves (Arquilla de marfil, 1925), escritor oriundo de La Piedad, pueblo de los rumbos de don Luis, y uno de esos que, antes que Luis González, fue en la procura de un “ondi que te cuento” a un tiempo local y universal. “!Oh¡ Mariano, ¿pero quién le ha enseñado a escribir tan admirablemente”, le escribió Alfonso Reyes a don Mariano en 1916, sorprendido por el “esencial mexicanismo” del piedadense. “Con qué acierto ha interpretado usted aquella tradición fina y sensitiva, ¡sin necesidad de hablar del pulque y los huaraches, ni vestirse los pringosos trapos de la plebe!” (Alfonso Reyes a Mariano Silva y Aceves, Madrid, octubre 17, 1916). Para los historiadores de mi generación, tanto o más fue la sorpresa al descubrir, a mediados de la década de 1980, que la historia, la de toga y birrete, podía escribirse con el esencial mexicanismo de don Luis. A los crecidos, primero, en la historia social marxista, y luego en el decir de intersticios posmodernos, don Luis nos liberó la pluma, no porque nos enseñara a escribir ranchero (eso no se enseña), sino porque nos dio licencia para considerar cual parte de nuestro oficio la gentilhombría y la busca, arriesgada, de estilo.

Fracasa el protagonista del cuento de Silva y Aceves, ese que añoraba la ingenuidad perdida: maleado estaba por el cosmopolitismo, los experimentos estéticos, las lecturas. Y si la ingenuidad no es resucitable en la literatura, “contimás” en la prosa historiográfica en la cual, decía un viejo manual de historiador, “Before writing is, reading must be” (Savoie Lottinville, The Rhetoric of History, 1979). Don Luis, sin embargo, parece haber sido capaz de regresar a la ingenuidad que estaba ahí, resistente a la pomposidad de su admirado maestro Rafael Altamira, un español exiliado en México que escribía con altiva prosa de abogado ibérico. La pluma de don Luis se aclimató pero no sucumbió a la seria prosa de su respetado Daniel Cosío Villegas; fue inmune a la verbosidad galopante y conceptuosa de su querido José Gaos o a la escritura casta y elegante de su modelo, José Bravo Ugarte. La de don Luis parece ser una palabra inocente que fue y vino a París, donde estudió, pero regresó a sí misma. Para fines de la década de 1960, pues, el “ondi que cuento” de don Luis era un hecho consumado: la inocencia recobrada, la claridad vital. Pero, qué se le va a hacer, desde la inocencia, la idea del regreso es impensable; no hay nada de inocente en hacer creer que uno ha regresado.

Don Luis no retornó, creó un “ondi que te cuento” excelso, muy suyo. Una mezcla de buen oído, de erudición, de crítica, humor, dicharachería, rasgos que hicieron chup chup a fuego lento, a golpe de ensayo y error, con trucos ejecutados con envidiable pericia. Porque lograr, y así, como si en el zaguán de la casa, un estilo para la historia en papel, es magia; a esa magia no la desacredita el desvelar de los trucos, antes bien la hace más mágica: magia del estilo, de fondo y forma de la mano creando conciencia de pasado, sentido de presente, idea de futuro. También magia, la del estilo, por hacernos creer que no existe: no es más que un ranchero hablando. Aquí la evocación de candidez de don Luis en su El oficio de historiar (1988): lo suyo no era más que cosillas de un “historiador espontáneo, que todavía no se monta en su mula”. Pero la palabra, la buena, la convincente, la bella, la intrigante, irónica e enigmática nunca es inocente. El estilo de don Luis es un culto a la verdad de lo cándido, de lo pequeño, culto del libre albedrío de este o aquel hombre o mujer en el pasado. Pero el culto en sí no tiene nada de cándido. Es un hacerse de una voz, de una verdad, de un proyecto intelectual de vida.

2.

El “ondí que te cuento” de don Luis fue muy “al pasito”, pero fue definitivo. Quería, en sentido mexicano, platicar historias, impulso desprestigiado por la profesionalización de la historia desde fines del siglo XIX. Pero el impulso siempre está ahí, es el truco más visible en los mejores historiadores. C. Vann Woodward, una gran prosa sureña en la historiografía norteamericana del siglo XX, defiende su pasión por contar y menciona a Lincoln citando unas líneas de Richard III de Shakespeare –nada menos que el “ondi que te cuento” reducido a instinto básico (en Thinking Back: The Perils of Writing History, 1986):

For God’s sake, let us sit upon the ground

And tell sad stories of the death of kings

Si en la hiper-profesionalizada historiografía estadounidense este instinto sobrevive, es porque fondo y forma no se distinguen en la escritura de la historia. Decía don Luis, sin empacho, “El historiador al fin y al cabo desciende del cuentero, le gusta referir cosas de manera detallada”.

Luis González, pues, poco a poco quiso entremeter más “ondi que te cuento” en trabajos sobre diferentes temas. En la fábrica de la historia comandada por Cosío Villegas en El Colegio de México, Luis González contrabandeó, aquí y allá, dejos de lo que sería un estilo acabado a partir de Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia (1968). Es difícil reconstruir el andamiaje de un estilo ya pleno de sí, pero hay rastros. Firmando como Luis González Cárdenas, don Luis publicó en 1949 en la Revista de Historia de América un ensayo sobre Jerónimo de Mendieta, un artículo profesional, bien documentado, muy devoto de Altamira y Silvio Zavala. En el 2002, don Luis re-escribe el viejo ensayo para incluirlo en sus obras completas editadas por El Colegio Nacional. Esta reescritura es una evidencia, si corta y somera, clara de la auto-construcción de su estilo. Los subtítulos lo dicen casi todo: lo que en 1949 rezaba “Los pueblos indígenas, la conquista y la evangelización de la Nueva España”, en la edición del 2002 se convirtió en “Angelitos indios víctimas de españoles metalizados”; lo que antes era “Nuevas sugerencias y viaje a España”, se vuelve “Viaje pro-indio a España”. La prosa de 1949 era llana, inclusive “palabrosa”, como la de los maestros españoles:

En la segunda parte, [Mendieta] expone, en forma vehementísima, las medidas que debieran adoptarse para estructurar el reino de la manera más adecuada entre las posibles. Las ideas políticas que ofrece Mendieta en esta parte no son originales suyas. Lo único nuevo en ellas es el modo de hacerlas aplicables a la realidad novohispana y de sistematizarlas”.

Nada pues que revele camino al “ondi que te cuento”; mera compostura, profesionalismo y una cierta incorrección juvenil. Pero al reeditar el ensayo, don Luis hace algo a la vez historiográfico y estilístico: basándose en el libro que publicara J. L. Phelan en 1954 (The Millennial Kingdom of the Franciscans in the New World), don Luis ajusta su interpretación, le saca más jugo al pensamiento de Jerónimo de Mendieta. En la primera versión, Mendieta no seduce del todo a don Luis como pensador indigenista y visionario. En 1949, don Luis fue más seducido por la prosa de Mendieta; es decir, en la procura de los orígenes de su “ondi que te cuento”, Mendieta resulta más que objeto de estudio, maestro de prosa, de la importancia de hacerse de un lenguaje:

Aparte de este valor como fuente, [Mendieta] tiene otros méritos intrínsecos que han favorecido su supervivencia. No es el menor de ellos su calidad literaria, es decir, la magnífica pintura que logra realizar de aquel período por medio de una prosa castiza, vehemente, clara y espontánea que coloca a su autor entre los mejores prosistas de la literatura mexicana.

En el 2002, la interpretación de don Luis resalta la defensa de los indios y matiza, ya en prosa de “ondi que te cuento”, su propio halago estilístico de 1949: “Mendieta es más legible que ningún otro por la frescura que tiene su lenguaje para paladar del lector moderno”. Además, aquí y allá en las descripciones del ensayo original añade alargues como este: donde se cuentan las vicisitudes de Mendieta ante la orden de regresar a Nueva España, don Luis añade en el 2002, ya en pleno ejercicio de su “ondi que te cuento”: “y Mendieta continuaba deshojando margaritas al son de la cantinela: me voy, no me voy”.

3.

Don Luis fue trabajando su estilo con cuidado, temeroso de pasarse de la raya. Varias veces lo contó: su sabático en San José de Gracia en 1967 lo sacó del armario, y escribió lo que, según decía, no sabía si sería considerado cosa seria (Pueblo en vilo). Antonio Alatorre lo animó, Cosío Villegas lo aprobó y, lo más insólito, Gaos dio su apoyo –entre los maestros de don Luis en aquel primer Colegio de México, no hay prosa más anti-“ondi que te cuento” que la de Gaos (un heideggeriano más lioso que el distinguido Herr Professor). En don Luis el temor es vencido por la voluntad de estilo, que es una acción y una reacción. Acción movida por su pasión, por su vida, por su tema, la historia que no había sido historia, esa cotidianidad de los pequeños pueblos. Pero el estilo también es pleito. Veamos.

Ondi que les cuento” que al revisar la historia de cómo logró su propio estilo en El queso y lo gusanos (Il formaggio e i vermi, 1976), Carlo Ginzburg examina el concepto de microhistoria, de historia matria, de don Luis. Lo considera una reacción a la historiografía de gran angular, de visiones grandes y estructurales, es decir, un no a Les Annales y a Braudel. Microhistoria, para Braudel, era tan malsonante, dice Ginzburg, que la traducción francesa del titulo del libro de don Luis se deshizo del término, Les barrières de la solitude. Histoire universelle de San José de Gracia, village mexicain (1977). No aparece microhistoria. El título en francés, como mostró Tomas Calvo, ubicaba de ya el libro en ecos de Levi-Strauss y de Octavio Paz, lo que por México se consumía en Francia –“‘De la tristeza del historiador’ a la Apología para la historia y a El oficio de historiar (1939-1949-1988)”, Relaciones, núm. 152, 2017.

La traducción al inglés hizo lo mismo, elimina lo de microhistoria, pero no porque el libro en inglés estuviera al tanto o le importaran los debates franceses que “hacían desatinar” a don Luis. John Upton, el traductor de Juan José Arreola y de Luis González al inglés, hizo del “ondi que te cuento” de Pueblo en vilo un monumento a la elegancia de la sencillez. No traduce, no se puede, los ecos sabrosos e irónicos de las palabras populares y locales, pero sí el espíritu; es decir, lo que el estilo de don Luis quería trasmitir: sencillez, bonhomía cual modesto vestido de una gran historia. Así suena don Luis en inglés, respondiendo a la Local History al estilo de Herbert Finberg: “My natural myopia made up, to some extent, for this lack of previous erudition. I love tiny facts; I rejoice in the details despised by great minds; I enjoy examining small things that are invisible to those who are endowed with wings and the eyes of eagles. I suppose Professor Finberg will approve of the fact that I am nearsighted and pedestrian by nature” (introducción a Luis González y González, San José de Gracia: Mexican Village in Transition, 1974).

El “ondi que te cuento” del Bajío desaparece en la traducción del inglés porque, en razón del sabor y del color que carga cada palabra, es intraducible. Pero el libro en inglés tampoco resalta el término de microhistoria ni la reacción gonzalina a las escuelas francesas. El austero título, San Jose de Gracia, Mexican Village in Transition, funciona como green-card: hizo que el libro, desde el título, ganará residencia en una tradición, en una escuela bien establecida, la de los estudios de comunidad que iban desde el Tepoztlán de Robert Redfield hasta los muchos estudios antropológicos de “communities” en la década de 1950. Pero, en términos de estilo, el pleito historiográfico existía en el original en español. Don Luis una y otra vez hizo notar su desdén hacia esas historias conceptuosas, llenas de estructuras, con pocos actores humanos, largas duraciones mandonas, como cuando hablaba de la conversión de Enrique Florescano en Francia a las historias de índices de precios, en contraste con otro ilustre estudiante salido de El Colegio y doctorado en Berkeley: dígase en vernácula de “ondi que te cuento”: “Berkeley, no obstante la influencia de Borah, reintegró un José Antonio Matesanz adicto a la pintura, el canto y a una Clío situada en el polo opuesto de la florescanora”.

Ginzburg, otro gran ejemplo de hacerse de en lenguaje para contar historias, considera vital en su estilo la influencia de aquel libro francés de 1947, que debería ser manual de historiador: Ejercicios de estilo (1947) de Raymond Queneau, en el cual se narra el mismo suceso anodino en 99 diferentes estilos. La lección no era uno u otro estilo, sino la llamada a buscarse estilo. Ginzburg también menciona La guerra y la paz de Tolstoi como su modelo de historia zoom in (lo privado, lo específico, la paz) y zoom out (la gran historia, las guerras napoleónicas). Ginzburg se hizo de una voz tan importante y bien lograda que hoy los que escribimos bajo su influencia ya perdimos el vínculo con Queneau y con Tolstoi, pero vamos cargando con ellos en nuestro “ginzburiano” escribir. Don Luis también dejó dichos sus ejemplos: Henri-Irenée Marrou y su conciencia de la historia, su teología de la historia, Maurice Merleau-Ponty y su mesurado marxismo en busca de la percepción filosófica del próximo (como dice don Luis, que nunca utilizó “otredad” o “el otro”). Pero, más en casa, Luis González contó con las enseñanzas de Bravo Ugarte, Altamira y Zavala, aunque en términos de estilo sus maestros fueron otros: Agustín Yáñez, Antonio Alatorre, Juan José Arreola y Juan Rulfo. El “ondi que te cuento” de Luis González dialoga, strictu sensu y a pesar del paso del tiempo, con este de Arreola:

–¿De verdad eso de fornicar? Yo creí que era otra cosa, que era algo como quién sabe. Eso que usted dice quisiera hacerlo todos los días, pero no más lo hago una vez a la semana, cuando mucho. Ya ve usted, la ignorancia…” (La feria).

También son fuente del gonzalino “ondi que te cuento” los muchos cronistas locales, amos del “ondi que te cuento,” los ágrafos contadores de historia como una Olivia González que, decía don Luis, era en San José memorable “cuentista que al darle por escalar paredes hubo que internar”. Ya otros han examinado en el estilo de Luis González la importancia de la oralidad (Heriberto Moreno), su rechazo a la catrinura teórica o poética (Herón Pérez Martínez), su supuesto regreso a lo auténtico y el rechazo del cosmopolitismo (Schmitt). Yo creo en el hallazgo de don Luis, pero lo sé eso, un hallazgo, una sofisticada creación, a la vez local y cosmopolita, conceptuosa y dicharachera. Claro, la oralidad y los ecos de cronistas y cuentistas de pueblo están por todos lados en la prosa de don Luis, como en las memorias zamoranas de Francisco García Urbizo (Cosas que fueron, 1968):

Cubiertos de polvo y telarañas de tanto estar guardados, yacen muchos recuerdos de persones y lugares, añejas usanzas, curiosidades y multitud de escenas dulcemente dormidas del amor de antaño. Aquí, desde este rinconcito acogedor vamos a darles vida antes de que mueran en el olvido, lo que sería una pérdida para los amantes de lo vernáculo”.

La voz cristera es la materia prima de Rulfo o de Luis González, pero es una oralidad inimitable (José Ramírez en Jean Meyer et.al., Pueblos del viento norte, 1997):

Cuando se ve matar así a un hombre, no dan ganas de comer, ni de nada, el tiro de gracia que le dieron sonó sofocado, sordo. La cabeza nomás le rebotó entre las piedras blancas. Ahí quedaron los sesos rallados con sangre y los ojos se le abrieron como para mirarlo todo”.

O la oralidad del informante de 83 años de Moisés Sáenz en Carapan: “¿que es un minuto? Pus una hora zapichu, un minuto así, una hora chiquitito” (Moisés Sáenz, Carapán, 1936). En fin, estas crónicas y la oralidad de canciones, dichos, palabras locales, suenan, pero no son el “ondi que te cuento” de don Luis. “Y sin duda,” decía Henri Meschonnic, “solo se es una escritura si se es la invención de la propia oralidad” (Critique du rythme: anthropologie historique du langage, 1982). Esto fue la Mariclio, la musa de la historia en mangas de camisa, de Luis González.

Don Luis escribía: “ciertamente el lenguaje emperifollado que confunde a los lúcidos, deslumbra a los pendejos”. Pero a punto y seguido citaba a Tácito y a Nietzsche. En mi infancia, créanme, caí en el embeleso de muchos “ondi que te cuento” en La Piedad, llevado por los colores que eran sabores de don Vicente Morales o de mi compadre Melchor Solís, o de Lupita Aguilar, pero, créanme, nadie largaba así como así un Tácito o un Nietzsche. No sugiero con esto falsedad en el estilo de don Luis, evoco creatividad. Don Luis creó un estilo tan bien acabado que nos hace arrimar la silla, asentarnos y afinar el oído como en un guiriguri íntimo. Pero no es un regreso a la autenticad perdida. Es tan sofisticado y bien tallado como el estilo de Edmundo O’Gorman o el de Alfonso Reyes, dos maestros del hacerse de un lenguaje, aunque muy otro al de don Luis. El de Luis González era el estilo de la verdad irónica en el sabroso contar de las historias. El historiador mexicano, decía don Luis criticando la “epistemología umbilical” de la historiografía mexicana, “rara vez osa brincarse las fronteras de México… por temor a recibir coscorrones si se sale de su corral patrio”. Como Giambattista Vico o Arnaldo Momigliano, don Luis no conocía una historia que no fuera moral: “El estudioso del pasado impasible y sacón, sin amores y odios, ni es posible ni es deseable”. Además, añadía en pleno manejo de su “ondi que te cuento”: “Lo caliente no quita lo veraz antes bien lo hace comestible, le da brillo y sabor” (El oficio).

La ironía, claro, es la materia prima del “ondi que te cuento” de don Luis, como debiera ser de la escritura de la historia en general. Decía C. Vann Woodward: “Anyone who proposes to enter the study of history in search of truth harboring disdain for the thread of irony had best stay out of the labyrinth” (Thinking Back). Don Luis hizo ironía de los métodos y de los temas de la historia; de los héroes nacionales y del nacionalismo mismo:El nacionalismo, mezcla de odios y vanaglorias, es el morbo máximo de los estados nación del último par de siglos y esa enfermedad ataca preferentemente a los historiadores”.

Creo que en México la ironía en la historia ha tenido tres maestros, Francisco Bulnes, Edmundo O’Gorman y Luis González.

4.

Luis González se aquerenció en San José y narrarlo fue asirse de un revelador “ondi que te cuento”. Y el estilo aquél fue eureka porque fue, claro, querencia pura, pero también porque fue congoja: se quería la voz de un mundo que iba muriendo. Los cambios entre el México de 1700 y el de 1800 fueron muchos y grandes, de grado, de cantidad, de modo, pero no de mundo. Otra cosa fue entre 1800 y 1900 o, más aún, entre 1900 y 1950. Surgió otro mundo. Por ello, creo, la nostalgia moderna ha conocido dos sólidos momentos literarios e historiográficas. El primero, entre fines del siglo XIX y principios del XX; el segunda al mediar el siglo XX. La colectiva pasión memoriosa y logofílica de filólogos, folkloristas y escritores –de Francisco Pimentel a Guillermo Prieto, de Valle Arizpe a Rubén N. Campos– es expresión del primer momento. Aquello fue una cacería de palabras perdidas o por perderse, de romances y viejas voces populares. A muchos les parecía que los “caminos de fierro”, el crecimiento de las ciudades, la electricidad, el telégrafo, el boom de la prensa y las revistas iban dejando cadáveres de palabras, de añejas usanzas, regados por doquier.

El segundo momento fue más que literario e historiográfico, incluyó las ciencias sociales, tan buenas para la modernización como para la nostalgia. La Revolución, primero, y luego la industrialización, brutal y rápida, parieron otro país. Pero en 1950 el viejo México aún era la memoria de los nacidos entre 1860 y 1910, aunque eran remembranzas moribundas. La idea de un México rural, sempiternamente tradicional, inamovible, el que invocara Frank Tannenbaum o Robert Redfield, estaba de muerte y aparecía el México de Los hijos de Sánchez (Oscar Lewis, The Children of Sanchez, 1961) de la Región más transparente (Carlos Fuentes, 1958). La moda de los estudios de comunidad institucionalizó aquella nostalgia. También entonces proliferaron los memoriosos, los que aún cantaban de memoria los pregones que otrora anunciaban la venta de pescado o de velas, los que aún sabían de las aventuras de esos cuatreros que entraban a los pueblos en busca de monedas y muchachas, o esos que hacían versos con las viejas maneras de decir –Baltazar Drumond, Margarito Ledesma. El cine fue el you-tube de ese segundo momento nostálgico.

Esa conciencia de cambio -existencial, profesional y poético—alcanzó un monumento historiográfico en dos libros publicados más o menos al mismo tiempo: Pueblo en Vilo y el Zapata de John Womack (Zapata and the Mexican Revolution, 1968). Ambos construyeron sus objetos de estudios a partir de la conciencia existencial del cambio, de Oklahoma a Harvard y de ahí a Anenecuilco; de San José de Gracia a la Ciudad de México y a París, y de ahí a San José. Por lo que dice, inseparable de cómo lo dice, Pueblo en vilo puede ser leído como la oda a un tiempo ido. Por eso también fue defensa de una esencialidad profunda que de alguna forma permanece.

La prosa de Womack, en inglés, es militantemente poética, no sabrosamente popular como la de don Luis, pero sí populista. No repara en el lenguaje de Anenecuilco–aunque recuérdese su rechazo de la palabra peasant a razón de campesino, como si en la palabra “campesino” cupiera el pueblo que no quería cambiar, el Zapata de la utopía agraria. En cambio, en don Luis, la esencia del pueblo no está en los datos económicos o demográficos que proporciona Pueblo en vilo, ni siquiera, creo, en la narración de lo cotidiano, las bodas, fiestas, juegos y pasiones, sino en el lenguaje con que se expresa el deporte de embarazar hijas de empleados, el vicio de la hamaca, el oficio de ver si ya puso la puerca; está, en fin, en los “amanecienditos” en que se llevaron tres bueyes y dos muchachas. El estilo hace que el tema, una tradición que muere, no esté en la story sino en el storytelling.

Y es que en este delicado y minucioso “ondi que te cuento” pervive un perenne “ojalá no hubiera sido así”; es decir, un constatar el cambio porque México cambia, porque don Luis cambia, pero con saudade de un mundo extraviado en la memoria de sus contadores. Como la ironía, la saudade es de ley en quien quiere hacerse de un lenguaje historiográfico; pero la ironía abre el texto al tiempo; la saudade, en cambio, es “malhora”. En dosis medidas, saudade e ironía dan sobrevida a las historias, aún después de que las interpretaciones hayan sido superadas. Pero el exceso de saudade –¡y cómo controlarla!– resulta en una deslealtad al cambio, esto es, a la historia. A ratos la saudade nos hace ver en datos y conceptos no el pasado, sino la añoranza.

Releer Pueblo en vilo en el siglo XXI requiere de un ejercicio acaso innecesario en 1967; esto es, ir pescando la ironía de un pasaje para compensar el exceso de nostalgia de otro. Los josefinos, nos dice Luis, no traen nada de Estados Unidos, en esencia son los mismos. Saudade pura. Los datos médicos que, con ironía, don Luis proporciona dicen otra cosa: los males venéreos eran ya la tercera causa de mortalidad. Don Luis aprende de los viejos, pero yo que vengo de esos lares puedo constatar que desde que yo recuerdo se dice troca, cuerita (a quarter), que el “guasomara” (what’s the matter) es de viejo uso, que ya nadie dice “ah si” sino “oh si”, que los amigos te miran o te llaman para atrás de tiempo ha, que las aseguranzas pagan los gastos y que la gente no te avisa sino te deja saber. No creo, como don Luis, que el arte del “ondi que te cuento” se haya perdido, es sólo que ya no recorre las mismas tonalidades que don Luis reconocía. Efecto de la saudade en la prosa. Los corridos narcos o las historias orales de braseros y migrantes revelan un vivísimo, pero muy distinto, “ondi que te cuento”. Yo, cual don Luis o cual López Velarde, quisiera volver a las palabras que me hacen bien, quisiera no haber salido nunca de mi villa lingüística y reconocer al lenguaje sólo por un hemisferio. Pero soy de los que llora, no es para menos, cuando van muriendo las “labias”, que son mundos, pero no lloro porque no mueran.

La saudade, pues, es mala consejera en la lectura de los datos. Dice don Luis en La querencia, en un duelo entre ironía y saudade:

la felicidad terracalenteña no exige muchas inversiones. Basta con mujeres, amigos, bochinches, alcohol, baño, salud, paseo, hamaca, paisaje, baile, música, conversación, pasatiempos baratos, domingos sin fin. Sin embargo los modernizadores no descansarán hasta ver a los terracalidenses con hábitos neoyorkinos, con poses urbanas con defunción por infarto o suicidio”.

Claro, la saudade gana a la ironía, porque lo peor no es que la nostalgia nos haga exagerar el costo de la modernidad, sino que nos haga errar la verdadera dirección que va tomando. La tierra caliente de hoy, Aguililla o Apatzingán, no ha dejado esas pasiones que don Luis señalaba, pero tampoco se ha vuelto neoyorkina, no muere de infarto, sino, como antes, de balazo, pero ahora en masa y de cuerno de chivo. Es más cosmopolita, lumpen, violenta, bárbara y rica; es tragedia y es felicidad, ejercida lo mismo en Aguililla que en Redwood City o en Los Ángeles, es pobreza y es opulencia. Ante todo, es el cambio, es la historia que siempre traiciona los amores y los odios de la nostalgia.

5.

La prosa de don Luis, cual San José mismo, fue un refugio, personal, profesional y estilístico. Pero al estilo, como al amor, nunca hay que darlo por ganado. Sentir desconfianza del propio estilo, incomodar con ideas fuertes, eso es darle su mantenimiento a un estilo bien logrado. Don Luis, creo, nos ganó a todos con su estilo y entonces pareció querer quedar bien con todos sus seducidos: su osada palabra cual inmunidad. Y así, acaso, su “ondi que te cuento” perdió un poco de filo. “Ondi que les cuento” que a mí me intriga mucho este tema, la pérdida de filo. Quizá es una preocupación personal que más tiene que ver con verse uno mismo a media carrera, con una voz, mala o muy mala, pero ya hecha, y con la pregunta ¿y ahora qué?

Traigo, pues, a cuento a escritores mexicanos y a otros poco leídos en México pero que son reveladores en la auto-arquitectura de sus estilos. Con escritores como Josep Pla o Eugeni d’Ors quiero reparar un momento en el ADN de los “ondi que te cuento” para entender cómo se mantienen afilados. Porque la prosa deviene refugio. Hablo del penoso y complicado hacerse de un estilo en guerras y posguerras: la Revolución mexicana, la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial.

En México hay dos emblemáticas prosas refugio ante la violencia revolucionaria: Azuela que, en el exilio, en San Antonio, se dedicó a hablar como pueblo sin jamás decir una mala palabra. Esa cuidadosa construcción, ya domesticada, dio origen a todo un género, la novela de la Revolución. Agustín Yáñez, influyente en la prosa de Luis González, abrevó de esta fuente. El otro extremo fue Alfonso Reyes, un niño bien porfirista que, como demuestra la correspondencia juvenil con Pedro Henríquez Ureña, estaba ávido de desmexicanizarse, desafrancesarse, de aprender mundo. La Revolución, el cadáver sanguinolento de su padre a las puertas del Palacio Nacional, la colaboración del hermano con el régimen de Victoriano Huerta, llevan a don Alfonso al exilio físico y espiritual. Se dedica a cultivar una prosa cosmopolita, un estilo que, si no elimina, doma lo mundano y local a través de la erudición. Lo escribió Reyes a Martín Luis Guzmán en 1930, pero lo pudo haber escrito en Cataluña Josep Pla o en México Mariano Azuela, porque es salvarse: “A mí no es fácil hacerme hablar de política. Es algo que no entiendo bien. Muy tierno, tuve, en ese sentido, sacudidas y vuelcos de alma que me han dejado mutilado. Pensaba ‘siendo así que ahora sucede lo que sucede en México y que yo no puedo impedirlo, es preferible que colabore con mi tiempo, tratando de poner orden en el pequeño sector que quede a mi alcance… Además todavía, en épocas de naufragios, nadie se anda con muchos remilgos sobre la tabla a que se agarra…” (Medias palabras: correspondencia 1913-1959, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, 1991).

Azuela y Reyes perfeccionaron sus respectivos estilos; sus prosas fueron las moradas en que habitaron toda la vida, una especie de mexicanismo ranchero (Azuela) y de mexicanismo ateniense (Reyes). Ambos eran muy mexicanos y muy cosmopolitas, pero son muy diferentes las prosas refugio que se construyeron. Para mediados del siglo XX, en la prosa historiográfica, hay dos repiques de esta primera huida existencial y estilística, repiques menos trágicos pero igualmente trascendentes y definitivos. Es decir, si don Mariano y don Alfonso fueron dos extremos estilísticos en lo literario, don Edmundo y don Luis fueron dos extremos de la misma opción en la prosa historiográfica. El uno, fue la jurisprudencia en forma de narrativa histórica hermenéutica, no ajena al manejo sublime de mexicanismos, sarcasmo, humor e ironía; una prosa siempre provocadora, molesta, mala leche, lúcida y opinionated. En don Edmundo lo conceptuoso es la sublimación de lo mundano. El otro extremo, el “ondi que te cuento” de don Luis, también fue ironía, también lucidez y provocación, en él lo mundano sublimó lo conceptuoso.

En España pasó algo similar a raíz de la Guerra Civil, no con los que se fueron sino con los que se quedaron. Altamira, el maestro de don Luis, era demasiado viejo y, en términos de estilo, como diría don Luis, estaba muy montado en su mula, un estilo rimbombante que, decía Luis González, se reconocía sólo a sí mismo. Igual José Ortega y Gasset que apoyó al régimen golpista y pronto se le ve perorando sus lúcidos giros retóricos frente a una imagen gigante del Generalísimo. Lo interesante en términos de entender la arquitectura de los estilos estaba en los relativamente jóvenes que se quedaron e hicieron las de Azuela y Reyes ante la guerra y la posguerra: me refiero a gente como Julio Camba, Álvaro Cunqueiro, Josep Pla y Eugeni d’Ors. Camba, el monárquico o anarquista o lo que sea, se refugió en un hotel y en el humor y la ironía. Ahí vivió encerrado, leído, pero ignorado –no por don Luis González a quién aquí y allá le he leído referencias al humor de Camba. En ese humor dandy permaneció más o menos inmune al régimen. Cunqueiro fue a caballo entre lo que Reyes y lo que Azuela, se hizo erudito, escribió prosa castellana pura, irónica, tierna, reveladora, y rescató de sus cenizas el “ondi que te cuento” gallego. Pero los más emblemáticos son d’Ors y Pla.

Eugeni d’Ors quiso ser el intelectual consentido del régimen, refugiándose en una prosa recargada, erudita, sabia, muy tirada para adelante y, no obstante, impresionante en música y en capacidad de decir. No fue, claro, una mera elección, fue su salvación. D’Ors murió en el refugio de esa prosa que se había montado. La picabaralla con Josep Puig i Cadafalch y el odio de los compatriotas catalanes habían matado al Xenius del Glosari en catalán. La guerra y el régimen de Franco lo sumieron aún más en una prosa castellana de bombín y bastón, un inteligentísimo reaccionario, payaso de sí mismo, un hombre, como él decía, con “vocación de abismo”. Ya no sería ni noucentista, ni modernista, ni vanguardista, sino eterno: “modernidad”, decía, “por secular, modernidad pero hay dos maneras de ser moderno: una, seguir la actualidad; otra, revelar algo nuevo de la eternidad”. Un estilo mucho más cercano a Reyes que a Azuela, a O’Gorman que a Luis González, como cuando despide a José Vasconcelos, para d’Ors un perdedor, con aquello de: “la huella de un hombre en un país puede medirse de dos maneras: o por el bulto de lo que aquél ha dejado, o por el hueco de lo que sin él se ha perdido”. Un dandi, ese Eugeni, como el de su seudónimo, Octavio de Romeu, que cuenta que le dijo al Darío que, borracho, callaba: “Rubén, criatura de músico, trompo divino en las manos del señor¡… cuando sientas el dolor enroscarse a tu cuello y agarrotado con sus apretadas manos, no llores. No llores, Rubén: es el señor que te da cuerda…”

Josep Pla, en cambio, es el “ondí que te cuento” de don Luis González en versión que a cada relectura renueva el filo; releer a Pla es como leer ironías que estaban esperando su atmósfera para poder respirar. Los cambios de mundo no la han afectado tanto, a pesar de ser un “ondi que te cuento” muy local, en catalán de l’Empordà o en castellano cuidadosamente acatalanado. Era, claro, una trágica decisión. Decía: “ha llegado quizá la hora de decir que un escritor como yo no tiene más que una justificación para permanecer en la arena de la literatura. Yo no puedo hacer otra cosa que ayudar a salvar los restos de un gran naufragio”. A partir del fin de la Guerra Civil, en Pla, como en Luis González, la impresión es la de una prosa de ranchero, de pagès, de barretina, un viejo encerrado en una masía, un tozudo borrachín que escribe banalidades. “La banalidad”, decía, “es pues la piedra de toque. Es lo más difícil de mantener y lo más difícil de lograr. Ser banal es como ser elegante”. Como don Luis, Pla cultiva una sola impostura, la de la no impostura, la de ser poca cosa. Es más, como don Luis en sus dichos y dicharachos, en Pla hay sublime negligencia, pasión por hacer parecer la inteligencia un despanzurramiento, como en Luis González: “Cal escriure como quin escriure a un amic, les coses concretes fan néixer l’emoció”. Su regla de oro, la misma de González: “mantenir-se en una ignorància intel·ligent”. A la manera de don Luis, Pla hace vicio y oficio del “ondi que te cuento” catalán, la xafarderia: “L’escassa amenitat que flota en aquest món consisteix probablement, en la degustació del petits detalls, de la minúscules, cuejants, anècdotes de la microscòpica xafarderia”.

Pero con Pla no quiero traer a cuento sólo las enseñanzas de la semejanza con don Luis, sino las de la desemejanza. Pla iba de pagès, de a nadie hago daño, no me meto con nadie; pero fue, decía Gabriel Ferrater, el prosador más puro, el lenguaje de lo cotidiano y banal a guisa de profunda melancolía y decepción; risa y aparente xafarderia a razón de una devastadora crítica y auto-crítica. Su mejor obra: él mismo, el pagès de l’Empordà que en realidad era un cosmopolita empedernido que había vivido en Berlín, en Europa, conocedor vasto de la literatura francesa y española, que había experimentado en carne propia las tragedias del siglo XX; coqueteó con el régimen nacional, le fue negada la dirección de La Vanguardia, el periódico más importante de Cataluña, se refugió en la montaña e iba de “pobre venadito que habita en la serranía”; vivió de eso que él presenta como mundano. Con su carga existencial, con su calidad de cuidadoso pero molesto refugio, la prosa de Pla dice mucho de qué es lo que mantiene afilado y crítico un “ondi que te cuento”. Angustia, mala leche, pasión crítica: así la prosa de pagès aún suena y resuena en el pasado, presente y futuro de Cataluña. Pla manutuvo el estilo que era estrategia: “..es molt útil de conservar les petites manies, cultivar alguna excentricitat… fer de tant en tan algun paper ridícul. La gen tus trobarà assequible, abordable y modest, us trobarà suficientment inofensiu per a no sentir-se ofès de la vostra presencia”. Pero hubiera firmado el aforismo de O’Gorman: “Cuando un intelectual o artista deja de inspirar desconfianza ha traicionado su misión”. Pla iba de pagès no para que lo quisiera todo mundo sino para que no lo mataran. Así, hoy, uno añora al malparit de Pla, echa de menos su viejo iberismo ante la “memez quintaesencial” –la frase es de él– que se vive hoy en Madrid o en Barcelona.

Ándome con cuidado, pero concluyo: idolatro el “ondi que te cuento” de don Luis, yo, el último de la clase de quien fue mi Juan de Mairena en retórica historiográfica, yo. Pues, no seré quien denoste la postrera enseñanza. Sólo constato que, hoy, al releer su obra completa me entra la duda. No puedo no sentir en la relectura una cierta autocomplacencia con el estilo que con tanta pericia se construyó; detecto en él, no sé, algo como contento con sus sólidas enmiendas a las viejas grandes historias. Y ¿cómo no sentir excesiva esa campechana comodidad con la politiquilla del gremio y con la política nacional?

Hay que pagar un precio, o va uno renovando la maledicencia, a riesgo de ser malquerido, o se busca ser querido a costa de molestar poco. Claro está, releer de corrido la obra de don Luis no puede ser como la primera vez, porque cual revolución historica y gráfica ya corre por nuestras venas. Por eso al releerlo, ya con la carrera hecha, en el México que vamos viviendo, y ya con mi estilo, malo o pésimo, abotagado de sí mismo, me quito el sombrero, como siempre, ante el “ondi que te cuento” de don Luis. Pero lo que no antes: ahora dudo. ¿Ha perdido algo de filo? Cualquier respuesta mía a la pregunta no tiene importancia. Si algo quisiera que contara es esto: alguien que ha seguido a píe juntillas el mandato gonzalino (hacerse de un lenguaje para contar historias) tiene esta duda. Eso es todo.

Quizá la duda tenga menos que ver con la prosa de Luis González y más con las angustias de un ex -joven historiador aún en busca de cargar con sentido al estilo; menos que ver con el qué y el cómo contar historias en don Luis y más con el México que vamos viviendo. Y “ondi que lo cuento”, más faltaba, con la mirada “cáida” y el ala del sombrero enrollada entre las manos.