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Nopales, águilas, culebras.

La águila” y el nopal son casi mexicanísimos en la lengua castellana. O eso parece. En realidad, nopales, águilas y culebras son “re-que-te” mexicanas precisamente porque tienen muy poco de exclusividad nacional. Así son las imágenes, así son las palabras, de nadie y de todos.

1.

Una copla popular mexicana, recogida y cantada de variopintas maneras, reza: “La águila siendo animal/ se retrató en el dinero;/ para subir al nopal/ pidió permiso primero”. Margit Frenk, guía obligada en el arte de la copla popular, la encontraba incoherente (“Charla de pájaros o las aves en la poesía folklórica”, Ceremonia de ingreso de doña Margit Frenk, Acadmia Mexicana de la Lengua, 1993). ¿Cómo es que, siendo animal, el águila se tomó la foto? ¿Cómo está eso de que subió al nopal? ¿No llegó volando? Lo popular no es coherente, es elocuente… y ladrón porque roba y pide prestado de todas partes y así la efigie del ave rapaz lleva siglos en las monedas y billetes mexicanos, y es puro sentido común: para subir al espinoso, ordinario y apetitoso nopal hay que tener cuidado… y permiso.

Difícil imaginar que cosas tan naturales, tan rústicas, como nopales, acuaches (serpientes de agua), camichines, víboras, tunas y huizaches accedieran al rango de leones de bronce, de victorias aladas o del revolucionario bonnet rouge. El águila es y siempre ha sido señorial, si águila es la del escudo nacional, y a saber de qué águila se trata, cómo ha explicado Miguel Ángel González Block (Dos águilas y un sol: identidad, simbolismo y conquista del cuauhtli sagrado, 2009). En algunas representaciones, pareciera tratarse del consabido águila real, tan del gusto de la heráldica europea, o el águila calva o el zopilote, del cual el biólogo Alfonso Herrera hiciera poética y patriótica descripción, como si candidateando al bicho para escudo nacional (La Naturaleza, 1869-1870). El zopilote real o coscaquahtli, explicaba Herrera, “es sin duda la más hermosa especie de los vulturídeos”; vamos, un ave rapaz para cualquier blasón imperial, aunque la original pre-hispánica del mito fundacional de México-Tenochtitlán, según González Block, probablemente haya sido la quebrantahuesos, una rapaz venerada por los antiguos mexicas.

El del escudo nacional es un pajarraco que ha volado mucho entre la cosmología indígena, la simbología de los Habsburgo, la católica, borbona, republicana y nacionalista mexicana. Tanto que del blasón puede decirse lo que Renato González Mello sostuvo acerca del arte mexicano del siglo XX (La arqueología del régimen, 1910-1955, 2003); a saber, que es un collage, un saqueo de todo tipo de emblemas hasta crear un lenguaje común que hoy es, en efecto, mexicano, pero hablado en el esperanto político e ideológico que el mundo entiende, por eso, porque es un saqueo, una melcocha de símbolos de varias épocas y de muchas partes. “Pa’ ser animal, y no cotorra, “la águila” habla mucho.

2.

Lo visual a veces sigue los destinos de lo oral. Las lenguas nacionales, en cualquier parte, fueron estandarizadas en el siglo XIX, sobre todo en la segunda mitad. Se decretaron ortografías, gramáticas y vocabularios para regir lo que era el promiscuo y caótico circular de las palabras. El italiano, por ejemplo, fue derivado de uno de los dialectos, el toscano, que fue decretado lengua nacional, se rigió su enseñanza, su ortografía. Así sucedió con el portugués en Brasil o en Portugal, o con el catalán que hasta fines del XIX no contaba con norma regular. Lenguas imperiales como el español y el inglés también sufrieron procesos de nacionalización. Lo mismo puede decirse de la imaginaria visual que tuviera que ver con la nación. Entre 1523 –cuando la ciudad de México ganó su blasón del emperador austriaco, el del águila, la serpiente y el nopal–, hasta la normalización legal del símbolo nacional en 1916, hubo idas y venidas, contradicciones, intentos de eliminar símbolos y variaciones de los mismos símbolos. Sin embargo, 1916 decretó, como las gramáticas más o menos oficiales de las lenguas nacionales de fines del siglo XIX, el perfil único y oficial del escudo nacional. “La águila, siendo animal, se retrato en el dinero y se hizo ley”.

La trayectoria es más o menos conocidos, ya reseñada en el Diccionario universal de historia y de geografía … (1853-1856) dirigido por Lucas Alamán, José María Andrade y José María Basoco, entre otros. El inicio del emblema fue 1523, cuando el emperador Carlos V concede blasón a la Ciudad de México, “un escudo azul de color de agua, en señal de la gran laguna en que la ciudad está edificada…un castillo dorado en medio y tres puentes de piedra de cantería en que van á dar en dicho castillo; las dos sin llegar a él, y en cada uno de los dichos dos puentes, que han de estar á los lados, un león levantado, que asga con las uñas del dicho castillo … en señal de la victoria que en ella tuvieron los cristianos … por orla diez hojas de tuna verdes con sus abrojos, que nacen en la dicha provincia, en campo dorado”.

La inmediata post-revolución proporcionó el otro extreme cronológico de la trayectoria del blasón: la ley proclamada por Venustiano Carranza el 20 de septiembre de 1916, la cual remitía a la ley de 1823:

“… en uso de las facultades de que estoy investido, y Considerando: que se halla vigente el decreto de 14 de abril de 1823, por el que dispuso el Soberano Congreso Constituyente que el escudo nacional ‘sea el águila mexicana, parada en el pie izquierdo sobre un nopal…’ y Considerando: también, que este decreto se ha prestado a diferentes interpretaciones su expresión gráfica, dando lugar a una infinita variedad en las figuras de las águilas usadas por las diversas autoridades de la República, faltando así una forma precisa de escudo nacional; He tenido a bien expedir el siguiente decreto: Artículo único. El escudo nacional, cuyo modelo se deposita y conserva en la Dirección General de las Bellas Artes, es el único que debe usarse por las autoridades civiles y militares de la República, y por los representantes diplomáticos y cónsules acreditados en el extranjero. Se distribuirán copias de este modelo a los gobernadores de las entidades federativas y a las oficinas públicas dependientes del Gobierno General. Este decreto comenzará a regir desde el día primero de octubre próximo. Por lo tanto, mando se imprima, publique, circule y se le dé el debido cumplimiento”.

El decreto de 1916 absorbía la imaginaría de 1523 pero fue y es decreto precisamente por asumirse el fin de una contienda entre la variedad y promiscuidad de versiones y adendas que sufrió el escudo a lo largo del tiempo. De ahí la necesidad de legislar; nadie decreta que llueva de arriba para abajo. No obstante variaciones, hay cuatro elementos que permanecen en la larga historia del emblema: águila, serpiente, nopal y el acto de devorar o capturar.

La trayectoria del símbolo, no obstante, incluyó intentos de mandar el águila y lo demás a la bodega de la utilería de viejas puestas en escena. Por ejemplo, como explica el Diccionario universal, en 1642 el virrey Juan de Palafox, enfrentando hambrunas, decidió cambiar los emblemas: “hoy se conservan entre las armas de esta ciudad y suele poner por timbre de su escudo… [el del] enemigo del nombre cristiano y se aceptaron por los idólatras por via de adoración… En lugar de este timbre se podía poner una imagen de Nuestra Señora sobre las armas, ó un serafín ó ángel, con una cruz, ó una imagen de la fé con hostia y cáliz, y por mote Fides, ó Fidelitas”. Y todo se intentó, pero el águila y lo demás se fue imponiendo. En estos menesteres, todo es mezcla, saqueo, préstamo, robo: para cuando reina inapelable en el esperanto visual mexicano la otra gran imagen novohispana y nacional por excelencia, la virgen de Guadalupe, su representación de ya incluía una variación del águila, el nopal y la serpiente, como ha mostrado Jaime Cuadriello en su análisis de pinturas como la de José de Rivera y Argomanis (Verdadero retrato de Santa María de Guadalupe, patrona principal de Nueva España, jurada en México 1778) (Esther Acevedo, Jaime Cuadriello y Antonio Rubial en Los pinceles de la historia; de la patria criolla a la nación mexicana 1750-1860, 2000).

Durante las luchas por la independencia el blasón fue ganando sonoridad y visibilidad. Iturbide se inclinó por un águila imperial, por decreto se estableció que “las armas del imperio” fueran “el nopal nacido de una peña que salía de la laguna, y sobro él parada en el pié izquierdo un águila con corona imperial”. Al caer el imperio, la ley de 14 de abril de 1823, dictaba que el escudo debía ser: “el águila mexicana, parada en el pié izquierdo sobre un nopal que nazca de una peña entre las aguas de la laguna,—’y agarrando con el derecho una culebra en actitud de despedazarla con el pico;’ y que orlen este blasón dos ramas, la una de laurel y la otra de encina…. sin corona” (Diccionario universal).

Para 1823, pues, la nación había nacionalizado tres siglos de emblemas y pleitos por emblemas. Porque los símbolos nacionales, todos, son la guerra por otros medios. Lo que para la historia del Brasil el historiados José Murilo de Carvalho llamó a formação das almas (1990) –el pleito por las imágenes de la república a la caída del imperio brasileño—en México fue riñas alrededor de la posición de un águila, el tipo de águila, culebra sí o culebra no, nopal así o asá, y el laurel y la encina. A mediados del siglo XIX, el Diccionario universal explicaba con crítica resignación conservadora: después de Iturbide “El águila recobró la culebra que habían acreditado la historia moderna y la poesía; y los sectarios del antiguo régimen reformado, ayudados por los insurgentes viejos y por los neo-republicanos, se vengaron de los independientes ó insurgentes, en la persona del fundador de la independencia, restituyendo al escudo nacional el tipo de la revolución… La nueva ley solo sirvió para hacer resaltar la oposición que se nota entre su proyecto y su ejecución… El año siguiente (1824) se acuñó una medalla para conmemorar la elección del primer presidente de la República mexicana… Su reverso presenta la águila de perfil, según los antiguos mexicanos la dibujaron en la pintura… de la fundación de México, descansando con los dos piés sobre la culebra, en actitud de destrozarla”. Es decir, para los autores del Diccionario era claro que había sido más fácil lograr el blasón de la nación que la nación misma por un ejercicio de revival histórico llevado al cabo por los revolucionarios que, para Lucas Alamán y compañía, eran los mismos que habían destruido el orden de esa historia y de esa nación.

Pero el águila, ¡ay!, ahí siguió, con la culebra y el nopal; se sumaron las ramas de laurel y encina. Cada elemento apela a la naturaleza, es zoología y es botánica, y está ahí por sus características naturales pero, sobre todo, por la historia de apropiación e interpretación de sus características naturales. Animales y plantas fueron convertidos en emblemas, cosa del México pre-hispánico o de Grecia, Roma, la Europa medieval, la España imperial y el México moderno. Así los elementos son muy mexicanos porque no lo son, o son muy universales porque son mexicanos.

3.

El águila, el nopal y la serpiente, en efecto, evocan el mito fundacional de México-Tenochtitlan. Sin embargo, innumerables variaciones de estos bichos y plantas habían sido símbolos importantísimos desde tiempos romanos. El nopal (nopalli en náhuatl) es término y vegetal muy mexicano, igual que las tunas, aunque existen en muchas zonas semidesérticas del mundo (dicen que traídas de México) En catalán, nopales y tunas son figas de moro, igual que en portugués, figueiras da Índia, es decir, cosa exótica, aunque los alrededores de Barcelona están repletos de nopales. Ahora bien, un águila parada sobre algo –un nopal, un árbol, una encina, una piedra, cada imagen con distintas connotaciones— o devorando o capturando algo –una culebra, un ave, una tortuga, una piedra– ha sido parte de la emblemática occidental por siglos. El laurel no es mexicano pero ha sido el símbolo por antonomasia del triunfo militar. Para principios del siglo XX, la rama de encina representaba la fortaleza, la independencia.

Así, el águila y la serpiente son de origen pre-hispánico, sí, pero sólo a través de filtros donde el águila, cualquiera, vira en eco de siglos de emblemas con águilas. El mito fundacional de México-Tenochtitlan es resultado de mucha interpretación, textual y pictórica, de letrados indígenas, frailes y cronistas españoles. La famosa imagen del códice Mendoza es, sin duda, indígena, pero es de ya, y de maneras difíciles de entender, una traducción a lo que águila y serpiente significaban en occidente.

La representación más socorrida fue sacada de Diego Durán (1587), que a su vez la saca del códice Mendoza, en la cual el águila, como ha sugerido González Block, parece retocada para semejar el águila habsburga.


1. Diego Durán,
Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme.

La famosa composición pasa de mito fundacional a mito de orden y co-gobierno en lo que John Elliot llamó las “monarquías compuestas”, que eran, bien vistas, “collage de soberanías e imágenes”, como muestra el análisis de Esther Acevedo de la Alegoría de las Autoridades Españolas e Indígenas (1809) de Patricio Suárez de Peredo. Ahí el águila y la serpiente, ahí los leones y la heráldica imperial, habsburga y borbona, española. Tan tarde como en 1826, todavía estas melcochas eran de ley, como ha mostrado Antonio Rubial en su análisis del Compendio gramatical para la inteligencia de la lengua tarahumar del misionero Miguel Tellechea (1826), cuya contraportada muestra un misionero entregando la gramática a unos indios que sostienen el escudo que nada tiene que ver con ellos, el del águila y la serpiente aztecas y habsburgas.


2.
Alegoría de las Autoridades Españolas e Indígenas (1809) de Patricio Suárez de Peredo;


3.Miguel Tellechea,
Compendio gramatical para la inteligencia de la lengua tarahumar (1826)

El águila, como símbolo indígena, muy probablemente tenía que ver con el sol, con el poder, la guerra y el sacrifico humano. Plumas de águila o máscaras de águila utilizaban los guerreros; los pedernales de obsidiana utilizados en los sacrificios semejaban picos de águila; en varios códices aparecen águilas absorbiendo o destrozando los huesos de guerreros muertos. A fines del siglo XIX Eduard Seler interpretó los animales y los símbolos pre-hispánicos y encontró en las nociones de guerra, poder y comunidad el universo semántico del águila (Mexican and Central American Antiquities, Calendar Systems, and History: Twenty-Four Papers, 1904). Como el laurel, pues, el águila dice guerra, poder y sacrifico humano. Por supuesto, hoy el escudo nacional no trae a cuento al sacrificio humano . . . o al Sacro Imperio Romano. Y que bueno. Sin embargo, águila y serpiente son tan comunes en el esperanto de símbolos de poder, Estado, imperio y nación, que algo tiene que distinguir al símbolo mexicano entre tanto emblema.

El sacrificio humano era y es una marca de la casa que hace del águila, cualquiera que sea su tipo, algo muy pre-hispánico. Y el emblema ha cargado, queriéndolo o no, con esa originalidad, así lo ha saqueado y utilizado el arte mexicano y a través de esa originalidad ha sido visto por el mundo. Al estudiar el arte mexicano de las primeras décadas del siglo XX, Renato González Mello sostiene que “el sacrificio humano es el tópico para pensar en lo que hace distintas a las sociedades no occidentales. La figura del sacrificio es importante, reiterada, pero marginal”. De igual forma, los grandes águilas y escudos mexicanos exhibidos en el palacio azteca en la Exposición Universal de París en 1889, eran considerados por la prensa francesa expresiones de la civilización del sacrificio humano. Para 1913, una caricatura estadounidense representaba a México (un hombre con pistola y sombrero) sacándole el corazón a la civilización (una mujer) que yace nada menos que sobre la conocida como Piedra de Tizoc o piedra de los sacrificios. Un patito editorializa la imagen: “The lust for blood is bred in the bone”.

4. Caricatura, 1913, reproducida en F. Starr, Mexico and the United States (1914).

4.

Más allá de sus connotaciones pre-hispánicas, águila y culebra mexicanas se pierden en el mar de emblemas y batallas de símbolos. Uno de los primeros tratados de emblemática, de los más influyentes durante el Renacimiento, fue Emblemas (1531) del veneciano A. Alciato, del cual se hizo eco no solo la heráldica española sino quizá también, como ha sugerido Pablo Escalante, las transcripciones indígenas de lecciones morales como el códice florentino (“Sobre la posible presencia de los emblema de Andrea Alciato en el medio de elaboración del Códice Florentino,” en H. Pérez Martínez y B. Skinfill Nogal, Los espacios de los emblemas, Zamora, 2014). Los emblemas de Alciato incluyen un águila con las alas extendidas sobre un pedestal con el nombre de Aristómenes, el héroe y líder de Mesenia en las luchas contra Esparta (siglo VII ac). El águila es, como reza la traducción española de los emblemas (1548), “la ave más fuerte”, representa el poder, la fuerza, el heroísmo, y como para darle en la torre a nuestro símbolo de la paz (la paloma), dice Alciato: “de los cobardes las palomas sean”. Alciato incluye varios emblemas que tuvieron eco en Nueva España, como ha mostrado José Pascual Buxó (“Presencia de los Emblemas de Alciato en el arte y la literatura novohispanos del siglo XVI”, http://bidi.unam.mx/libroe_2007/0688161/A19.pdf); entre ellos un eco de una fábula de Esopo, un águila derrotada por un escarabajo, con la consabida lección: no hay enemigo pequeño. Sin embargo, lo que me resulta curioso es que en este circular constante de símbolos, la portada de los emblemas de Alciato, al menos es su reconocida traducción al español (1548), incluía águila y serpiente en mexicanismo gesto: la garra acida al reptil, y el pico por devorarlo. “La águila, siendo animal, es muy vieja en esto de retratarse”.


5.
Emblemas, Alciato, 1548.


6.
Emblemas, Alciato, 1548

Cual mostró Mario Praz (Studies in Seventeenth-Century Imagery, 1939-1947) el mundo en el siglo XVII también se interconectaba y peleaba a través de emblemas de águilas, aves, laureles, flechas… Uno de los primeros tratados españoles de emblemática, Emblemas morales (1591) de Juan de Horozco y Covarrubias, seguidor de Aliciato, identificaba el emblema del águila cargando una tortuga. Decía que desde Plinio se hablaba de ese águila que, para romper el caparazón de las tortugas, las elevaba asidas a sus garras, arrogándolas a las rocas desde las alturas: “Nuestro emblema”, decía Horozco y Covarrubias, “alude al temor con que ha de estar, el que en las uñas de águila, que es el príncipe, sube a grandes picavanza porque si lo disgusta le dejara caer de lo alto sobre los peñascos … Ut lapsu graviore ruat” (esa caída es más que un colapso). Es decir, se trata de un emblema de pericia política. La misma imagen, la del águila volando con tortuga, aparece en otro seguidor de Alciato, Juan de Borja. Pero es otra la lección que saca en sus Empresas morales (1581): “… es esta Empresa de Águila con el Galápago, que, quando mas alto le sube, es, para hazerle mejor pedaços, y çevarse en èl, como lo dize la Letra: Ruitura Levat (colapso levanta)” (sic). Una enseñanza moral contra la vanidad humana.

Don Juan de Borja incluye dos águilas más: un águila herida por una flecha emplumada, una lección de guerra y prudencia: “…esta Empresa del Águila herida de la saeta emplumada con sus propias plumas, y la letra arriba: Bis Pereo, que quiere decir Doblado Siento la Muerte. Dando a entender que doblado se sienten las heridas hechas con las propias armas; porque el que la recibe no sólo tiene razón de quejarse de su enemigo, sino también de sí mismo, que dio las armas con que le hiriesen”. Águila, poder, plumas, guerra y estrategia, esos eran los usos simbólicos del águila. Y Juan de Borja incluye también un águila sobre el agua, con un pez en una pata y una ave en la otra: “Empresa del Águila del agua, con la Letra: Aut Terra, Aut Mari. Porque se dize della, que tiene una presa, como ave de rapiña, y la otra, como ave del agua: con la una nada, y se ceba con el pescado, y con la otra, que tiene uñas, haze sus presas en las aves, y así se vale lo mejor, que puede, en la mar, y en la tierra.” El águila, pues, como símbolo de poder militar en tierra y agua (y aire, por supuesto). No es coincidencia que muchos ejércitos utilicen águilas en sus emblemas.

Y otra lección, esta de Horozco y Covarrubias: el emblema de un águila volando sobre el Monte Taurus (frontera entre la cristiandad y los infieles, Turquía), cargando una piedra en la boca. Y el significado no tiene desperdicio: el “águila real siempre procura/ bolar de suerte que no sea sentido./ Y para su defensa mas segura/ porque no se descuyde en dar graznido,/ Una piedra en el pico siempre lleva,/ con que el silencio ser la vida prueba” (sic). Imaginemos, un decir, este emblema en los membretes de la Secretaría de Cultura de México, como para que los creadores, investigadores e intelectuales que son, claro, como los águilas, nacionales, recordaran el valor del silencio. “¿Y la águila, siendo animal, los haría apreciar el silencio?”


7. Insertar imagen 11.
Empresas morales (1581) de Juan de Borja.


8..
Emblemas morales (1591) de J. de Horozco y Covarrubias.


9.
Empresas morales (1581), Juan de Borja.

5.

La serpiente, desde los griegos y la Biblia, posee una pesada carga simbólica y los tratados de emblemas están repletos de camichines. Para Horozco y Covarrubías, la serpiente es “animal de muchas maneras terrestre, por todas estas propiedades el demonio le es comparado, siendo tan venenosa y perjudicial, que si la serpiente quita a vida del cuerpo, el demonio por el pecado quita la vida del alma”. La serpiente, pues, como el mal. Para Juan de Borja, el emblema es más enredado: la mordida de serpiente es como la calumnia, insignificante como herida, mortal de necesidad.


10.
Emblemas morales (1591), J. de Horozco y Covarrubias.

Y si el águila en el imperio habsburgo podía lucir dos cabezas, la serpiente de dos cabezas era más que un emblema, una advertencia, al menos para Juan de Borja: “lo que ha destruydo todas las Monarquías, y los Reynos del Mundo, porque en habiendo mas que una cabeza, es cosa forçosa, dividirse el poder, y la grandeza, y en quanto mas partes se dividiere, tanto mas se consume, y se deshaze, y aniquila”. Por eso “hay que adorar, y servir a un Dios, y guardar una ley, y servir a un Rey, válgase desta Empresa de la Anfisibena, sierpe de dos cabezas…” La Anfisibena venía de la mitología griega, surgida de la sangre derramada por la gorgona Medusa.

Carlos V, es sabido, asumió el emblema del águila bicéfala, Rey de España y Alemania y muchos otros reinos, y emperador electo del Sacro Imperio Romano. Este símbolo imperial, águila de frente, con alas extendidas, se coló a la sintaxis de todas los águilas imperiales posteriores, reales o nacionales, incluyendo la Alemana después de 1871 y la mexicana antes y después de la independencia. En el siglo XVII, el sabio veneciano Giovanni Palazzi detalló la historia emblemática de la dinastía austriaca, y remontó los orígenes a reyes y símbolos anteriores a la conquista de América, que ya incluían águilas –o alguna ave de rapiña—capturando una serpiente: la imagen de Cristóbal de Bavaria (1416–1448), rey de Dinamarca, Suecia y Noruega durante la Unión Kalmar, unida al águila y la serpiente, con la leyenda “Dimicandum” –lucha. Después de detallar cada paso, Palazzi llega al blasón de Carlos V, el Rey y emperador del águila bicéfala con la corona y la leyenda “Aquila Electa, Omni Venci” (a todos conquista) (Aquila Austriaca, sub qua imperatores Austriaci ab Alberto II honorifico vsquè ad Ferdinandum III & IV Occidentis imperatorem L…, 1679).

Curiosamente, este símbolo del águila bicéfala, sin el cual no existiría el águila mexicana como tal, tuvo un raro momento teratológico en la Nueva España del siglo XVIII. Según cuenta Feliz Ramos i Duarte (Diccionario de curiosidades históricas, geográficas, hierográficas, cronológicas, etc., de la Republica Mejicana, 1926), en 1720 un cazador de Teposcolula, Oaxaca, mató a un águila de dos cabezas: “El cura del lugar se la mandó al virrei D. Baltasar de Zúñiga Guzmán, marqués de Valero, quien puso gran diligencia en disecar aquella ave para su conservación i de ella hizo un presente al rei Felipe V, i éste mandó ponerla en el Escorial” (sic). Quizá esta haya sido la única reunificación material del águila mexicana con sus orígenes imperiales.

Así que águila y serpiente vienen y no vienen del legado azteca, pero tanto da. Es más, como símbolo del bien contra el mal, águila y serpiente, siguieron otras trayectorias simbólicas más allá de reinos, imperios o naciones. Las encontramos, por citar un ejemplo extravagante, en la asociación homeopática brasileña –no las he encontrado en la homeopática mexicana–. Como muestra la historia de la medicina (Robert A. Wilcox, Emma M. Whitham, “The Symbol of Modern Medicine: Why One Snake is More Than Two”, American College of Physitian, 2003), el símbolo por excelencia de la medicina es una serpiente enredada en el bastón de Asclepio (Grecia) o Esculapio (Roma), el dios greco-romano de la medicina, cuyas representaciones siempre incluían el bastón y una serpiente, y que era el conocedor de las propiedades curativas de la flora y la fauna. En el siglo XIX, por la influencia de un editor inglés de textos médicos que incluyó dos serpientes (medicina y humanidades), se fue asumiendo el símbolo de las dos serpientes, el bastón y las alas. Pero la medicina homeopática siguió otra simbología, a menudo alegorías de naturaleza harmónica y en equilibrio. Sin embargo, la homeopatía brasileña, seguidora del médico francés Jules Benoit Mure, utilizaba en sus publicaciones el símbolo del águila devorando una serpiente, como en Doctrine de l’École de Rio de Janeiro, 1859. Y en los diplomas de la asociación homeopática brasileña reinaba un águila en acto, por así decirlo, muy mexicano, y también un dejo indigenista, un indio frente al águila y parado sobre Brasil. Esto podía simbolizar, claro, el triunfo de la salud sobre la enfermedad, pero es raro porque el propio Mure en su Materia medica (1854) trataba las propiedades curativas de los venenos de las serpientes brasileñas. Quizá el emblema respondía, irónicamente, a los férreos debates entre medicina homeopática y alópata a mediados del siglo XIX, y un águila devorando unas serpientes era también apelar al viejo símbolo de la medicina alópata vencida por la homeopática.


11.
Doctrine de l’École de Rio de Janeiro, 1859.


12. Diploma, AMI, II-DJV-07.04.1848-Tib.di, de Adolphe Tiberhiegen, Instituto Homeopathico do Brasil (1848), cortesía de José Juan Pérez Meléndez, “The Business of Peopling”, Tesis Doctoral, The University of Chicago, 2016.

En fin, el águila y la serpiente y el nopal son naturaleza, referencias a una peculiar ecología, a una zoología especifica, pero también eran verbo y complemento, ya en el siglo XVII o en el XIX, de siglos de re-frasear las mismas expresiones.

6.

Durante el siglo XIX, el emblema sufre cambios interesantes, que no estaba escrito que el blasón acabaría siendo el águila que sancionó la ley de 1916. Un dejo interesante fue el bonnet rouge, símbolo de republicanismo y la libertad, de la lucha contra todo ancien régime, sobre todo a partir de la Revolución francesa. Entre, digamos, 1826 y 1880 el bonnet aparecía, junto con otros símbolos revolucionario franceses –y también con símbolos masones– en la mayoría de las alegorías de la independencia, del escudo nacional o de los padres de la patria: ahí el consabido nopal, el águila a veces de frente a veces de lado, sin o con laurel y encina, pero eso sí con el bonnet rouge resplandeciente. Era lo normal, casi todas las nuevas naciones nacidas en América de las ruinas de los imperios surgieron como luchas republicanas o se volvieron luchas republicanas. México no nació como república, sino como imperio, pero la simbología monárquica fue sustituida con detalles como el bonnet. Brasil fue monarquía hasta 1889 y, como Canadá, jamás fue de los que tuvo uso para el bonnet revolucionario.

Pero bonnet o águila o serpiente apelaban al poder, la guerra, la victoria, la violencia, como casi todos los himnos y emblemas nacionales de los modernos Estados-naciones. ¿Y la paz? La paz, claro, ha tenido sus representaciones gráficas, sobre todo como resultado orgánico del arte dedicado a la guerra. Curioso, en el porfiriato, el régimen que más invirtió en infraestructura simbólica en el siglo XIX, se fue perdiendo el bonnet pero aparecía poco la rama de olivo o algún símbolo de la paz que, después de todo, era el otro nombre del porfiriato.

El bonnet no fue eliminado del todo durante el porfiriato pero casi. Es probable que las connotaciones anti-clericales del bonnet republicano y revolucionario eran un poco molestas para un régimen empeñado en la reconciliación después de décadas de luchas armadas bajo la bandera del jacobinismo liberal mexicano. Pero al escudo nacional durante el porfiriato no se le añadió símbolo de paz. Acaso porque no era necesario: casi toda la obra simbólica porfiriana incluía referencias a la pax que quería decir conquista de la estabilidad, del progreso, de la prosperidad y, también, paz era sinónimo de Porfirio Díaz. El Ángel de la Independencia, el monumento porfiriano por excelencia, carga en una mano la corona de laurel, la victoria militar, y en la otra la rama de olivo. Como volviendo al pasado imperial del águila, El Ángel incluye en su base una composición en bronce de un enorme león guiado por un niño –“el pueblo, fuerte en la guerra y dócil en la paz”, según decían las explicaciones de la época–, y en las esquinas de la base inferior había representaciones de Ley, Justicia, Guerra y Paz.

Pero el porfiriato volvió a hacer imperial, casi habsburga, al águila del escudo nacional. Porque, bien vista, el águila mexicana, cual especie zoológica y especie simbólica, resultaba siempre menor ante la epidemia de aguilotas: la del imperio austrohúngaro, la de la nueva Alemania unificada, la de Estados Unidos. Una caricatura estadounidense de tiempos de la guerra entre México y Estados Unidos ponía la burla en claro: el águila mexicana antes de la guerra aparece ahí con nopal, como símbolo de un wannabe imperio, de una casi nación, vs. el águila de la posguerra, un pollo pelado y un nopal desinflado.


12. “Plucked: The Mexican Eagle Before the War! The Mexican Eagle After the War!”, Lincoln Collection. American Political Cartoons, Caja 2, Folder 4, Special Collections Research Center, University of Chicago Library.

7.

La ley de 1916 y la simbología de la inmediata post-revolución saqueó mucho de la simbología porfiriana, pero era claro el intento de regresar el emblema nacional a un supuesto origen pre-hispánico. El porfiriato le dio una capa imperial, es decir, también lo regresó a sus orígenes, a sus otros orígenes, los imperiales habsburgos y borbones. El águila nacional, quizá la quebrantahuesos, o cualquier otro águila volvió a ser la majestad del águila real e imperial, como lo muestra el centro de la celebración más solemne de las fiestas del Centenario de 1910, La Apoteosis de los Caudillos y Soldados de la Guerra de Independencia. Se trata de un águila enorme que bien podría ser la austriaca o estadounidense o alemana. No menos hizo Saturnino Herrán en su alegoría del Centenario (portada, revista Arte y Letras): un enorme águila sobre la representación de la república en paz.


13. Colección García, centro de La Apoteosis de los Caudillos y Soldados de la Guerra de Independencia.


14. Portada
Arte y Letras, Saturnino Herrán, 1910.

En las décadas de 1920 y 1930, el efecto de la Revolución trajo la nueva codificación del emblema nacional en clave vanguardia indigenista. Se trataba de volver a los orígenes pre-hispánicos del blasón y de México, como si se pudiera tener una esencia en unos orígenes tan promiscuos. La celebración del Centenario de la consumación de la independencia en 1921 fue un saqueo del guión porfiriano, pero con acento indígena. Circulan por doquier los grifos e imágenes de códices aztecas, en portadas, en los murales de Diego Rivera, en los libros de texto. Efrén Rebolledo, un poeta japonista en tiempos porfirianos, en 1916 regresa el símbolo del águila a su origen pre-hispánico “puro” con un drama sobre Cuauhtémoc Y la portada del libro, de Jorge Enciso, lo pone tan claro como el poema de Rebolledo:


15. Portada, Efrén Rebolledo,
Águila que cae, 1916.

Fuiste caudillo desdichado de una

Raza de bravos, águila altanera

Que luchando caíste prisionera

En la heroica Ciudad de la laguna.

Casi al mismo tiempo que águila y nopal se vuelven código y ley revolucionaria, el Departamento Editorial de la Dirección General de Educación Pública publica Los motivos del águila; cantos a la raza y a los héroes (1917), del periodista y más tarde exitoso guionista del cine nacionalista mexicano –y poeta popular—Antonio Guzmán Aguilera, que ya usaba el mote de Guz Águila. La portada del libro muestra el águila, culebra, nopal, laurel y encina de acuerdo a la ley. Pero el blasón aparece rodeado de una corona de espigas de maíz. Guz Águila quería que sus cantos de raza fueran lecciones mexicanísimas para los niños y niñas en las escuelas, para que entendieran que águila, serpiente y nopal eran más, muy local y ancestral, que dos animales y una planta espinosa. Pero al mismo tiempo Guz Águila no podía obviar las muchas connotaciones del águila que, siendo animal, no cesaba de significar:

El águila azteca, emblema de altivez y de bravura, devorando a la serpiente, representación de cuanto hay de ruin y de rastrero bajo el sol, significa el alma de la raza indiana, con todos sus caracteres de amor a lo que se eleva, siquiera sea un palmo sobre la tierra, y de odio por todo lo que en ella o bajo sus costras rastrea y acumula veneno para verterlo arteramente en los organismos sanos y normales… Esa lucha eterna entre el bien y el mal, entre lo positivo y lo negativo, entre lo de arriba y lo de abajo; ese antagonismo que nació con el mundo y ha inspirado las más estupendas creaciones humanas y las voliciones más sublimes de sabios y legisladores, desde la fabulosa lucha entre los ángeles buenos y los malos, hasta las últimas convulsiones en que se debate el mundo, agonizante y sangriento; ese choque constante entre la virtud y el vicio, está notablemente simbolizado en nuestro escudo, que marca el fin de esa lucha sin cuartel, dando la victoria a lo positivo sobre lo negativo, al bien sobre el mal, a lo de arriba sobre lo de abajo. El águila nacional es, pues, índice de cuanto movimiento levantado y sublime ha habido y hay en el alma de la raza.”


16. Portada, Guz Águila,
Los motivos del águila; cantos a la raza y a los héroes (1917).

La apropiación revolucionaria del porfiriato incluyó símbolos y hombres. En 1922, la Secretaría de Educación de José Vasconcelos reedita para uso popular la historia patria del más importante intelectual porfiriano, Justo Sierra, y la portada reproduce, a pesar de los dictados de la ley de 1916, el águila porfiriana, de frente, con el lago y el nopal, sin el bonnet y con las ramas de laurel y encina. Autor, libro, texto y portada no eran nada nuevo, eran un collage como los que se venían haciendo desde hacía un siglo, pero éste era el turno de la Revolución para crearse sus símbolos. Después, las vanguardias artísticas, y los miles de experimentos con emblemas de águilas en el mundo durante la primera mitad del siglo XX, afectaron al águila de la Revolución. En pleno auge del nacionalismo revolucionario cardenista, el águila mexicana no dejó de ser una entre su especie, la de la lucha de emblemas imperiales y nacionales. Así, en 1937, el régimen cardenista construyó para la Exposición Universal de Paris un pabellón funcionalista, coronado con un inmenso águila, tan mexicana y cardenista como fuera posible, y a cada lado del edificio grandes esculturas: la de un campesino con la hoz, y la de un obrero con martillo. Claro, ese águila mexicana, y esas esculturas, estaban en casa en esa Exposición de entreguerras, aún recordada por los dos edificios puestos cara en cara: el pabellón nazi con el inmenso águila imperial reciclado como símbolo del Drittes Reich y el pabellón soviético coronado por la escultura de obrero y obrera cargando la hoz. A escala muy menor, el pabellón mexicano hacía eco de los ruidos del momento. Y el águila de la Revolución también podía servir para unir naturaleza y tecnología, como en la portada de la revista Futuro en 1940, que incluía el águila, la serpiente, pero el lugar del nopal lo ocupa una torre de petróleo.


17. Justo Sierra,
Historia patria, 1922.


18. Pabellón de México, 1937.


19. Portada,
Futuro, 1940.

Águila, serpiente y nopal poco a poco sufren una nueva metamorfosis a mediados del siglo XX. Ese águila, real o quebrantahuesos, el que fue guerrero pre-hispánico o blasón imperial habsburgo, coqueteó con ser símbolo de protección, de moderno Estado de bienestar, cosa muy del siglo XX. Dos imágenes que ilustran esta transformación: la cubierta de los libros de texto que se distribuyeron gratuita y masivamente por más de cinco décadas, y el símbolo de la institución por excelencia del Estado de bienestar mexicano, el Instituto Mexicano del Seguro Social.

Soy hermano de leche de esa madona mexicana de los libros de texto de la SEP –obra de Jorge González Camarena–. No tengo la suficiente distancia para ver con lejanía y “extrañía” esa madona y su águila. Pero digo que no creo que la famoso portada pretendiera con su madona morena representar, a l’américaine, una cuota de raza o de etnia para levantar la autoestima mexicana. La imagen era una en el continuo de experimentos médicos, estéticos e ideológicos con el cuerpo femenino y el águila y la víbora; intentaba habitar un terreno intermedio, de consenso, que había estado en construcción por mucho tiempo –ciertas marcas de mexicanidad que eran, eso, consenso precisamente porque minimizaban la importancia de la raza por medio del mestizaje, porque ofrecían una cara moral, casi católica, pero republicana y asistencial de un Estado de bienestar que educa a sus hijos, y ahí la madona casi abrazada por las inmensas alas y la cabeza del águila devorando la serpiente. Al lado se ve una suerte de cornucopia mexicana, ¿alegoría de la paz o simple marca “México” en el mercado del turismo? Claro, a la distancia la composición parece simplemente cursi, pero ese uso del águila, “pa’ ser simple bicho”, c’est pas mal: era el blasón de la educación para todos.

Por su parte, el símbolo del IMSS, después de varias discusiones, fue una atractiva mujer, en principio similar a las miles de Pietats que proliferaron en el mundo de las guerras del siglo XX –utilizada en tumbas de soldados desconocidos–, pero en el caso del IMSS la mujer tiene trenzas y es estereotípicamente mexicana, no quiero decir mestiza, es simplemente mexicana, por las magias que produjeron décadas de estos experimentos. La mujer aparece, claro, amamantando a un bebe: seno, mujer, trenzas, bebe… nada más natural que eso, y era el símbolo de la institución más importante de un amplio Estado de bienestar. Trenzas, mujer e hijo aparecen cubiertos, como en un capullo, como en un útero, por el águila nacional, la de los aztecas, la de México, la de los habsburgos, la de siglos de heráldica, la que, creo, nunca tuvo mejor uso. La intención de la imagen (diseñada por F. Cantú en 1943) era ser aceptada por las trenzas, por lo maternal, por el consenso a que invitaba el águila por ser como útero: un instituto de salud uterina y social. Estilizada de distintas maneras, esta imagen fue, hasta hace muy poco, uno de los símbolos claves del Estado de bienestar mexicano, uno de cuyos mayores momentos fue la construcción, en 1963, del mayor complejo médico de América Latina: el Centro Médico Nacional. El Centro fue el clímax de años de formación del welfare mexicano, sintetizó décadas de medicina mexicana y de estudios de modelos extranjeros de asistencia y ciencia de punta. Décadas de viajes y estudios de médicos mexicanos a Estados Unidos y a Europa, dieron por resultado un conjunto de hospitales mexicanismos, diseñados en arquitectura de vanguardia por Enrique Yañez, pero decorados en sus paredes y jardines por todos los artistas importantes que habían servido a las necesidades estéticas del Estado mexicano. “La águila, siendo animal, se convirtió en dotora”, y ya fue. No más. Hoy el águila nacional puede significar muchas cosas pero no un Estado de bienestar.


20. Portada, libros de texto, obra de Jorge González Camarena.


21. Emblema, IMSS, F. Cantú 1943.

He reparado en muchas águilas, andado por muchos nopales y pisado muchas culebras y callos, y de este recorrido sólo saco en claro lo del dicho del bailaor flamenco Carrete, el que transcribe Javier Pérez Andújar: “hay tanta mezcla en el mundo que somos anónimos” (“Carrete, el Fred Astaire gitano”, El País, 6 de febrero de 2011).