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Naco

Mucho se ha debatido el origen de la palabra “naco”. Creo que debe venir de lo que don Joaquín García Icazbalceta identificó como “chinaco/a”: “lo mismo que chinacate, y más usado. Todavía se aplican estos nombres a individuos de la hez del pueblo: toma entonces femenino” (Vocabulario de mejicanismos, 1899). El cubano empalabrado de mexicanismos, Feliz Ramos i Duarte, define la palabra como “Indio vestido de cotón azul, calzoncillos blancos i

Naco, en otomf, significa cuñado”. A lo largo del siglo XX, “naco” adquirió otras connotaciones: mal gusto, ostentoso, vulgar, ordinario, soez y cursi. No puedo añadir mucho más al origen de palabra tan usada por los linajeros de la sociedad feudal mexicana en que vivimos. No me interesa el término congelado en diccionarios, sino vivito, coleando y muriendo, en mi propia “naquez” o “naquería” y en la del gran divo mexicano del siglo XX: Juan Gabriel. Y es que, el muy naco, se me murió pronto.

Comienzo, pues, por ahí: soy naco y cursi (hortera, vulgar, de mal gusto, gaudy, gross, à l’eau de rose, cucul). Y digo que Agustín Lara (“… ven, que con la luna mi cabaña pintaré…”), José Alfredo Jiménez (“…tú me querías decir no sé qué cosa, pero callé tu boca con mis besos…”) y Juan Gabriel (“… me miro en el espejo y veo en mi rostro/ el tiempo que he sufrido por tu adiós…”) formaron más memoria colectiva en México en el último siglo que todos los intelectuales, creadores nacionales y SNIs que el país ha tenido. Lo cual no es ni bueno ni malo, solo cierto, como que Juanga se nos fue en el verano del 2016. Se fue rápido y sin aviso, eso sí, como él quería: poco después de uno de los legendarios conciertos entre su gente, en California. Yo quedo, como tantos y tantas, huérfano, viudo y mudo.

Se fue el arquetipo, hasta ayer vivo, de lo que ha significado la existencia para muchos mexicanos en México y Estados Unidos, a saber, los tanates para sobrevivir y prosperar, la valentía y desparpajo para imponerse como pobre y desclasado en una sociedad feudal, como homosexual en una tierra de machos reprimidos, como cabal en el reino de las traiciones. De aquí “pa’l rial”, Juanga será la leyenda de liberación a través de la sublime cursilería, la anti-catrinura altanera y el instinto poético plebeyo.

El divo de Parácuaro, de Juárez, de México o de Chicago, era cursi y naco, claro. No obstante la tardía popularidad que sus canciones ganaron entre la gente bien nacional, el divo y los suyos eran, son, somos, nacos porque nadie puede tener mucha clase en una sociedad tan desigual como la mexicana. Los catrines son pocos pero de un tiempo acá andan alborotados, ostentando sin empacho su catrinura económica o cultural en antros, restaurantes, suplementos sociales o culturales, premios y distinciones nacionales. ¡Ay Juanga!, “date cuenta de eso”, de que los nacos no nos damos cuenta de nuestra “naquedad”; ¿no serán los otros los nacos, esos que ostentan dinero, clase, cultura y hipsterismo en el orden feudal mexicano? Y es que nuestros “pijos” son, como decía mi hija en su catalán amexicanizado, “molt naquets”. Juanga les diría: “te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”. Porque él fue naco aunque su música y persona con el tiempo fueron acatrinadas por la fresería mexicana. La aristocracia inglesa es lo que, la mexicana lo es si y solo sí el país de nacos. Esa es su tragedia.

Es cursi y naco el “No vale la pena/ date cuenta de eso/ que lo que tu me has dado/ es una miseria/ son muy pocos besos para un e na mo ra do”, pero no más que el suplemento social de Reforma y la foto de la “prepaaaaa” de El Cumbres bailando un vals de Strauss en Viena; no más que mucho de la inteligencia mexicana del siglo XX que, promovida por el Estado, nos produjo versiones vernáculas de Freud, Sartre, Heidegger o Isaiah Berlin, así, como “llévese su Heideger por un peeesooo”. Al menos, Juanga nunca cantó lo que no sentía o no sabía. La cursilería intelectual mexicana habla de cualquier tema, abra usted cualquier periódico o revista, porque el país es naco, no es Dinamarca, y hay que instruirle en todo y dos gotas de sabiduría, traducidas de Wikipidia o de The New Yorker son un monzón para la aridez intelectual en que vivimos. O eso han de asumir los catrines intelectuales porque de otra manera ¿cómo se entiende la cursilería de recetarnos con pomposos rollos baratos y reciclados? Si no fuéramos nacos, claro está, no los necesitaríamos, pero entonces, sin nacos, ¿cómo harían las luminarias nacionales para parecer eso, luminarias? Me quedo con la cursilería de Juanga, esa era de otro estilo.

Su materia prima exigía lo cursi; amor, desamor, abandono, felicidad, orfandad, culpabilidad, odio, venganza… Tratar estos dominios humanos hace cursi a cualquiera, excepto que uno sea el enamorado, el abandonado, el que pierde a su madre. Entonces los versos no son cursis, son indispensables: “Obscura soledad estoy viviendo yo/ la misma soledad de tu sepulcro mamá”. Juanga escaló en el México de “Siempre en Domingo” con canciones ñoñas y alegronas que televisoras y radiodifusoras dirigían a sirvientas, camioneros, choferes, obreros y peones. Pero el cursilísimo de Juanga fue más allá de la impostura comercial, clasista e intelectual. Cantó tonadas cursis y simples pero metía ahí su innato instinto poético, burdo, sí, pero era candor sublimado en “yo también, a mi también”: “por eso aún estoy en el lugar de siempre,/ en la misma ciudad y con la misma gente,/ para que tú al volver no encuentres nada extraño…” Sus malas rimas, juegos nemotécnicos y aliteraciones nos sedujeron o, mejor dicho, nos reconciliaron con nuestra ordinariez y nuestras pretensiones –que es el estado natural de cualquier verdadera identidad, la que no es un rotundo “soy” sino un “le hago como si fuera”–: “Tú cuando mires para el cielo/ Por cada estrella que aparezca amor es un ‘te quiero’”. Y cantamos con él como rezando: “Poco a poco poquito me fui enamorando,/ No pude evitarlo yo te quiero tanto, pero/ Tanto y tanto tu bien sabes cuanto/ eso y otro tanto te quiero decir/ que ya no vivo por vivir,/ que ya no vivo por vivir”. Pero era cursi y re-naco, con la naquez nuestra que sólo a un igual le permitimos: “No sabía, de tristezas, ni de lágrimas, ni nada,/ que me hicieran llorar/ yo sabía de cariño, de ternura,/ porque a mí desde pequeño, eso me enseñó mamá,/ eso me enseñó mamá,/ eso y muchas cosas más…”

Puede uno gustar o no de la cursilería y naquez de Juanga. Yo soy de los que creció con ellas y son de él y mías, no por sacrificado populista que hubiera hecho el cambalache de Paul Celan, Quevedo o Cernuda por Juanga. Yo moqueo con “…que tus ojitos jamás se hubieran/ cerrado nunca y estar mirándolos”, y nadie me quita ni mi Celan ni mi Quevedo. Aceptar lo popular es posible; ser aceptado por lo popular, eso es cosa mucho más enredada. Por historia de familia, por cursilería innata, por lo que sea, me siento aceptado por lo que Juanga representa, pero no todo lo popular me seduce. Mucho no me acepta. Por ejemplo, nada más popular que la onda grupera, esa tuba eterna sonando sin parar en Tijuana, Chicago, Los Ángeles o La Piedad. No logro acceder a esa música que narra dinero, coches, drogas, “morritas VIP”, trocas y cuernos de chivo. Es cursi y naca pero yo, cursi y naco, no soy aceptado, no soy eco y voz entre la tuba, las hebillas altaneras y las voces chillonas. Problema mío, no de esa música muy popular que es memoria y conciencia de millones. La música y poesía cultas también son selectivas, exigen educación y esmero para entenderlas y ser entendidos por ellas.

Perdonen la anécdota pedante, pero se impone: en el 2000, en un año que mi suerte me deparó en un centro de investigación en Berlín, el distinguido compositor de música de vanguardia, de la llamada “clásica”, el rumano György Ligeti, nos convidó a un grupo de profesores a asistir a la premier de uno de sus conciertos en la Filarmónica de Berlín. El concierto incluyó unos pigmeos que hacían sonar instrumentos y voces extrañas. Yo, fan de Juanga, no entendí nada. Normal. Poco después, en un almuerzo, el ex rector de la universidad de Stanford, Gerhard Casper, dijo al maestro Ligeti: el concierto fue “superb”. (Yo callado, claro está; no había disfrutado el concierto, aunque las piezas de Ligeti para piano, tocadas por F. Ullen, inclusive un naco como yo las atesora). Ligeti respondió de inmediato que era la peor performance que había oído en su vida. Casper: “Ay maestro, es usted un snob”. Ligeti: “Claro que lo soy, pero eso no tiene nada que ver con la pésima calidad de la performance”. Me gustaba sentarme con Ligeti a la hora del almuerzo, porque era tan snob que no aguantaba a las luminarias europeas o estadounidenses, pero le permitía al mexicanito oír las historias de sus huidas de los campos alemanes de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial, y me contaba que en Cuernavaca entonces aún vivía el mejor músico contemporáneo pero que el mundo era tan imbécil que lo ignoraba (Conlon Nancarrow que vivió en Cuernavaca muchos años y cuya música polifónica era tan difícil de tocar que no era competencia, para Ligeti, considerarlo el mejor). Y me contaba de tonadas rumanas, simples y cursis, que traducía del rumano para mí. Yo le contaba las mías. En un país feudal como México, pude acceder a la educación gracias a mi padre médico, pero nada me quitó lo naco porque en la sublime plebeyez se está bien, y a nadie he de probarle mis lecturas. Pero en una sociedad feudal, el desclasado tiene que probar su limpieza de sangre despreciando al judío, o naco, de turno, cuando en verdad somos catrines solo porque el país es naco.

Juanga fue cortés y cortesano como pocos. Sobrevivió a los chantajes que un homosexual público podía sufrir en el México de 1970 o 1990 porque la cortesía ante su público lo hacía inmune a pendejadas que a nivel de calle eran cosas sabidas y aceptadas. Sus miles de imitadores sólo repetían el mensaje sin saberlo: soy puto y naco y qué. Su gente lo sabía, lo esperaba, lo respetaba. Su cortesía y generosidad en conciertos y filantropía serán parte perenne de su leyenda.

Juanga fue un producto comercial del México del monopolio Televisa, pero Juanga es Juanga, más que Televisa, gracias a su desparpajo, a su bienvenida plebeyez, a su cortesía. Siempre hay una estrella comercial nueva que dura lo que dura, Juanga no; porque nunca gastó descortesía y despego de su público, no obstante la edad y los estragos que hizo el tiempo “en mi gente como en mi persona”. A un producto como Luis Miguel, dos o tres muestras de descortesía le costaron la carrera. Se acabó el producto. Juanga fue un producto comercial y mucho más. Aún ya con la salud mermada, con la voz dañada, se entregaba a su inmenso público y otra y otra y otra … “ya váyanse”, decía, “que les van a cerrar el Metro”. “Es una dama”, decía mi abuelo de un hombre que desplegaba gentileza: Juanga era una dama. Nunca mejor dicho.

Pero también fue cortesano, cómo no iba a serlo para sobrevivir como niño homosexual, pobre, en Ciudad Juárez, en la Ciudad de México, entre bares de mala muerte o entre empresarios y políticos del México de la década de 1980: “…y la soledad/ cada vez más triste/ y más oscura yo viví/ y a esa edad/ todos preguntaban los motivos,/ yo solía siempre decir:/ yo no nací para amar/ nadie nació para mí/ tan solo fui/ un loco soñador, nomás”. Supo navegar las aguas turbias, fue “muy hombrecito” para imponerse a toda suerte de obstáculos; abusó y se dejó abusar para sobrevivir. Fue, más faltaba, príista, y ¿qué otra cosa podía ser un naco homosexual exitoso en 1970 o 1980? ¿Panista? ¿Miembro de los homófonos movimientos comunistas y sindicalistas? O tenía que haber sido, como hoy es de ley, “liberal”. He could not afford it. El de ayer no, pero el liberalismo de hoy es sinónimo de catrinura, de clase intelectual y económica. No, Juanga fue príista no porque su éxito dependiera del Estado –no fue ni creador nacional, ni miembro de El Colegio Nacional, ni siquiera producto folklórico de exportación estatal– sino porque era entre príistas donde podía encontrar sus aliados para ser el “estado de excepción” sexual, cultural, de clase, que fue.

No era intransigente, era la irreverencia más importante del siglo XX mexicano. Un irreverente casi involuntario, porque no es que él pudiera haber dejado de hacer nacadas, de hacerle a la loca, de mover las caderas, de lucir sus lentejuelas, de burlarse de todos nosotros para hacernos caer a sus pies. Fue más irreverente que Cantinflas o que Carlos Monsiváis, “lo que se ve no se pregunta” y a mariconear todos juntos, rompiendo tabús y barreras sociales.

Gracias a la ayuda de músicos cada vez más sofisticados, Juanga fue cargando de fuerza su instinto poético para ser memoria colectiva. Incorporó mariachis, sinfónicas, todo tipo de ritmos y variantes y su último disco de duetos nos dejó grandes arreglos, cual un poeta que reescribe sus versos de juventud, aunque su voz, poco cuidada a lo largo de los años, estaba dañada. Su último trabajo hace relucir a sus cómplices en duetos memorables como el que hace con la joven Natalia Lafourcade o con Alejandra Guzmán o con Vicente Fernández –dueto que de ya queda archivado por nosotros los nacos en el mismo lugar sagrado de Benny Moré y Pedro Vargas, o ese de Julio Jaramillo y Daniel Santos, cantando Perdón de Pedro Flores–. Claro, Juanga no fue ni Schiller ni Góngora, ni falta que hacía; fue, no obstante, cercano al romancero: es lo que por trovador pudo producir una sociedad de consumo, clasista y amantosa.

Su irreverencia era, por seguro, la de la homosexualidad, pero también la de la plebeyez. Nació, creció y se sentía entre y de los nacos. Para la década de 1990, como Lara, como el Jazz, como José Alfredo, Juanga dejó de ser monopolio de la naquería. La progresía mexicana y los hipsters de turno empezaron a asistir a sus conciertos. Rompió la barrera feudal mexicana, cantó y bailó para catrines, pero no cantó a la catrinura, ni de clase ni intelectual, y no cantó nunca a coro con los catrines –que necesitan karaoke para seguir sus letras–. Aún se escuchan las grabaciones de sus legendarios conciertos de Bellas Artes, en los que “Amor Eterno” es dedicado a las madres, en especial a las de la gayola, la parte alta y barata del Palacio de Bellas Artes, su gente; claro, “No tengo dinero ni nada que dar, lo único que tengo es amor para amar….”

Su larga y difícil asociación con Rocío Dúrcal lo dio a conocer en España e Iberoamérica (“Fue un placer conocerte…”). Pero Juanga es como Pedro Páramo, puede ser compartido por todos, pero descifrado en su totalidad sólo por locales muy locales. No es México, la nación, donde la leyenda Juanga adquiere todo su sentido; es un espacio a la vez más reducido y más amplio: es ese México plebeyo y reprimido de fines del siglo XX, esa naquería creciente, con la nostalgia rural o urbana de sus padres (Pedro Vargas, Toña la Negra, Lara, Pedro Infante, Javier Solís), produciendo su ídolo local, es ese México de “jaladores”, de supervivientes a toda costa, ahí es donde Juanga no tiene misterio; cada verso, las chaquiras, el culo zarandeado, cada gesto es voz y eco colectivo. Ya sin voz, podía no dar conciertos, sino pedirnos concierto; su público solía cantar las notas altas que él ya no alcanzaba y todos felices de echarle la mano.

Lo que se dice de Carlos Romualdo (Gardel) estoy condenado a decir de Juan Gabriel: de aquí hasta el final del mundo que me tocó vivir, Juanga cantará mejor conforme pasen los años. Nos dio a los nacos el referente de la paz de la sobrevivencia, que fue una era mexicana y una manera universal de perdurar. Descanse en paz quien tanta supo darnos.