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Mamón, Mamona

Momón” y “momonez” –o “mamonería”– son voces omnipresentes en el hablar mexicano desde que tengo uso de conciencia. Sin embargo, ni los viejos cazadores de palabras del siglo XIX, ni los diccionarios de mexicanismos de principios del siglo XX, registran esta vecindad de significados. Francisco J. Santamaría incluyó “mamón” en su socorrido diccionario de mexicanismos, pero sólo en su vieja acepción del siglo XIX, a saber, “mamón” cual biscocho, un tipo de pan dulce –Santamaría añadió la linda voz “mamonero”, el vendedor de dichos panes (Diccionario de mejicanismos, razonado…, 1959)–. También, para Santamaría, “mamón” designaba un borrego o una criatura muy desarrollada –cual bebé de la vieja publicidad de Gerber–. Es decir, “mamón” viene siendo alguien que mama mucho, y así aparece el término en una novela de Facundo (José Tomás de Cuéllar, Las jamonas, secretos íntimos del tocador…., 1871): “Pero todavía esta teta tenia un mamón inagotable: el agiotista”. Este significado es afín al que aún tiene la palabra “mamón” en el español ibérico: niñato, adulto inmaduro (lo que antes en pudibundo mexicano venía a ser un “ñoño” y hoy, en mexicano hípster, un “teto”). Y, en sus secretas maneras, el palabrear mexicano ha derivado de mamar harto el adjetivo “mamado”: tipo fuerte, inflado, hinchado de músculos. Por rematar, la labia popular hizo de la leche vino y de ahí “mamarse”, connotación que sólo he encontrado en algún diccionario de jeringonza criminal y en algún anecdotario de la Revolución mexicana. “Mamarse” deviene, pues, en sinónimo de embriagarse, como ilustra el capitán carrancista Pablo M. García, conocido como Mamuza, y que él explique el mote: “Mamuza, pretérito pluscuamperfecto del verbo mamarse”.

En la década de 1950, Guillermo Colín Sánchez, un penalista que terciaba de filólogo a cuenta de sus muchas horas en güirigüiris penitenciarios, incluyó el término “mamón” con su acepción actual: payaso, bromista, pesado, pedante –también mencionó las sonoras palabras “mamilón”, “mamila” (Así habla la delincuencia, edición de 1987)–. A su vez, el reciente Diccionario del Español de México (El Colegio de México) captura la esencia de esta mexicana sapiencia: Mamón: “que trata de hacerse el gracioso, de quedar bien sin tomar en cuenta la situación o que presume de sí mismo sin considerar la situación en que lo hace”. El diccionario no menciona otro derivado, pero ni falta que hace: del mamón, mamadas, que en mexicano significan algo más que succiones del alto o del bajo vientre; “mamadas”: mentiras, embutes, altanerías, bravuconadas, tonterías, como en “esto es amor y no mamadas”, o en “¿y que dijo el mamón historiador?, pos puras mamadas”. (De ahí que, recuerdo, en mi adolescencia solía decírsele al que gastaba muchas payasadas o al que “le echaba mucha crema a sus tacos”: “mamadas al chile y sin soplar”, una vulgaridad, sin duda, pero no está demás la advertencia).

En suma, el significado de mamón es llano: quiere decir lo que otrora se conociera como lechuguino, petimetre o lo que en castellano ibérico actual se dice “chulo” o “más pesado que un collar de sandías”, y se acerca a lo que en catalán se dice de un presumido y molesto — “torra cujons” (que tuesta o chamusca los huevos, los que no son sinónimo de blanquillos). Mamón, además, se asemeja de alguna manera a ese otro monumento conceptual del Río de la Plata: el término “guarango”. A mí “se me afigura” que un guarango vendría a ser algo así como la mezcla de lo que en inglés se dice “a con man (woman too)” + los mexicanismos mamón y gacho, pero no lo sé de cierto porque de conocer, conozco el término pero no lo siento. Y para acabar la parentela, digo que “mamón” también se emparenta con la expresión brasileña “se acha”, como en: “o Ronaldo do Real ‘Madri’ se acha” (una expresión casi wittgensteiniana: alguien vira en mamón cuando se encuentra, se piensa, se descubre mucho a sí mismo). En fin, estamos en que “mamón” se aplica a persona que imagina tener la gracia o habilidad de la cual carece. Pero también implica altanería, ostentación, vamos, lo que en mexicana jerga dícese “creerse muy verga”.

Antes de soltarme a andar por estas veredas conceptuales, aclaro que en mexicano la “mamonez” atañe por igual a hombres y mujeres, pero a precio distinto. Simple: ser mamón es lo que se espera de cualquier hombre más o menos exitoso, en tanto que la mínima seña de éxito o pretensión hace de la mujer “contimás” mamona. Es decir, si la “mamonez” pudiera medirse, el hombre gana el mote con 10 y la mujer con 4. Nada nuevo en nuestras patriarcales tierras.

Ahora bien, el viejo Oxford English Dictionary o el Geschichtliche Grundbegriffe: historisches Lexikon zur politisch-sozialen Sprache in Deutschland hacen la anatomía de palabras a través de ejemplos de usos de las mismas a lo largo de la historia. Yo no recurriré en este mi idiosincrático vocabulario de mexicanismos a los usos del término, sino a los apersonamientos del engendro, y todos los trasuntos los cosecho cual hortelano de mi propia dehesa. Es decir, me limito a un tipo ideal de “mamonez”, a saber, la mamonería, el mamón, la mamona intelectual/académica (MIA). Y comienzo conmigo mismo.

Finjamos que soy feliz” cual MIA; soy mamón, sí, mas no de raza. Me fui haciendo en el oficio, por mera aclimatación al ambiente de lletraferits, de universidades, de gente de libros e ideas. Creo ser “mamón” de ocasión, más para protegerme que para ostentar. Los hay que se creen sus mamadas, y los hay que mamonean para cubrir la vergüenza de su propia ignorancia. Soy del segundo tipo de MIAs. Acepto que acaso esta convicción sea la prueba de mi incontrolable “momonería” pero, ante la demasía de MIAs en mis ambientes, créanme, ni en “mamonería” resalto. Soy uno del montón y tan malo en tal faena que por los gallineros por los que ando a ratos siento que, como Miguel Hernández, me les muero de casto y de sencillo. Ya está, pues, yo el primero de los trasuntos de MIA.

Me sirvo de mí mismo para traer a cuento otro tipo de MIA, igualmente mamón pero de otra índole. Yo, mamón, en ocasiones he caído en la tentación de aceptar dar pláticas o atender tertulias o encuentros de intelectuales o académicos mexicanos. La tentación, por seguro, es grande porque la verdadera chamba de uno es la soledad y la “mamonería”, para apersonarse, exige el espejo y algo más; ser místico o marrano en soledad tiene sentido, pero no ser un mamón desconocido. La “mamonez” deviene de la necesidad de ser re-conocido. He caído, pues, en la tentación y he sido actor de diálogos como el siguiente al termino de una sesión o al terciar una pregunta:

[largo prólogo de blablabla –nadie entre los míos concibe una pregunta; preguntamos para dejar salir al MIA que llevamos dentro]… en este sentido, lo que quiero decir es que yo, como mexicano, no creo estar de acuerdo contigo porque tú como extranjero no entiendes…”

“… perdón, soy mexicano…”

Pues no pareces, con tantas gringadas que vas metiendo y además tienes un acento gachupín muy mamón…”

Aquí tenemos apersonados a dos tipos de MIAs: yo, el vende patrias, y el MIA nacionalista que otorga pasaportes de mexicanidad “a según” acuerde o no con el mamón con que está hablando. Esta “momenez” se sustenta en la autenticidad, se trata de pavonear ser legítimo, no falso, a través de raciocinios de este jaez: “tú dirás lo que quieras, pinche mamón, pero yo soy la mera neta, soy mexicanos de los güenos, auténtico y por definición sabio y humilde”. Porque en la lógica de esta “mamonería” si uno no canta bien las rancheras es porque no es mexicano, lo cual ya lo hace a uno mamón, pero más mamón si uno canta mal la ranchera y además es mexicano. En mis andares me he topado con muchos de estos, y a veces ni siquiera son MIAs mexicanos, sino mexicanistas gringos o alemanes que, a razón de su “going native”, se sienten autorizados a denunciar a los vende patrias, especialmente a los agringados y agachupinados como yo. Así, sucedióme un día que una MIA alemana me convidó a su casa después de enterarse que un profesor mexicano, de la Universidad de Texas (información importante, ya se verá), estaba de invitado en una institución de Berlín. La MIA me recibió con la pregunta en perfecto español: “Y tú ¿eres mexicanos de verdad o de esos de Texas…?” ¡Ah!, he aquí la “mamonez” de la autenticidad, la muy MIA quería darme la oportunidad de departir de la “mamonería” nacionalista; tuve la oportunidad y la perdí de clamar mi mexicanidad y ser compinche. No dije nada y la cena fue un recuento cansino de los lugares comunes de la mexicanidad, de Frida Kahlo al Subcomandante Marcos, de la denuncia del imperialismo cultural gringo a los “amores perros”. Yo callado, ella MIA y yo más, pero de otro estilo.

Hay otra versión de este tipo de MIA nacionalista. En mis tiempos de Texas, una famosa profesora de los países andinos, una niña bien convertida al neoindigenismo, dio senda plática en excelente inglés a los colegas estadounidenses. Los acusó de tener las manos manchadas de la sangre producida por el genocidio de los indígenas de América. Yo chitón. Luego, a la hora del vino y los canapés, la MIA dio el primer trago a su copa de vino, hizo gárgaras, y escupió el trago hacía una maceta: “el primer trago es siempre pa’ la Cochamama”. ¡Ay mamona!, nunca mejor usado el término. Esto es “mamoneria” de la más plena y simple: ostentar sabiduría, autenticidad o gracia que ni se tiene ni se le espera.

La “mamonez”, por seguro, no tiene nacionalidad, pero por andar en mudillos académicos de aquí, de allá y de acullá, tengo para mí una clasificación de los batracios MIAs de distintas nacionalidades. Claro, mi taxonomía deriva no tanto de la verdadera existencia de algo así como el MIA francés o español, sino más bien de la interacción de MIAs de distintas nacionalidades con un MIA como yo, con fuerte acento en inglés, con raro acento en el español, y con cara de Third World Generic (a veces confundido con ecuatoriano o filipino o chino o indio de la India). Es decir, los personajes que aquí ejemplifico, seguro, se asumían MIAs en proceso civilizatorio de la barbarie (yo). Aclarado lo cual, digo que el MIA por antonomasia es el MIA francés. De hecho, todo MIA en el mundo, por querer ser o parecer intelectual o académico, aspira a ser nada más que francés, aunque sea mexicano o argentino o estadounidense. Es de risa loca, uno creería que el estereotipo de MIA francés se agotó con Sartre o con Foucault, pero no, anda suelto por toda peña intelectual o universitaria. ¡Ay lo que estos ojos han visto!: el sabio francés dictando cátedra en Chicago, con la mano al aire como demandando su cigarro o pipa, el gesto adusto, la expresión de dolor en las sienes y en la frente, dolores del parto de cada magnifica idea expresada pausadamente en largas oraciones llenas de subordinadas. Mis colegas estadounidenses suelen caer redonditos, no resisten el acento francés en el inglés; si suena así, lo dicho debe ser inteligente, vanguardista, revolucionario, erudito y elegante, da igual que sea una colección de obviedades. Ah, y este tipo ideal de MIA francés tiene algo más: nostalgia imperial.

Un famoso profesor francés un día nos dio una plática en Berlín a una docena de profesores de distintas nacionalidades (sobre todo, alemanes y estadounidenses). Por supuesto, tuvo que hablar en inglés, y comenzó agradeciendo y a punto y seguido: “it is shame that we Europeans have to address each other in English”. ¡Dios santo!, ahí va la burra al trigo. “Mamón” tú, yo más: “Dear Professor X, do you speak German? If so, please do address us in German, that would be a noble gesture to our great host institution. But if not, just keep talking, for those of us from China, Mexico, and India it would be as shameful to be addressed in French”. Pero el MIA francés sufre, y mucho, por la perdida del francés cual lengua franca, asumen que todo era mejor cuando nuestro latín era el francés. Es claro, la saudade del poder suele decantar en “mamonería”.

En otra ocasión, me chute una conferencia en francés de un flaco, elegantísimo, lleno de gestos y sofisticaciones –lo que decía no es siquiera recordable, un enredo total–, y que resultó no ser francés sino argentino, educado en París. La “mamoneria” de este estilo hace vicio. Repito, no todo intelectual o académico francés es mamón –de hecho el menos mamón de mis quereres entre historiador es un francés mexicanizado que no sabe ser mamón ni en francés ni en español, tampoco en inglés o en alemán, lenguas que también domina (y no menciono su nombre por eso, porque no siendo mamón, le molestaría la mención)–. Lo que si es que ya entregados a ser mamones e intelectuales o académicos, entonces la tentación de serlo à la française resulta irresistible. Por eso, imaginen mi emoción cuando asistí en Chicago a la presentación de un historiador francés, nada mamón, que disertaba, el muy valiente, sobre Napoleón. Comenzó en inglés, le costaba, pero al ser criticado por dedicar un libro a un personaje masculino, canónico, etc., el colega se soltó en francés y, a base de ironía y erudición, dejó mudos a mis colegas de Chicago que, hablando en una jerga mamona en francés, asumían el papel de nuevos filósofos franceses ante el historiador francés que les venía decir: “sí, estudio Napoleón, es hombre, es importante, es revelador históricamente, ¿cuál es el cargo?”

El MIA español es muy otro, pleno de nostalgia imperial, pero muy venida a menos, sólo ejercitable ante indianos como uno. Aclaro: entre el MIA español y el catalán no hay diferencia alguna, pero no se los vaya usted a decir, se lo tomarán a insulto. O, pensándolo bien, ande vaya usted, intente decírselos, si puede. No podrá. El programa del MIA ibérico no tiene instalada la función “escuchar”; atacado de verborrea, perora sin orden, como le van saliéndole las ideas, si salen y, si no, lo que venga; interrumpe y alardea porque el MIA ibérico no espera un simple y plebeyo “tú primero luego yo”. No, ¡qué va!, él o ella asume que sus interlocutores han de gritar o echar sus gallos al ruedo, a navajazos abriéndose paso entre la palabrería del MIA ibérico que, a la sazón, parece siempre estar diciendo: “A ver cómo le hacen pero yo no me callo”. Puede ser dicharachero, hasta gracioso y sabio, pero hay una gran “mamonería” en quien no cree necesario escuchar otra voz que la suya. Y si uno viene de los trópicos, peor, porque es cristalino el ibérico sentido de superioridad ante cualquier acento del español que no sea ibérico. No se me mal interprete, hay que escuchar al MIA español porque a ratos puede decir algo muy interesante, pero lleve usted su tejido o un sudoku o lo que sea porque va para largo.

Recuerdo un encuentro en que un afamado profesor y voz pública catalana nos dio una ponencia a eso de las seis de la tarde. Habló en español, para beneficio de los “intelectuales d’indi” ahí presentes (guajolote en catalán: gall d’indi). Era claro que el ponente venía iluminado de una larga sobremesa y, aunque estaba anunciado que hablaría sobre Ortega, habló, ¡qué si habló!, de todo. Salimos a las ocho, derrotados, sin tiempo para preguntas o para las demás ponencias. No sacó ni un papel ni un reloj, habló, dijo anécdotas simpáticas, citó sus libros y nos dictó lo que tendríamos que investigar nosotros para entender bien X o Z cosa. En fin, “mamonería”, de esa ibérica, a veces de panzones rimbombantes como Ortega mismo o como el dandi de Eugeni d’Ors; otras veces con la soberana convicción de su guapura y lucidez, como aquel famoso profesor español que lleva más de noventa libros publicados –eso dice su currículo–. Uno de sus libros lleva por portada una vieja foto en blanco y negro de un niño lindo: el autor. Entre la mexicana tribu de MIAs, recuerdo efecto similar en un título en inglés de un libro de Carlos Fuentes (Myself with Others: Selected Essays). Mamonería.

El MIA a la manera estadunidense no carga con nostalgia imperial alguna, se asume imperio con candidez. Viene en dos presentaciones: el mamón guardabosques (le incumben las grandes intenciones, las grandes teorías) y el mamón jardinero (experto en pequeñas grandes ideas). Del primero hay poco que decir, no porque sean escasos, sino porque son como el francés o como cualquier MIA: pesados, egocéntricos, sobrados, payasos pero cargando con la certeza de que, por hablar desde Nueva York o desde Harvard, el universo tiene eje. Un ejemplo: por enfermedad de mi destino, me fui a meter en una conferencia de tres días en Yale. El gurú de aquella conferencia no hablaba como quien dice algo, sino como quien da códigos para que el mundo pueda concebir algo. Nos otorgaba, el muy desprendido, el lenguaje para frasear lo que todos los demás teníamos que decir. Era un MIA sentado a la derecha del padre, con derecho y obligación de voz en todo momento. Y no reparaba en pequeñas ideas, sólo grandes sistemas. Pero la MIA estrella fue la luminaria que fue invitada como reportera de la conferencia, una diva que no tenía que presentar una ponencia ni nada, sólo escuchar y al final presentar una recapitulación crítica de los tres días de discusiones. Claro, hay una gran inocencia en creer que entre MIAs hay algo así como diálogo, pero ese es el mito que sustenta el vicio de las conferencias académicas que no son más que escenarios para ejercer la “mamonez” a todo lo que da. Bueno, pues que al llegar su día, la MIA en turno se paró, sacó su laptop y dijo: “all what has been said in the last three days remains me of the introduction of my forthcoming book”. No es mamada, así fue. Y venga, nos leyó por una hora la introducción de un libro cuya semejanza con lo hablado en tres días se reducía a que lo hablado y el libro eran palabras, pero nada más. La introducción de marras prometía cambiar no sólo el paradigma de un pequeño trozo de historiografía, sino también redirigir por completo los rumbos generales de la epistemología, la ontología, la proctología y lo que se cruzara en el camino. Eso es una MIA guardabosques a l’americaine.

Pero es cruel el destino de los “mamones” que vamos a conferencias: me tocó compartir el taxi de regreso al aeropuerto con la mencionada MIA y con otro colega historiador, nada “mamón”, serio y adusto. La verdad es que yo era muy joven, no creo que, todavía, fuera muy mamón, o no al menos para merecer una palabra de la susodicha MIA. Dedicó la hora de taxi a cuestionar al colega que estaba escribiendo una historia del café. “Can you read Dutch”, preguntó la MIA al colega. “As it happens, yes, I’m half Duch”. La MIA no cesó: “Can you read German?”. “It takes me more time, but, as a matter of fact, I just read…”. La MIA interrumpió: “but can you read Arabic?”; “I’m afraid not”. Ya está, la muy MIA lo tenia agarrado: “Well, there are very important documents written in Arabic about coffee”. Estoy seguro que los hay, pero la “mamonez” estaba en la cacería y en que no había manera de llamar a cuentas a la MIA, nadie en ese taxi sabia árabe. Pero si la MIA esa, experta en la Nueva España, dominaba el holandés, el alemán y el árabe como “dominaba” el poco español que pronunció en tres días, dése el hecho por mamada.

Mi universidad, la de Chicago, tiene bien ganada su fama de “mamona”, con hartos MIAs guardabosques y jardineros. Un día que yo andaba de bocazas burlándome, ante un colega nuevomexicano, de la “mamonería” de los de Chicago, mi colega me sorprendió en viejo mexicano: “¿y tú no eres ansina, uno de nosotros?, because you are soooo humble…” Conocedor, como es mi colega nuevomexicano, de los Tratados de Guadalupe Hidalgo, no me costó explicarle mamonamente mi “mamonería”: “Así como tu gente se volvió ‘white by treaty’, ‘citizens by treaty’, en 1848, yo viré en ‘smart by treaty’, ‘mamón by treaty’, al ser contratado por Chicago, es un fuero, mi fuero”. Pero la cosa venía a cuento por una ponencia que nos había dado –y éste, como es cuate y mamón cuando toca, sí lo nombro—Carlo Ginzburg. Quedé fascinado con la erudición y la inteligencia de la ponencia, pero lo sorprendente fue la reacción los MIAs de Chicago, que era la causa de mi boca suelta ante mi colega nuevomexicano. Uno por uno, los MIAs famosos de Chicago intentaron “out-Ginzburg” Ginzburg, con larguísimas preguntas llenas de referencias a la Roma antigua, a filósofos clásicos y de moda, todo para decirle a Ginzburg: “yo la tengo más grande que tú”. ¡Ay, Chicago, Chicago, si ahí sólo se trataba de tomar nota y aprender. Pero la “mamonería” les pierde.

Y luego hay dejos muy del MIA estadounidense guardabosques, cosas que se expresan en frases hechas: “I aim to problematize… “ (oiga usted, hacer algo problemático no es ni virtud ni necesario); “In my first book…” (usted solo ha escrito uno y hace veinte años –aquí la “mamonería” está en la frase y en mi comentario–); “I submit to you that, in the interstices of consciousness, 2 + 2 = 4” (No shit!). En fin, este es un MIA que saca una sinfonía de un silbido. Es muy común, una “mamonería” de esas como las de una orquídea oronda y concupiscente cuando en el invernadero, pero incapaz de sobrevivir a la intemperie, nada peculiar.

El MIA estadounidense jardinero sí que es un gran y nuevo invento gringo, tanto que ahora me los topo en conferencias y cursos en Chicago y son MIAs de pequeñas grandes ideas, pero no son estadounidenses, tienen acento francés o mexicano o alemán o hebreo. Se trata de una “mamonería” extraña, porque en realidad la marca de la “mamonez” académica o intelectual ha sido, por siglos, la erudición. Este tipo de MIA jardinero à la estadounidense es el primer nuevo estilo de intelectual inventado desde la ilustración y es la negación misma de la erudición. Se trata de gente de power point, militantemente anti-erudita, de ideas muy pequeñas, entre más limitadas y delimitadas mejor, pero presentadas como ejes de maquinarias más grandes. No saben de mucho, saben todo de muy poco, muchas veces hasta son monolingües en inglés, pero les sube la fama como espuma, y en ellos la autopromoción resulta parte intrínseca de su mamón oficio. Es decir, todo MIA, en todo momento y en cualquier lugar, es señor de la autopromoción, eso está claro, por eso son mamones. Sin embargo, entre MIAs mexicanos, por ejemplo, la “mamonería” consiste en aparentar la no autopromoción. Recuerdo a un MIA mexicano que, al ser entrevistado por su nombramiento como miembro de El Colegio Nacional, afirmaba con inocencia que nunca soñó con ser uno con don Alfonso Reyes, que ese honor era lo último que se esperaba, que aquello era una gran y grata sorpresa –“mamoneria” pura, nadie en México accede a El Colegio Nacional sin grillar por tierra, mar y cielo–. Es decir, para muchos MIAs, la autopromoción es un pecadillo que se asume consustancial a su “mamonería” pero no se menciona. En el MIA estadounidense del que vengo hablando no hay manera de separar la “mamonez” de la autopromoción, porque es lo mismo y en pelotas. Así, economistas, politólogos, historiadores, psicólogos… en la academia o en el NYT hablan, un trasunto, de que las patentes o el celo femenino o el gen x explican todo, y a punto seguido aparece referencia a la página de internet del autor, a Amazon.com donde pedir el libro, o los videos y podcasts o la dirección del agente literario. Las presentaciones de estos MIAs son de ya marketing, mezcla entre reporte de consultoría de departamento de publicidad, e informe científico inspirado en la biología o la matemática. ¡Son de un mamón!….

Ejemplo: hace poco recibí el email de un excolega mío en Chicago del departamento de economía. A base de mamonear juntos, nos hicimos amigos, lo estimo porque entre mamones nos aguantamos y hasta nos queremos. Era el MIA del tipo que vengo hablando, de esos jovencísimos economistas que la academia gringa declara genios, contratados a los 26 o 27 años con todos los honores. En general, la genialidad se les va quitando con el tiempo. Los hay, claro, que son en verdad genios, pero la mayoría son gente muy aplicadita capaz de correr en su cabeza todos los softwares de las modas de su campo; son expertos en algo muy, muy especifico, y excelentes matemáticos –aunque no tanto para entrarle a pelear con los genios de los departamentos de matemáticas–. Bueno, mi colega mandó un correo electrónico para anunciar que había terminado su libro en coautoría con XX, una lumbrera del movimiento de law and economics, y … bueno, que hable él (parecía un mensaje personal, pero era producido por un software con mi nombre):  “espero todo vaya bien. Te escribo porque mi libro, XXXXX, será publicado en ¿¿¿¿¿¿¿ Espero consideres pre-ordering [así pa’ hacer clic, clic y ya]. Este libro es la riesgosa culminación de mi carrera hasta ahora, y de todos los temas que tú y mis amigos y colegas me han enseñado, por lo cual te garadezco. Tengo la esperanza en este nuestro intento de entretejer economía, ciencia política, derecho, informática, filosofía, historia y sociología dentro de una nueva visión abarcadora (pero bien enrazada históricamente) de un mundo más justo, productivo y solidario”. Y luego dice que Z y Y luminarias dijeron que el libro es lo no va más. Mi amigo me dice, además, que si no puedo esperar para leer el libro, le mande copia de haber pagado el “pre-order” y que entonces me envía el libro electrónico. Y leer, leeré el libro, despreocupado de la “momonez”, porque si uno se anda con remilgos ya no lee nada de las nuevas corrientes de la academia estadounidense. No dudo del éxito del libro, pero en este tipo de “mamonería” el pregón es más importante que el pescado. Lo asombroso, repito, es que pueden ser de una simplicidad absoluta… o no, pueden ser muy sugerentes en ideas pequeñas pero útiles.

Podría traer a cuento trasuntos de “mamonería” de viejos y jóvenes MIAs alemanes –uno me dijo, sin empacho, que lamentaba mucho la popularidad del español, “mero dialecto del italiano”, entre los millenials alemanes que ya no aprendían francés o italiano porque no es “cool”; otro me sorprendió mientras leía sentado a la orilla de un lago de Berlín; el MIA salió del lago en pelotas, me reconoció (pertenecíamos al mismo instituto ese año) y, como en las conferencias donde nos hacía sentir a los jóvenes tercermundistas meras cuotas del multikulti alemán, me dijo sin vergüenza: “good for a change, el mexicano trabajando y el alemán divirtiéndose”–. O podría incluir ejemplos de la gentihombría de los viejos austrohúngaros judíos (nada mamones, maestros en hacer sentir incluidos a sus interlocutores). Pero el mexicanismo “mamón” nació para nombrar los de casa, y los MIA domésticos son tantos y tan mamilas… Termino con un rosario de apersonamientos del término en tierras de Anáhuac: el MIA mexicano que repite el lugar común como hallazgo: “¿Por qué en México no hemos podido desarrollar ….. [aquí incluya usted: tradición crítica, democracia, desarrollo, un buen equipo de futbol, ciencia de punta o amor eterno e inolvidable]?” La respuesta, eso sí, es solo una y lanzada como una novedad: “La contra-reforma, el legado del oscurantismo español, la falta de una ética de trabajo y sacrificio, la tendencia sempiterna al milenarismo y al populismo, la pirámide y la malinche”. Lo cual son pendejadas, pero lo que las hace “mamonería” es la altanería, la solemnidad, el gesto casi implícito de: “qué inteligente que soy”. Otro: un novelista de fama local gana premio XX, y su declaración a cuatro columnas: “México no se merece los políticos que tiene”. Luego explica cómo tardó diez años en escribir la gran novela, ahora premiada, y remata: “la literatura es un grito de dignidad”. OMG¡ ¿Y México se merece los novelistas que tiene? No sé. Sé que México tiene la palabra, mamón, y los mamones que se merece.

En fin, entre los MIAs mexicanos algunos son brillantes, otros son mamones y nada más y otros, en su melcocha entre humildad, despanzurramiento y descuido, no son mamones. Yo cuento entre mis tesoros la amistad del más MIA mexicano que más nunca; mamón sin empacho alguno, pero sucede que es el más brillante de mi generación. Disfruto su “mamoneria” como regalo de Dios. Pido disculpas a quien haya tenido que cargar con mi “mamonez” pero, eso sí, a mis mamones y mamonas yo las escojo; entre ellos y por ellos vivo y no es mamada.