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H

Huevón/Hueva/a Huevo

La “h” fue añadido al latín “ovum” (nominativo) y “ovo” (dativo), es decir, el producto de gallina que pasó a muchas lenguas con igual significado: “ei” en alemán, “uovo” en italiano, “oeuf” en francés, “ou” en catalán u “ovo” en portugués. Huevo o güevo, en mexicano, es también “egg” y a nadie llama asombro la palabrita, aunque en mexicano cosa y nombre se han jugado a los albures sus respectivas integridades. La cosa “un huevo” es ovalada y cabe en la mano; no extrañe que el nombre acabara por denominar otras cosas igual de ovaladas y “sopesantes”, a saber, los testículos. Por ello, la cosa, un huevo de gallina, en pudibundo mexicano, y desde el siglo XIX, cambió de nombre: “blanquillo”. “A 10 la docena de blanquillos”, todavía decían los marchantes de La Piedad, Michoacán, porque gritar “a 10 la docena de huevos” corría el riesgo de aludir al bajo vientre masculino. Huevo connota testículo desde illo tempore, cosas de las cosas –los huevos (de gallina) contornan el mismo espacio molecular que los huevos de cristiano.

Así, don Joaquín García Icazbalceta (Vocabulario de mejicanismos, 1899) registra: “Blanquillo: m. eufemismo que usan solamente los indios y la gente baja, en vez de huevo”. Mi abuelo, oriundo de Zitácuaro, Michoacán, parrandero y mujeriego, decía “blanquillos”, lo cual, es evidente, explica mucho de mi baja estirpe,  pero también es prueba de que eel nombre es “arquetipo de la cosa” (mi abuelo se llamaba Juan, Juan Tenorio, ¿qué esperaban?). Un español que pasó largas temporadas en México a fines del siglo XIX, José Sánchez Somoano, registró sin pudor muchos de los mexicanismos que después varios filólogos incluirán, con mucho recato, en diccionarios de mexicanismos. Como español, a Sánchez Somoano no le sabía a nada la coprolalia mexicana, la reproducía en letra impresa con el desparpajo impracticable para un escritor mexicano, esclavo de la sonoridad y vulgaridad de cada palabrota mexicana. Así, en sus Modismos, locuciones y términos mexicanos (1892), publicado en Madrid, Sánchez Somoano, versifica:

Allí [México] tampoco se puede

llamar á los huevos, huevos;

hay que llamarlos blanquillos,

aunque sean negros, muy negros.

Y es que, aunque sólo algunos diccionarios de jerigonza criminal del silo XIX registren “huevos”, “huevón”, “hueva” y “a huevo” como mexicanismos de testículos, perezoso y pereza o flojera, tales palabras ganaron hace siglos rango de monumentos en la mexicana palabrería. Sin tales términos, la lengua se nos desorienta, se no pierde en lontananza procurando nombre para algo mucho más trascendente que los huevos de cristiano.

Ahora bien, a tan monumental mexicanada no hay que escribirle un tratado como los que se han escrito sobre la “chingada” o el “relajo”, versiones mexicanas de esencialidades mal habidas –al estilo de la “saudade” para Teófilo Braga, que hizo teoría de eso de que “saudade” o “luar” no tenían traducción a ninguna lengua, porque eran la esencia lusitana–.  Escribir el tractatus sobre “huevón” –y aquí me dejo ser del término–, “da una soberana güeeeeva”. Así, con la “e” alargada porque en el ensanche habita el hastío, el tedio, el aburrimiento, el cansancio, la inutilidad, lo innecesario.  No aventuro, pues, teoría fenomenológica o freudiana, no busco la concatenación de significado y significante, porque con los huevos suele suceder el reburuje de significado y significante que Gerardo Deniz explicó mejor que los de la Academia:

En mi alto armario de luna,

entre el traje de Pierrot y un camisón,

cuelga, de un gancho atornillado en la coronilla,

el esqueleto del significante.

Así concluyó, hace años ya,

una larga antipatía entre él y migo.

(Del significado tengo sólo huesos sueltos

en una caja de cartón, sobre la tabla de arriba,

con el vestido de novia de mi esposa

que el jeopardo olfatea).

A “huevón”, pues, no le escribo ni su ontología ni su metafísico, sólo unos sus pormenores.  Y digo que, en diferentes castellanos, varón con testículos grandes equivale a valentía, osadía, hombre de armas tomar. A veces la expresión apela al tamaño de los huevos, a veces al número; ahí la expresión venezolana “cuatriboludo” (alguien osado, valiente, con muchos huevos). A veces la referencia no es al tamaño ni al número, sino a la colocación, como en la expresión “tenerlos bien puestos”.  En España, por ejemplo, en la década de 1920 Ana Díaz (seudónimo de un periodista español arrabalero) utilizó huevón por “bien bagrado” (La entretenida indiscreta, 1920): “Por eso admiran ciegamente al torero más testicular, que es Belmonte; al político más huevón, que es La Cierva, y al cómico más bruto, que es Ramón Peña”.

Sin embargo, huevón por valiente u osado no agota la fortaleza del término en mexicano porque el genio de las mexicanadas es vulgar pero no ilógico:  de huevón (testículos grandes) deviene que pesan, y de cargarlos se deduce un cierto aletargamiento existencial. Es decir, alguien con huevos grandes o con muchos huevos tiene que ser, por necesidad, lento y, a razón de las raras maneras con que la vulgaridad se rejunta, de lento se sigue perezoso, vago, haragán. De ahí la indispensabilidad del término para designar a los muchos haraganes que en el mundo hay y ha habido.  Y es un significado que ya registraba, con su equivalente náhuatl, el jesuita del siglo XVI, Fray Alonso de Molina (incluido en Compendio del arte de la lengua mexicana, reimpreso en 1910): “Huevón, frase de gente ordinaria, otehuéipul, atetomácpul, tzinpilcacuitlanátztic”. No he logrado descifrar este náhuatl pero si de Molina encontraba la voz ordinaria, el significado de la palabra debe rondar la vulgaridad que todavía hoy reconoce el hablar mexicano, como el que utilizaba Frances, Paca, Toor, en carta a Diego Rivera (1932):

Te mando muchos besos

grandes abrazos y harto amor,

que no te los quite la Chicha [Frida],

huevona, cabrona y sin pudor.

En tiempos recientes, y con igual desparpajo, utilizaba el término Mamá Rosa, la señora que regenteaba, hasta hace poco, la organización de ayuda a los niños de la calle en Zamora, Michoacán: al toparse por las calles de Zamora con el antropólogo Ricardo Fletes, estudiante de El Colegio de Michoacán, la dulce señora gritaba con un megáfono: “pinchi Fletes huevón, ya vente a trabajar con nosotros; deja a esos putos de El Colegio de Michoacán” (Ricardo Fletes, La gran familia de Zamora, 2017).

Eso sí, ya entrados en nahuatlismos toca caer en anatomía. Esto es, “los huevos” no es el único mexicanismo para referirse a testículos. También se les llama “tanates” y “tompiates”. La razón es anatómica: tanatli en náhuatl equivale a espuerta, a bolsa hecha de fibra de palma, lo que en cubano se llaman “jama” y en La Piedad llamaban “arganita”. A la bolsa de palma solía llamársele en México tonate o tompeate y, si bolsa, pues escroto, y escroto o testículos, tanto da: huevos, tanates, tompiates. Cecilio Robelo (Diccionario de aztequismos, 1904) registra “toloyates” –un tipo de zapallo—como “fruto abundante” en Jalisco que “los tapatíos” usan por testículo. La confusión anatómica es universal: en Brasil es común la expresión “não tenho saco”, es decir, no me cabe en el escroto, no tengo paciencia, no soporto. “Saco”, en brasileño plebeyo, al mismo tempo escroto y testículo, pero no connota pereza.

Entre los dominios del castellano, sólo en Chile “huevón” es tan común y vulgar como en México. Pero es muy otro su significado. Como en México, también la palabrería chilena correría riesgo de muerte sin la palabra “huevón”, pero en chileno el término funciona como una muletilla multiusos que generalmente significa individuo, persona, como en el mexicano se utiliza “güey” o “mano” o “manito” o en inglés “dud” o “guy” y en español ibérico “tío” o “macho” o “pata” en peruano.  Un gran filólogo chileno de origen alemán de principios del siglo XX, Rodolfo Lenz, decía que “huevón” era el término con “que se designa al hombre brutal, bestial, estúpido; tb. al cobarde; (huevón es el reto más común del roto chileno para cualquier persona a quien desprecia)” (Diccionario etimolójico de las voces chilenas derivadas de lenguas indijenas americanas, 1910). Cual sucede con todo maldecir bien añejado, la palabra sigue siendo ordinaria, pero ha perdido especificidad y potencia. Se usa para todo. Aníbal Echeverría y Reyes (Voces usadas en Chile, 1910) afirmaba que el término era utilizado para designar individuo “estúpido, tonto estólido”. Es decir, para nombrar a lo que en mexicano se dice un pendejo –que en chileno significa niño–.  “Huevón”, pues, reina en la lengua de chilenos y mexicanos pero con distinto mandato. Eso sí, en México el “huevón” chileno, esto es, el “güey”, ha ganado género femenino; el mexicano “güey”, en cambio, reina exclusivamente en género masculino. Según mis informantes chilenos, hace pocas décadas que entre damas, o al referirse a damas, puede usarse: “no, huevona, no es así”. En cambio, entre mexicanas, o al referirse a mexicanas, se puede decir: “no, manita, no le digas que no” o “no, güey, no le digas que no”, pero no es posible decir “no, güeya [o vaca], no le digas que no”. ¿Por qué? No sé. El derecho a usar la blasfemia siempre ha sido en México un fuero masculino y de clase. De un tiempo acá, las hípsters de la Condesa utilizan pendejo o pendeja, cabrón o cabrona, pero aún no feminizan el “güey”. A matter of time.

Ahora bien, hay tres huevo-expresiones que merecen comentario: a) “qué güeeeeva”; b) “a huevo” y c) “huevonazo”.

 

¡Qué güeeeva!.

Sin Baudelaire y sin Rimbaud, la palabrería mexicana se las arregló para nombrar aquel purgatorio sin nombre que existe entre la simple “huevonería”, flojedad, “fiaca”, haraganería ordinaria, y las canónicas nociones de tedio, spleen, ennui, hastío, o lo que en antiguo portugués se decía acedia y que en castellano aún se dice acedía (tristeza, angustia). “¡Qué güeeeva!” ha venido a ocupar el lugar de una especia de ennui chiquita, leve; de un hartazgo profundo pero momentáneo, de no grandes consecuencias existenciales.  Por ejemplo, léase el siguiente párrafo (de un académico, de los lenguados, pero cuyo nombre dejo en el anonimato porque no es mi intención dar la lata a nadie, sino ejemplificar cómo funciona la mexicana sapiencia):

“El tema que me propongo desarrollar el día de hoy no es, por supuesto, nuevo. Me ha preocupado (y le ha preocupado a un buen número de nuestros más destacados investigadores) desde muchos años atrás.  Hoy, lo que intentaré es darle coherencia al conjunto de interrogantes que me aquejan. De acuerdo con el ángulo de mira en el que ahora me sitúo, el problema decisivo al que hemos de enfrentarnos guarda relación con la historia intelectual de nuestro país (o con la historia de las ideas en México, si prefiere decir así).  El problema general consiste, pues, en tratar de establecer cómo y de qué manera han sido recibidas las ideas fundamentales de cada época en este país, en la media en que tales ideas no se han producido, de manera espontánea, en México”.

Un párrafo entero de aire puro, que con trabajos sugiere un tema pero incapturable (las ideas fundamentales de cada época) y una conclusión incomprobable (no son mexicanas). (Si la idea fundamental del siglo XVIII fuera la muerte de Dios, en efecto, nadie lo mató en México; pero si la idea fundamental de 1789 fuera el regreso de la primavera, en México regresó). En fin, el párrafo produce el “¡que güeeeeeeva!” con singular naturalidad (el número de “eeee” es directamente proporcional al hartazgo).  Es exacto, eso es lo que pensaría, aunque no dijera, la materia gris amexicanada ante tremenda obviedad y palabrería.

El pudor del siglo XIX y las primeras cuatro décadas del siglo XX impedía publicar la expresión, pero lo cierto es que el “¡qué güeeeva!” debe haber sido un pensamiento común ante discursos literarios, políticos, científicos o religiosos.  La expresión no significa un no querer saber; tampoco deviene de no entender. Al contrario, la hueva resulta de la mezcla de obviedad y lugares comunes con la pretensión de novedad o complejidad. Por eso es tan común el “¡qué güeeeeeva!” porque los lletraferits mexicanos suelen sustituir lucidez con lo que en castellano ibérico se denomina “dar el coñazo” sobre esto o sobre lo otro sin distinción de tema o disciplina –ser lletraferit mexicà es ser incapaz del “de eso no sé”.

En esencia, la hueva no iguala a la profundidad de una ennui, del tedio decimonónico de poeta maldito; no llega a surmenage de la modernité. Ennui viene del francés del siglo XVIII, a su vez de la expresión latina “mihi in odio est” (me es odioso) y por dos siglos ha servido para identificar, en francés e inclusive en inglés, the boredom de la vida moderna, el spleen o lo que en alemán se dice Langeweile, a saber, la falta de voluntad, la inutilidad de vivir. La hueva que no es de pescado, la hueva mexicana es de distinta intensidad. Como ennui, la “hueva” puede ser profunda, porque es una especie de subidón del tedio, momentáneo pero denso. Sin embargo, a diferencia de la ennui, la “hueva” implica esperanza: “¡qué güeeeeva!” invita de ya a la huida, a la esperanza de que el que habla o escribe se calle.  “É que o tédio”, escribió Joel Serrão (Temas oitocentistas-II, 1962) “é a antíteses da esperança. Ora a esperança não é incompatível com a tristeza. São irmãs gémeas das quais diríamos estarem momentaneamente desavindas”.  En efecto, el “¡qué güeeeva!” expresa la esperanza de escapar, de que aquello acabe; pero no elimina la tristeza de saberse esclavo y amo de tanta palabrería. Si bien a toda mexicana sapiencia le llega su memento del “¡qué güeeeva!” o de sentir la hueva plena, pocos la escriben y describen.

Ha llegado el momento de upgrade el término porque es de una lucidez sin sinónimo. Véase cómo resuena y tumba un verso si alteramos la cursilería de don Agustín Lara:

Original:

El hastío es pavorreal

Que se aburre de luz en la tarde.

 

Upgrade:

La hueva es pavorreal

Que se aburre de luz en la tarde.

La versión original es histórica, nos ubica en un tiempo de la lengua; la segunda versión es lo más cercano a lo universal, logra que el pavorreal regrese a su rango de guajolote plus, y ahí insolado, con hueva sempiterna, apersona en lo que parecería indefinible: la infinita hueva. O considérese el siguiente verso catalán de Martí Roselló que yo traduzco al mexicano:

Original:

Humilment us ho dic: ser massa català em fa tanta

  Mandra!

I ser ni poc ni gaire una altra cosa

Que tingui un altre nom se`m fa tan dèbil!

(Martí Rosselló, en Inventari parcial d’excuses per viure, 2001)

En mexicano:

Humildemente se los digo: ser muy catalán me da tanta

Hueva!

Y ser poco o mucho otra cosa

Que tenga otro nombre se me hace tan débil¡

Como es claro, traducir “ser muy catalán me da tanta pereza” o tedio o ennui, nomás no funciona. Es hueva inmensa lo que el poeta destila.  Y hueva expresa hartazgo, pero también duda y esperanza de no ser otra cosa, de no jurar amor a otra nacionalidad que, inevitablemente, daría igual de hueva. El “¡qué güeeeva!” es un anticuerpo mexicano contra los pesados clichés y lugares comunes. Por eso es indispensable el término y sus derivados.

 

A huevo.

“A huevo” significa lo que en otros castellanos se dice “por riñones”, “por la fuerza”. Implica una ambigua inevitabilidad, a un tiempo autoritarismo y resignación, porque a huevo puede ser “porque yo lo digo, por mis pistolas” y también “porque no hay de otra, porque toca”.  El verso de Salvador Novo mezcla amabas connotaciones de la expresión (Sátira, 1978):

juguemos al pendejo, vida mía;

verás qué divertido, cuando a huevo

tienen que celebrar el Año Nuevo

con sonetos y muecas de alegría

Pero la expresión puede vivir en pureza: si digo “se chingan, a huevo el trabajo es para mañana”, no hay ambigüedad, son mis soberanas pistolas de maestro y los alumnos devienen en víctimas de mi “a huevo”.  Pero si digo: “ya murió Dios, ahora a huevo hemos de encontrar verdad sólo humana”, tampoco aquí hay ambigüedad, es un destino, pero no hay dictador reconocible, es la condición de hacer lo que toca cuando toca.

 

Huevonazo.

Considerando que millones de mexicanos mantienen el sector servicios y la agricultura en Estados Unidos, es un contrasentido la fama de huevones de los mexicanos. Acostumbrado está el ojo extranjero a la figura del mexicano de sombrero y zarape, dormido bajo un nopal, echando la hueva. Pero nadie trabaja como ellos. Pero el estereotipo ha sobrevivido dos siglos de literatura de viajeros, desde los viajes de Humboldt hasta la última guía Michelin de viaje a México. Todas las guías repiten que el tiempo en México transcurre en una dimensión aletargada y que los mexicanos son, así, huevones. En realidad, el número de haraganes en México no debe ser muy distinto al de cualquier país. Pero de haber, hay huevonazos mexicanos, de esos con huevos de avestruz. En España se utiliza la expresión “tener mucho morro”, que es tener mucha labia pero que significa no tener recato, ser descarado. Por lo tanto dicen, “tienes un morro que te lo pisas”. Es decir, eres tan inoportuno y descarado en tu labia que te pisas los labios. Y en México, puede decirse por extensión anatómica que hay muchos que se los pisan de tan grandes que los tienen, aunque sean mujeres –las cuales están exentas de testículos pero no de la condición de huevonas–.  Los estereotipos se mezclan, y para los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos el huevón por excelencia es el negro o el blanco pobre: “los morenos son bien pinches huevones, no quieren chingarse como nosotros”.  Y canta la “rola” de “La arrolladora banda El limón”:

Quiero que sepan los gringos

Que conmigo tres pelones

Que yo no tengo la culpa

De que sean unos huevones

No vine a robarles nada

Vine a trabajar, cabrones

Siendo así, lo único que restaría sería “degüevonizar” la imagen del mexicano. Causa perdida, ya lo he intentado. Nos resta probar que sin esos millones de huevones ni México ni Estados Unidos funcionaría. Con estos huevones, a huevo, hay que arar. ¿O qué otros huevones van entrarle al quite?