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Gacho

Pocos vocablos tan mexicanos y de fa molt de temps como “gacho” o “gacha”. Ignoro cuándo comenzó a utilizarse la palabra queriendo decir algo más que caído, doblado, como en “traía el sombrero gacho” o en referencia a toros y cuernos retorcidos hacia abajo. En las colecciones de folklore andaluz de fines del siglo XIX constantemente se cita “gachó”: “ese gachó me’a jodío”, por decir ese “payo”, ese tipo. A fines del XIX, escritores vernáculos como Heriberto Frías y Federico Gamboa utilizaron “gachó” con este sentido en textos donde intentaban imitar el decir andaluz. Don Joaquín García Icazbalceta (Vocabulario de mexicanismos…. 1899) registró “gacho”: buey con los cuernos para abajo, como algo caído, pero no incluyó el sentido que la palabra tuvo a lo largo del siglo XX en la palabrería mexicana. A principios del siglo XX, el filólogo alemán Max Leopold Wagner –un cazador de palabras del que pepeno con asiduidad–, encontró la palabra en la Colonia de la Bolsa en la Ciudad de México, pero ya se había topado con ella en sus trabajos sobre el judeo-español y sobre el romaní gitano de la península ibérica. Gacho, en el hablar gitano, significaba hombre desagradable y “gachi” prostituta (“Stray Notes on Spanish Romani”, Journal of the Gypsy Lore Society, 1937), de ahí al castellano andaluz y de ahí quizá a América. Gacho, según Wagner, connotaba algo desagradable, persona o cosa, y era concepto opuesto a ”bacán”, palabra que, según Wagner y el filólogo y sacerdote peruano Pedro Manuel Benvenutto Murrieta (El lenguaje peruano, 1936) en Buenos Aires quería decir cosa buena, persona agradable; también quería decir en lunfardo el “abarraganado”, amante de una prójima, del genovés “baccám” (messere, padre, padrone). Lo cual, bien visto, es cosa igual que el antónimo de “gacho” en mexicano, a saber, “padre”. Para mediados del siglo XX, cualquier novela mexicana a tono con la moda del realismo popular utilizaba “gacho”, como José Agustín en La tumba (1966): “Palabra de honor que sentí re gacho: por nada del mundo me gustaría estar frente al Nicolás y oír que me diga me cae de la patada que me usen de recargadera. Qué cuate”.

Decíase ayer y dícese ahora, pues, “esa ruca es bien gacha”, “que padre casa”, “eres bien gacho”, “¡qué gacho!”, “me chingaron gacho”, “nos salió bien padre”. Gacho significa, por seguro, feo, desagradable, inaceptable, pero es mucho más. Tiene consecuencias semánticas para la “gachería” en la cultura política mexicana. En la procura de estas connotaciones, considérense estas aventuradas afirmaciones:

  1. Gacho no describe cualquier forma de fealdad o de ruindad, no; siempre involucra algo más: traición. Porque…
  2. Un tonto no es gacho, es pendejo, imbécil, idiota, una monserga, una lata, lo que sea, pero raramente gacho. Alguien deviene en “bien gacho’ o “re-gacho” porque es capaz de concebir, si hipotéticamente, lo no gacho, pero opta por ser gacho. Gacho es, pues, una deslealtad de la inteligencia.
  3. El término gacho en la mexicana palabrería asume que, ceteris paribus, rige la confianza, como si el oxígeno del fuego de las relaciones humana fuera confiar hasta que un acto o un dicho revele la traición, la ruindad y entonces sí: “que pinche gacho que eres”. Lo revelador del término, empero, no está en lo que describe –después de todo, ejercer de humano a menudo decanta en infamia—sino el escenario de fondo que asume: la confianza.
  4. Lo gacho no respeta credo, ni sexo, ni posición sexual ni social, pero se acurruca a las mil maravillas en la humana desigualdad mexicana. Es decir, lo más gacho de lo gacho es que, ni cuando gachos, somos todos iguales. Un banquero ante otro, o un albañil ante otro, puede ser bien gacho, gacho entre iguales, “chamaquearse” al colega y ser tahúr entre tahúres. Pero una patrona ante su sirvienta, con los salarios que paga, con la explotación que tal relación implica, debería ser gacha por definición, punto. Pero no: deviene en “ruca gacha” para su sirvienta sólo si mal cumple los postulados del amarchantamiento (ver “Amarchantarse”). Así, lo gacho adquiere su connotación exacta sólo dentro de la re-gacha distribución del ingreso, las oportunidades y la cultura en México.
  5. Así, en mexicano ser gacho en potencia es un destino común, que se asume y espera –alguien incapaz de ser gacho puede ser de fiar, pero no es útil–. Yo gacho hoy, mañana tú: todo depende del momento y de la cotidiana negociación, la virtud está en hacer de la “gachería” un pragmatismo de última necesidad.

Por seguro, ya va para largo que la “gachería” anda suelta en la cultura política mexicana. Claro, el otro nombre de “política” es “traición” y resulta, pues, natural que los gachos “huérfano de besos busquen donde estar”. La “gachería” se ha hecho metástasis en tres tipos de argumentos que han virado en los axiomas de nuestra época: i. “las cosas están jodidas, ya no pueden ser peores, a chingar o te chingan” (nota: las cosas siempre pueden ser peores); ii. “aquí todos son bien gachos, qué más da un gacho más”; iii. “gachos somos, pero no hijoeputas que son el verdadero problema” (todos los hijoeputas son gachos, pero no todos los gachos son hijoeputas).

Ahora bien, en términos estéticos, el adjetivo gacho adherido a cosa, pintura, casa o poema saca al sustantivo del dominio del arte. “¿Te gustó la película? No, está bien gacha”. También un poema o una pintura pueden ser gachos, es decir, no sólo feos, sino ofender, traicionar. Eso sí, la gente es gacha, pero las cosas no son, están gachas. “¿te gustó el departamento? No está bien gacho”. Una pintura es o está gacha no si es fea sino si ofende, una película es o está gacha porque ofende y puede ser hasta buena. Claro, tengo para mí que el arte contemporáneo tiene por vocación lo gacho: busca traicionar expectativas, provocar, ser, inclusive, feo de a madres por riñones.

De donde se deduce que en mexicano sería fácil estar a la vanguardia post-, trans-, meta- del arte. No obstante, las culturas populares de México aprecian lo kitsch, lo cursi, exagerado, ornamentoso, feo, anacrónico, tradicional, convencional… pero, eso sí, rechazan la estética de lo gacho porque lo gacho jode y algo bello no debe joder. Una perfomance de un tipo desnudo viendo un cuadro en un museo, populacheramente sería considerado una “mamada” o nada. Una virgen de Guadalupe con el rostro de Chaquira, con el vientre al aire y rodeada de querubines transexuales, podría resultar una imagen muy post- y trans-, un éxito artístico, pero para la mexicana estética sería “bien gacha”, ofensiva, insultante, traicionera… La fórmula es esta: si ver una imagen quema calarías emocionales, entonces no pertenece al dominio de lo bello. Así de re-bien pinche gachas son las culturas populares del país.

No es de asombrar la existencia de un término exclusivo, y tan utilizado, para designar algo feo y que traiciona. Confiar es una necesidad humana casi biológica y es la traición lo que más nos debilita. Natural, pues, que el genio de la lengua se inventara un término para anunciarla sin mencionarla. Pronunciar su nombre es invocarla. Así, la palabra “gacho” es como el canario en la mina, advierte que la traición anda suelta y que ha llegado la hora de huir.