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Flojito y cooperando

Flojito y cooperando

0.

En la segunda parte del siglo XX comenzó a popularizase la mexicanada: “flojito y cooperando”.  Una expresión exacta y cadenciosa; encadenarla en un raciocinio lo carga, en mexicana lengua, de contoneo, contundencia y eficacia. Es, pues, un dicho de gran utilidad y versatilidad. También es soez, de tal sordidez sexual que, a poco que se repare en la existencia de la frasecilla, los tiempos del #MeToo que van corriendo la pasaran por el paredón del olvido.   En tanto, en mexicano sigue diciéndose, con o sin sabiduría: “la desigualdad es un asco pero, quién más quién menos, todos le entramos; así que flojitos y cooperando”; “ni te resistas que duele más, flojito y cooperando”; “Neta, ese antro es mega naco, pero ahí está el pan, güey, así que no chingues, flojito y cooperando”; “la transición democrática mexicana fue cual un flojitos y cooperando en masa; para cuando nos dimos cuenta ya la teníamos adentro”.  Y cosas así.

Desconozco el origen exacto de la expresión. Mi primer encuentro con ella fue en la infancia y fue imborrable. Un suceso específico me dejó grabado el dicho y, como toda la comentocracia mexicana, lo he utilizado con connotaciones más que sexuales, acaso precisamente debido a la naturaleza de mi primer encuentro con “flojito y cooperando”: en la calle Hidalgo de La Piedad, Michoacán, vivía don Loli, justo al lado de la casa de mis abuelos.  Pasé parte de mi infancia en la calle Hidalgo, sin mis padres, y periódicamente me atacaban fiebres.  Era una rutina: mi abuela al teléfono con mi padre médico: “el niño tiene fiebre”, mi padre recetaba un antibiótico, así, en caliente, como se hacía antes. Seguía el viaje a la farmacia de las Álvarez y luego la inyección. Porque eso sí, de haber, hay una prístina mexicanidad que nunca atinaron a descubrir los de la “filosofía de lo mexicano”. El único verdadero das Sein mexicano es la hipocondría que va junta y pegada con la proliferación de farmacias y con la mitificación de la jeringa. Es decir, ya sea para reumas, para aires colados, cólicos, muinas o fiebres, la mexicana existencia exige inyección. Si no hay inyección, no hay alivio: me inyectan luego existo. Si Octavio Paz hubiera tenido sentido de pueblo y del humor, hubiera reparado no en Malinches chingadas sino en la imperiosa y mexicana necesidad de ser penetrado por la jeringa. Y aquí don Loli: el hombre tenía casa tan grande como la de mi abuelo notario y su oficio había sido por décadas el de agujerearle las nalgas al pueblo.  Ponía inyecciones. Y claro, mis fiebres periódicas acababan en “ca’ don Loli” donde, ante mi culo pelado y ante estampas del Señor de La Piedad y la Virgen de Guadalupe, don Loli decía: “flojito y cooperando, eso, ponte flojito” y ¡zas! te metía la jeringa.

La cosa funcionaba. La fiebre pasaba en menos de 24 horas. (Años después, a mis veinte años, se descubrió que las fiebres periódicas provenían de infecciones crónicas de riñón causadas por un defecto congénito en los ureteros, y la cosa ya no se curaba ni con inyecciones pero, bueno, eso es otra historia). El caso es que así aprendí el dicho. Como es claro, en mi propia historia el dicho está cargado de obscenidad penetrativa. Hice mío el dicho pero perdí un riñón y me hice inmune a toda suerte de antibióticos a resultas de mis años de flojito y cooperando en “ca’ don Loli”.

1.

Las dos palabras que componen la expresión, en apariencia, no tienen nada de particularmente mexicanas.  Son dos derivados del latín más o menos culto o más o menos vulgar. “Cooperar” no requiere de mayor explicación.  El diccionario de Real Academia Española de la Lengua dice que proviene del latín tardío cooperāri, y que “cooperar” significa “obrar favorablemente a los intereses o propósitos de alguien”.  No tiene, pues, mayor problema. En todas las vernáculas del latín, e inclusive en inglés o alemán, la palabra existe y se usa con idéntico sentido –en catalán la palabra es la misma que en español, en italiano y francés casi (cooperare, coopérer); en inglés to coperate, en alemán kooperieren, aunque también se usa el más alemán y más descriptivo zusammenarbeiten (“juntostrabajar, juntosactuar”)–. No hay más que decir del término, es muy claro. La mexicanada comienza con la combinación de las dos palabras y, muy importante, con el diminutivo de la primera, flojito.

“Flojo” en sí no es particularmente mexicano. Pero la historia de la palabra tiene su cosicosa.  Flojo en todos los españoles significa eso que registra el diccionario de la RAEL: “mal atado, poco apretado o poco tirante”, como en las expresiones pan-hispánicas “la cuerda floja”, “de boca floja”, o como en los deliciosos y obscenos versos de un pallador argentino que se firmaba “Bismarck Mosquito” (El pelo de la fondera, 1889):

Tenía las nalgas duras

tapadas con el vestido

medio flojo y desprendido

tapando sus hermosuras,

que no miraban los curas

pero miraban los mozos

muy contentos y gozosos;

porque esas cosas se admiran

y cuanto más, más, se miran

más nos apuran los gozos.

Con esta connotación, “flojo” es muy cercano a “blando” y “fofo” (o bofo en mexicano), pero no es lo mismo. Blandito en mexicano puede ser utilizado así: “blandito y cooperando”. Pero no se puede decir “bofito y cooperando”, como que es ley que “flojito”, en sentido de suelto, sin resistencia, es una calidad momentánea mientras que “fofo” o “bofo” es cosa más permanente e inelegible (nadie decide ser bofo, ni momentáneamente). En inglés la distinción es llana: por un lado, “loose” (suelto, flojo); por otro, “floffy” o “fleshy” que de ya nos mete a latitudes cárnicas.  En mexicano, siguiendo el origen onomatopéyico, se dice “bofo”, como el Bofo Alfredo Bautista, jugador de futbol.  Y de ahí la otra mexicanada: “aguado” por “bofo”, por gente de carnes sueltas, como en el dicho recogido en la Ciudad de México por Ignacio M. Altamirano: “Mediano culo aguado, chinguitito y pan tostado”. Eso, ¿pa’ qué añadir más?

También, aquí y acullá en los dominios del castellano, “flojo” significa de mala calidad, poco logrado: “la novela XXX es la más floja del autor”. Los intelectuales mexicanos, cuando se reseñan entre sí, suelen usar el diminutivo como eufemismo cuando la cosa va por lo bajini, y nada de diminutivo cuando va al alta. Es decir, si el reseñado es cuate, el sesudo mexicano utiliza términos como “obra afortunada”, “un hallazgo”, “extraordinaria” –no dice afortunadita, ni hallazguito, ni extraordinarita–. Si el reseñado no es cuate, entonces: “el libro es flojito”, “la escena es un poquito desafortunada”; “el autor es malito, malito”.

“Flojo”, en algunos castellanos, también quiere decir sin convicciones, sin principios, como en el texto de Diego de Saavedra Fajardo (República literaria, obra posthuma, 1772): “…i como están los vicios vecinos a las virtudes, les da esto mismo ocasión para llamar temerario al animoso, prodigo al liberal, flojo al prudente, i al cauto tímido”. O como en Nueva gramática española (1860) de Paul F. Semidel que, al explicar el uso de los artículos castellanos, utiliza el siguiente ejemplo: “ ‘El hombre flojo se deja arrastrar por sus pasiones’. En este último ejemplo, el hombre flojo denota todos los hombres flojos”. En lunfardo argentino, solía decirse de una persona sin convicciones “más flojo que un moco de pavo”. Y el tango El Flojo cantaba la falta de decisión de un hombre que no largaba a una mala mujer:

Flojo!…

En vano lo negás.

¡Necio!…

Sufrís, te retobás

sos un vencido

y cada día más

seguís metido

con ella y la aguantás.

¡Flojo!…

Además, “flojo” también, en algunos castellanos, como en Cuba, significa homosexual, por las mismas razones de existencia de la expresión “flojito y cooperando”. De alguna misteriosa manera “flojo” y esfínteres acabaron amancebándose. En rioplatense suele o solía usarse la expresión “culo rajado” que, en un sentido, es sinónimo anatómico de flojo/homosexual; en otro sentido, es anatema del “flojito” de “flojito y cooperando” porque culo rajado, o jeringa rota, es precisamente lo que busca evitar el “flojito y cooperando”.

Por último, y antes de adentrarme un poco en mis aventuras filológicas alrededor del término “flojo”, he de incluir la connotación, no exclusivamente mexicana de la voz, pero sí muy, muy mexicana. Es decir, “flojo” por perezoso, haragán o, en mexicano, huevón, y en lunfardo leguiyun. Se usa como tal, o se entiende como tal, en casi todos los castellanos, pero es de más uso en México.  En España, por ejemplo, sería más de andar por casa decir: “que el tío es un gandul (o perezoso o haragán)”, y no “que el tío es un flojo”.  En México, desde el Periquillo sarniento, se utiliza “flojo” como perezoso, nadie dice “ese güey es perezoso”, dice “ese güey es huevón o flojo o haragán”.  Se lee en el Periquillo: “A poco haber andado, se paró mi padre en un zahuán, y me dijo: amigo, ya estoy desengañado de que es vd. un gran perdido, y yo no quiero que se acabe de perder. Su maestro me ha dicho que es un flojo, vago, y vicioso, y que no es para los estudios”.

“Flojo” por perezoso, pues, es entendible en todo lugar, pero es en México que tal aceptación reina y más acentúa la distinción con flojo/bofo.  “¡Flojo!” nos gritaban nuestras madres y abuelas por levantarnos tarde; “la flojera” es el paraíso mexicano; y a ojos del México que vamos viviendo, Dios es malo o flojonote.  Pero el “flojito” de “flojito y cooperando” no apela a lo laxo, mal hecho, perezoso o bofo de algo o alguien –aunque, ya dándose a cooperar, es probable que sea por perezoso, por bofo o por “chafita”–.

2.

Al seguirle los pasos a la voz “flojo” caí en un descubrimiento filológico, de esos de anticuario que a mí me hacen ilusión. Me decido a contarlo aquí, en mi entrada “flojito y cooperando”, en ejercicio de mi propio “flojito y cooperando”. Esto es, no siendo filólogo de raza, me decidí a seguir las pistas que fueran saliendo de mis lecturas de filólogos, diccionario y tratados del siglo XIX. Me dije: “tú, flojito y cooperando, si por andar tras el pionero de la Romanistik alemana, Friedrich Diez (1794-1876), caes en etimologías, tú dale a golpes de diccionario y manuales y a ver qué entiendes; si hablan del destino que sufrieron las diez vocales del latín en las diferentes lenguas romances, tú le llamas a tu cuate Paulo Cherchi (sabio filólogo, emérito de la Universidad de Chicago) y que te lo explique en un café; como se dice en catalán, ves fen, así, flojito y cooperando y ya veremos qué sale, y si no sale, nadie te quitará lo bailado”.

Y andando en estas, “ondi” que me enredo en la historia que va de Diez a los llamados neogramáticos que propusieron estrictas leyes fonéticas y etimológicas en la evolución del latín a las lenguas romances (como W. Meyer-Lübke), y de ahí a Karl Vossler (1872-1949), el filólogo alemán más influyente en el estudio de las lenguas romances que entre fines del siglo XIX y las primeras tres décadas del XX educó a filólogos como Leo Spitzer, Victor Klemperer, Eric Auerbach y Ernst Robert Curtius. Claro, todo empieza con el libro de Diez, Etymologisches Wörterbuch der romanischen Sprachen (1853). Pues he aquí que un día busqué en este diccionario el origen de “flojo”. Encontré la entrada “floscio”, que Diez examina así: del latín fluxus, según Diez, equivalente en alemán a flüssig (líquido) y schlotternd (tembloroso), y que pasa al portugués como flouxo, al español como floxo o flojo (en ambos casos equivalente a schlaff, sin fuerza, sin resistencia) y al italiano floscio y flusso (igual significado).

Me faltaba consultar la primera edición (1954) de los cuatro volúmenes de la obra magna del filólogo catalán Joan Coromines, heredero de la Romanistik y de la escuela española de Manuel Milà y Fontanals, Marcelino Menéndez Pelayo y Ramón Menéndez Pidal. Y andaba en ello, cuando decidí volver a revisar en la biblioteca de la Universidad de Chicago el diccionario de Diez, y llevármelo a casa para, por flojo, no andar con tanto viaje. (Estos privilegios tenemos los profesores). Pero no quise llevarme la primera edición, gorda e inmanejable. Me llevé una tercera edición publicada en dos volúmenes en Bonn (Bei Adolph Marcus) en 1870. Cuál no será mi sorpresa al descubrir en esta edición muchas entradas, entre ellas la de “floscio”, densamente anotadas en los márgenes, con lápiz, en una letra diminuta pero clara.  Y lo primero que noté es que “el de tan chiquita letra” añade: “cat. fluix”, entre otras cosas. Me dije: por aquí pasó “en Joan”, el Coromines, porque sólo en él esa sabiduría para enmendarle la plana a Diez, sólo ese filólogo catalán y catalanista, se dio a llenar su propio diccionario etimológico de referencias al catalán (Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, 1954).  Además, Coromines enseñó “Romance philology” en Chicago de fines de la década de 1940 a mediados de la década de 1960.

No fue difícil comprobar mi sospecha. Llevo una década haciendo mi historia privada de la lectura. Desde que yo trabajo en la Universidad de Chicago, el catálogo y el sistema de préstamo bibliotecario está informatizado. Pero los libros que yo busco, y que a nadie le importan, suelen guardar las viejas fichas que se llenaban antes de la existencia de “los ordenadores”: dos pequeñas tarjetas, de distintos colores, donde el lector que sacaba el libro anotaba su nombre, en duplicado; una tarjeta se quedaba en el libro, la otra en los ficheros de la biblioteca que controlaban la salida y entrada de libros. Al ser regresado el libro, las dos tarjetas quedaban pegadas en el interior de los forros del libro. Y así puede seguirse un trozo de la historia de usos y lecturas de los libros. Me he topado, pues, con los libros que leyeron Coromines, José Vasconcelos, Josep Pijoan, Luis Leal, Allan Bloom, Leo Strauss, Mircea Eliade, Saul Bellow… y los muchos y muchas que por aquí han pasado. Fue así que entré a la intimidad de la historia que vengo investigando: el viejo fundador de la disciplina, Diez, un siglo después de publicar su diccionario, en diálogo con el autor del más importante estudio etimológico de la lengua castellana, Coromines.

En su diccionario, Coromines registra “flojo” como voz vieja (1220-1250), con el origen latino que Diez había señalado, y define “flojo” como “suelto, dejado caer, débil, fluido”, y deriva de ahí flojedad, aflojar, flojear y flojel (plumón, pluma de ave) del catalán fluixell que acaba en el diminutivo fluix, que significa “flojo” en catalán. Claro, el flojo de “flojito y cooperando” es el fluix en catalán. Y también es sciolto o fláccido en italiano, solto, macia y flácido en portugués, lâche en francés. Todo lo cual no es lo mismo que perezoso, preguiçoso, pigro, mandrós, paresseux –“oséase” “huevón”.  Bueno, sé que pocos comparten mi emoción por el hallazgo, pero ya está contado.

3.

Regreso a lo soez porque “flojito y cooperando” lo es y nada qué hacer al respecto.  No por ser un símil sexual, sino por ser tropo de abuso, fuerza, desigualdad.  Parecería recomendable extinguir la expresión, en vistas a su linaje vulgar. Eso, eso, que la expresión se extinga por decreto moral y que corra la suerte de similares voces (“puto”, “vieja” o “gorda” en español, o “negro”, “gresse”, “faggot” o “fat” en inglés). (Curioso ningún “Matamoros” se ha cambiado el apellido, y en inglés o español es abuso el que se hace del adjetivo “latino” como si no fuera un término racial y racista. Ahora en España hablan sin empacho del “español latino”. Vaya pendejéz — expresión en español latino–). Podría, pues, proponer la extinción de “flojito y cooperando” y sostener lo bien que estaríamos sin ella. Pero no lo haré. Me parece que los variopintos usos que la expresión ha ganado la hacen parte de la elocuencia, si pequeña, eficiente, del mexicano empalabrarse.

“Flojito y cooperando”, utilizada como metáfora de pragmatismo, es indispensable para la condición mexicana. La expresión se hizo sabia no sólo por ser agresividad y contundencia sexuales, sino por ser un aprendizaje cultural y social. Claro que los ecos sexuales nunca desaparecen, no importa cómo se utilice la expresión. Por eso “flojito y cooperando” es elocuente, porque al mismo tiempo puede proponer una argumentación racional importante sin tirar del todo a la basura la duda, la ambigüedad moral, lo duro, soez y peligroso que es tomar posiciones morales, políticas, culturales serias, al tanto de lo que se gana y de lo que se pierde, al tanto, pues, de lo riesgoso que es pensar sabedores de la existencia de infiernos, sin renunciar a imaginar posibles cielos, pero conscientes de que toda vida, individual o social, es un cambalache. Tan larga explicación queda resumida en dos palabras: “flojitos y cooperando”.

A nivel individual, la mexicana lengua nos hace caer en el “flojito y cooperando” a poco que pensamos en dilemas diarios; por ejemplo, el matrimonio: tu mujer, tu marido, no va a cambiar, es como es, y si los hijos, si no hay abusos, si se viene la vejez, si ya uno sabe que otro matrimonio será más de lo mismo, pues bueno, “flojito y cooperando”. Otra expresión similar, muy mexicana, es “adónde vas que más valgas”, la cual sería perfectamente aplicable a las cuitas matrimoniales.  No es expresión sexual, pero es el mismo significado, sin la contundencia del “flojito y cooperando”, el cual resalta que cualquier serio cambalache existencial es soez, peligroso y doloroso.

Si a nivel individual el “flojito y cooperando” resulta luminoso, “contimás” en la esfera pública. Por ejemplo, la democracia, cualquiera, es un “flojito y cooperando” similar, en el mejor de los casos, al raciocinio de don Loli. Es decir, don Loli tenía razón, para evitar el dolor de la inyección o que la aguja se le quedara a uno clavada en las nalgas, era mejor cooperar, ponerse flojito. En escenarios mínimamente democráticos, nunca se ganan paraísos, en especial en México donde reina la desigualdad, la violencia y la corrupción. Cualquier escenario más o menos democrático exige el razonamiento –ojalá serio, soez, peligroso y cuidadoso—a que invita el “flojito y cooperando”.  Tener en las estructuras cognitivas de la lengua esta expresión es vacunarse contra escenarios de “0 vs. 1”, todo o nada. Cualquier verdadera política, cualquier convivencia más o menos pacífica, exige, pues, el momento del “flojitos y cooperando”.

No cabe duda, la expresión es de una vulgaridad, de un machismo, impresentables.  No obstante, rompo lanzas por ella porque, por un lado, si vamos a pasarnos la lengua por clarasol y quedarnos sólo con voces limpias en su moral e historia, corremos el riesgo de quedarnos mudo o pendejos. Por otro, en el extremo de obscenidad que inspira el “flojito y cooperando” la expresión no pierde su clarividencia (don Loli dixit). Es decir, si enfrentados al trágico escenario de abuso al que alude la expresión, “flojito y cooperando” deviene en el plan de acción más acorde a la supervivencia. Es horrible, pero es así: “flojitos y cooperando”.