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Fifí

Rico vs. pobre; catrín vs. roto; fifí vs. naco: tales rivalidades han sido, tenían que ser, el motor de la historia de México, el país de la atroz desigualdad.  Lo extraordinario no es que en los días que corren (2019) renazca este lenguaje, sino que haya habido momentos en que pudo parecer que así no se hablaba “México”.

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El Porfiriato no nació catrín; originó una aristocracia, hija de la paz, que entre la gente bien aclimató el desprecio abierto de la plebe, los indios, los mecos, los pelafustanes, la gentuza. Un espejismo. En realidad, el régimen se regía por intermediarios políticos nada catrines que sabían muy bien que en un país con las desigualdades de México no se mandaba solo con balas o a grito pelado de desprecio de clase. Los años de guerra revolucionaria desataron la revancha cultural de los rotos. Y la larga paz priista produjo un milagro social: una cultura política de mierda, pero orgullosa de su medianía. No era aceptable en la retórica oficial o en la radio o los periódicos la ostentación de catrín. Era una falacia, pero en la desigualdad que hemos vivido, no era para tirarla por la borda.

Desde la década de 1990, la catrinura anda suelta, desmelenada, en busca del tiempo perdido, despreciando sin recato alguno a las masas ignorantes, nacas, aliberales, clientelistas, cursis, nacionalistas. No fue un cambio nacional. Fue, como siempre en la historia moderna de México, voz y eco de cambios mundiales: el gradual desmantelamiento del ralo Estado de bienestar; el largo reinado de nuevas clases tecnócratas catrinas o acatrinadas que en nombre del mercado, la globalización o la “gobernanza” decretaron que casi todo en México era obsoleto; y la comentocracia que, con mayor libertad de prensa, creció en la democracia electoral, experta en señalar, con asquito, que México no era Dinamarca.  Y no lo era. Nunca lo ha sido.

Así, de repente, se volvieron cosa normal los gordos suplementos de periódico llenos de publicidad de lujo, en papel cuché, con fotos de las graduaciones de los niños del Cumbres o de las vacaciones europeas de gente bonita o del juego de polo de unos “pijos” mexicanos. En efecto, la catrinura nacional lleva más de una década compitiendo por salir en los suplementos de los grandes diarios nacionales. Antes, en 1951, por ejemplo, la prestigiosa revista de José Pagés Llergo (Hoy) dedicaba tan solo una página a las bodas y los cocteles de los ricos. Las caricaturas políticas eran a colores, ocupaban gran espacio, al igual que las fotos de las guerras y los artículos de un amargado e hipercatólico José Vasconcelos o la crítica artística de la excomunista judía española Margarita Nelken. Solo una página, en blanco y negro, dedicada a los catrines, con pies como este: “La bella novia fue conducida por su padre, don Elías Slim, hasta el altar del Templo de la Sagrada Familia, que se encontraba bellamente adornado, y en el que se habían dado cita distinguidas familias de la capital”. (En 1952, una de las fotos de esta página, la del fifí Carlos Guirón, yerno de Miguel Alemán Valdés, observando lascivamente a una dama semidesnuda del cabaret Carrols de París, costó a Pagés Llergo el cierre de Hoy).

De súbito, pues, a nadie espantaban las ostentaciones de riqueza y clase que comenzaron en la década de 1990; nadie puso el grito en el cielo por el desprecio con que la nueva comentocracia hablaba de normalistas, líderes barriales, artistas y organizaciones populares que solo a ratos, y a fuerzas, cumplían el papel de ciudadanía.  Las televisiones y radios se llenaron de sesudos catrines que nos explicaban lo aliberal y antidemocrático de unas masas que debían haberse extinguido, pues porque sí –porque México era de los catrines o de operadores políticos, nada catrines, que, sin embargo, estaban en proceso de acatrinamiento–. Así, por riñones. Todo parecía normal, parte de una mala o buena, pero nadie dudaba, “transición” democrática. Surgieron catrines neoindigenistas o neoliberales que decretaban extinta la vieja y cochina medianía priista. Además, con el surgimiento de las redes sociales, el quiebre de la medianía alcanzó proporción de guerra cultural.

Era cosa de tiempo que, como en Estados Unidos, como en el Reino Unido, como en Brasil, algún político listillo se pusiera al frente de la guerra de clases, claro, del lado de los más, lo nacos, aunque dirigiera, como en Estados Unidos o en el Reino Unidos, una coalición de catrines y acatrinados.  Con su lenguaje cristiano de Chavo del Ocho, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no inventó la guerra cultural de clase; sencillamente, dirige, en la esfera de la opinión pública, una revancha largamente anunciada.

Viejos políticos priistas o panistas se acomodan sin ningún problema, y ahí están y estarán porque siempre han sabido que en la desigualdad mexicana pierden los que ostentan catrinura. En cambio, a las élites culturales les ha costado acomodarse como se acomodaban a ser patrimonio nacional, sin problemas, con gobiernos del PRI o del PAN. En efecto, los que ostentamos el poder cultural hemos vivido con privilegios que nunca hemos asumido como tales. Sin duda, a partir de la década de 1990 mejoró la investigación en México, surgieron mejores institutos públicos, mejores programas, profesores universitarios mejor preparados –-aunque se abandonó la educación básica–. Pero, en un país como México, no era cosa normal el extraño “privilegio” de los profesores más destacados —no dar clases—, los altos y múltiples salarios de El Colegio Nacional, los SNI amarchantados y la curiosa distribución de “estímulos”, becas y premios.

Cuando esto escribo, AMLO está destruyendo imbécilmente una infraestructura cultural que requería grandes reformas y ajustes, pero que no era nada despreciable. El gobierno antififí tiene un odio extraño a la catrinura intelectual de toda la vida, llena de criticones y listillos que, a su vez, no aguanta a los pelados, gordos, morenos, con mal inglés, pero con iniciativa intelectual.  No es que la guerra antififí busque mejorar la educación o la investigación o la cultura, es que quieren eso a modo, a su modo, para ellos. No es que la austeridad en la cultura, o la blasfemia popular del nuevo director del Fondo de Cultura Económica, sea el principio de un Plan Marshall para la educación en México. No. Es solo un cambio de catrines, que al cabo la vernácula popular suena tan postiza en el güero Castañeda como en el güero Taibo II. Se cansaron de los de siempre –y es que, la verdad, cansamos–. Pero no es para tener nostalgia de cómo ha funcionado hasta ahora el SNI, El Colegio Nacional, el FONCA…

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Para la segunda mitad del siglo XIX, México ya era un país de generalotes, no como los prusianos nobles, sino gente hecha en la batalla, en el manejo de gentuza de toda ralea. Por ricos o no que fueran Antonio López de Santa Anna o Benito Juárez o Porfirio Díaz, no podían ostentar aristocracia.  La inteligencia mexicana, por su parte, fue partida por las guerras de intervención y la derrota del Segundo Imperio.  Los catrines de entonces, como Francisco Pimentel o Joaquín García Icazbalceta (cuñados), tuvieron que aguardar a que su descendencia, en el Porfiriato, los rehabilitara –porque eran en verdad eruditos, pero insoportablemente catrines–. La nueva inteligencia de los Riva Palacio y los Altamirano no eran muy diferentes, como clase, de los generalotes.  Eso sí, tenían una admiración secreta por la decadente aristocracia. Cuando el pretendiente carlista al trono de España se paseó por México, en 1876, Altamirano y otros desclasados liberales se volvieron locos por él. Querían tocar la capa de un verdadero aristócrata.

La paz porfiriana creó una nueva catrinura de niños hijos de la estabilidad y los negocios. Y ellos establecieron –a la sombra de un caudillote que manejaba el país con sus compinches, tan nacos como él–, un régimen cultural catrín que despreciaba la naturaleza bárbara del país. El liberalismo mexicano, como el argentino o el brasileño, nació con un gran desprecio del pueblo –se imaginaban que el pueblo inglés o el francés era el del verdadero liberalismo, ignorando que los propios liberales franceses e ingleses odiaban a las masas como ellos–. El populismo ruso o estadounidense de fines del siglo XIX, o el anarquismo, o ciertas formas de republicanismo italiano o portugués, eran profundamente anticatrines, pero no el liberalismo, una forma de catrinura paternalista.

En ese caldo hirvió el término fifí. Seguramente el vocablo fue inspirado por el relato de Guy de Maupassant, “Mademoiselle Fifi” (1882). En él, Marquis von Eyrick, oficial prusiano en la guerra franco-prusiana, es conocido como “la Señorita Fifí” (Mademoiselle Fifi), por amanerado, por su talle corto y su constante uso de la expresión francesa “fi, fi donc” (como quien decía “fuchi” en mexicano).  Así, para la década de 1920, el filólogo Francisco Javier Santamaría explicaba la palabra “chamberí” como sinónimo de “elegante” en español peruano, y añadía: “en México tenemos hoy las palabras fifí, que usan todos en general; gomoso, lechugino, que se usaban hasta hace pocos años; roto que dice especialmente la plebe, todas usadas para designar al petimetre, pisaverde, almidonado etc.” (Americanismos y barbarismos, 1921). Otro lexicógrafo, Darío Rubio, añadía el derivado “firiche”:  “En México es voz despreciativa que se aplica al cursi, al presuntuoso, al remilgado, vale también enclenque” (La anarquía del lenguaje en la América española, 1925). He aquí, pues, al término perfectamente codificado. ¿Y el personaje?

A mi ver, la mejor descripción del personaje fue hecha por la actriz y empresaria teatral Mimí Derba (Páginas sueltas, 1921):

El fifí, por ejemplo. ¿Quién no conoce este tipo descreído, impertinente y hueco, que pasea su aburrimiento y tontería por calles, teatros y cafés? El fifí es, para la mayoría, la frivolidad vestida a la última moda. Para mí es algo más pobre, más doloroso. El fifí es un pária (sic) en la sociedad, a pesar de que casi todos ellos son hijos de buenas familias; pero en sus casas son unos extraños, sus vicios los alejan de los suyos. Por eso se buscan unos a otros, porque entre sí no hay reproches, ni consejos, ni recriminaciones. En el fondo de esa frivolidad existe un cansancio real de la vida, un loco deseo de vivir pronto, para acabar cuanto antes. La morfina, la cocaína, la heroína, el éter, la marihuana, el alcohol, etc., etc., son sus mejores y únicos amigos y a ellos se acogen cobardemente porque les asusta la vida.

El terminajo es profundamente urbano y de clase.  Fifís eran los catrines callejeros, los viciosos y, claro, los amanerados, maricones, extranjerizantes y cosmopolitas. Por ejemplo, en el diario La Palabra (1917) de Guadalajara se podía leer: “Nadie, nadie, manda hacer una casa sin Romanowsky, porque es extranjero; nadie escucha sino a Kuropatkin, porque es inglés (!); nadie sigue la carrera de ‘fifí’ (porque es también una profesión), sin calarse un cuello francés, planchado por el ‘chale’ de la esquina; zapato inglés, corbata rusa, casimir belga; en una palabra, sin traer encima todas las nacionalidades creadas y por crear: a manera de una conquista individual”. Seguramente lo de Kuropatkin era referencia al general ruso inmortalizado en la opera conocida fuera de Rusia como “Le coq d’or”, que no era de un inglés sino de Nikolai Rimsky-Korsakov, pero el punto es el mismo: lo fifí era extranjerizante, pedante y amariconado.  Una caricatura del Multiculor (1911) retrataba al fifí de la Ciudad de México con todas las connotaciones homofóbicas del término.

Otro trasunto del término está en la novela de Julio Sesto –un español de larga residencia en la Ciudad de México–, La ciudad de los palacios (1917). Ahí se encuentra el siguiente diálogo, donde el fifí, más que el maricón, es el moderno, el cosmopolita:

—Pues que se me acercó un indecente “fifí” de esos que están por allí recostados en el edificio y, atravesándoseme en el paso, me dijo: Pardón, Madame. . . .

— ¡Claro! Como te vió [sic] pelona y güera, te tomaría por una francesa de esas . . .

¿Y tú que le dijiste?

— ¡Su madre!

— ¡Ay, qué Clara tan malhablada!

Y el mismo año, J. Villalobos Reyes publicó Entre fifís. Novela de costumbres mexicanas (1917):

las siete de la noche estaban dando en el reloj del marmóreo edificio de la Esmeralda cuando Luciano atravesaba el vestíbulo de cristales del Salón Bach… allí estaba toda la sociedad mexicana. Hermosas muchachas en sus quince que animaban su sonrosada cara con apacibles sonrisas, acompañadas de sus asustadas mamás.  Vírgenes de treintaicinco años, histéricas e incansables que pasean su aburrimiento con lánguidos ojos y desairados, escuálidos rostros.  Extranjeros enriquecidos en nuestro suelo que ocupan altos puestos.  Pollos crónicos de cincuenta años que se rozan con imberbes fifís de diecisiete abriles. Señoras de edad provecta, con faz de canónigo enojado que apenas si se dignan dejarse ver por entre los cristales de sus coches.

Este era el hábitat natural del término que, claro, fue inmediatamente apropiado por el populacho: en 1924 Juan O’Gorman pinta su primer mural en una pulquería que llevaba el irónico nombre de “Los Fifís”.

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“Debemos confesar con gran alegría que —¡al fin! — la Revolución ha triunfado en México”, escribió el joven Daniel Cosío Villegas en La Antorcha (“Ba-Ta-Clán”, 1925), la revista de José Vasconcelos. Y seguía contando su experiencia con mexicanos en París: “Jóvenes y viejos, reaccionarios y revolucionarios, somos capaces ya de movernos, de agitarnos. Es más: pronto formamos ejércitos, masas compactas, y nuestro estado de ánimo llega fácilmente al rojo blanco. Pueblo viril—ahora sí, como se dice en los discursos—pueblo lleno de sangre, de entusiasmo, de idealismo, dispuesto a todo, aún a estar cuatro largas horas— sin comer— viendo el Ba-Ta-Clán de París”. Y ahí, viriles, todos: “nuestro amigo el escéptico, el destructor, en cuya casa se toca noche a noche la pianola. Estaba también el joven filósofo, de amplia, de sólida cultura, quien fue en busca de ‘el alma de París’. Estaba el defensor de nuestras artes nacionales, dispuesto a comparar, imparcialmente, el teatro francés con el teatro mexicano. Estaba el coleccionista sabio y erudito, buscador infatigable de nuevas especies de pantorrillas. Estaba el ‘fifí’, ansioso de encontrar tema de conversación para los meses venideros”. No resalto el ecumenismo de don Daniel, sino la seguridad de que la Revolución había hecho de México un país viril, nada fifí, pero con los fifís incorporados.

La revancha de los rotos fue cruel entre 1914 y fines de la década de 1930. El país se descatrinó a madrazos. Recuerdo la descripción de la esposa de Francisco I. Madero: soldaderas cubriendo a sus hijos con el cortinaje de la casa de los Madero, en tanto unos pelafustanes, hediendo a establo, se disputaban un reloj de don Francisco. Los años de lucha armada trajeron la revancha de los rotos en unas décadas donde lo “hip” ya no era el estilo Luis XV o el noucentisme catalán del maestro de San Carlos, Antoni Fabrés, o el art nouveau francés, sino el arte proletario y popular, en París, Moscú o Nueva York.  La revancha fue dura. Por décadas, Los Contemporáneos tuvieron que enfrentar el estigma de ser fifís, y lo eran: homosexuales, cosmopolitas, brillantes. Los bárbaros del norte, victoriosos, se acatrinaron: los generalotes convivían con los Palvicini, los Pani. El partido de Estado metió en la misma estructura de poder a pelados y catrines. Los gustos artísticos de Pani o Carlos Obregón Santacilia tenían que vérselas con generalotes revolucionarios, nacos que más no ha habido, capaces de movilizar obreros y campesinos, o con lecheros como Fidel Velázquez o con catrines como Jaime Torres Bodet o Salvador Novo. El alemanismo y el avilacamachismo quisieron inventar una catrinura Acapulco-gringeña, pero nunca pudieron abandonar sus baños de pueblo. No se podía. Era impresentable, no solo retóricamente, sino institucionalmente: el PRI, el IMSS, el INFONAVIT… constituían enormes estructuras levantadas sobre el culto al “no se vale fifí vs. naco”.

Pero, por dos décadas, la cultura oficial mexicana fue militantemente anti-catrina: lo revolucionario era viril, nacional, proletario, simple y práctico; lo reaccionario era fifí, cosmopolita, maricón, abstracto e inútil. Las hijas de la vieja elite (Carmen Mondragón, Lupe Marín, Frida Kahlo) encontraron en el autoanacamiento su liberación sexual y cultural.  Un niño hijo de la catrinura del viejo régimen, Octavio Paz, se fue a Yucatán socialista y a la España republicana a quitarse lo catrín. Dos fifís, que más no habido, se tuvieron que exiliar por un rato: Alfonso y Rodolfo Reyes. Por dos décadas las cosas fueron como la caricatura de Jesús Guerrero Galván (1934), reproducida en la estupenda historia del arte proletario de John Lear (Picturing the Proletariat, 2017). La caricatura lo dice todo:

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La larga paz priista, a través del ensayo y error alrededor de lo que acabó siendo el nacionalismo revolucionario, logró una atmósfera retórica antiliberal –porque la naquiza enfermaba al liberalismo— y socialistoide, pero modernizadora y asistencial (al menos retóricamente). En tal atmósfera, fue perdiendo sonoridad el término fifí. Los fifís viejos y nuevos con gusto habitaron esta atmósfera donde su riqueza crecía pero donde, públicamente –que no en privado–, se hablaba de una idea abstracta de pueblo bueno aunque lleno de traumas; feo pero jalador; bravucón pero cooptable. La “filosofía de lo mexicano”, el indigenismo, la mestizofilia y la delicada construcción, vía el cine, la radio y la música popular del campesino Tizoc y del pelado Pepe El Toro o Cantinflas fueron el oxígeno de esa atmósfera retórica.

El liberalismo mexicano despreciaba al populacho; el indigenismo y la mestizofilia de Manuel Gamio o Andrés Molina Enríquez no se asqueaban ante las masas, pero veían al pueblo con lentes raciales muy del siglo XIX. La primera versión de “pueblo mexicano” nos vino del psicologismo de masas que va de Santiago Ramírez a Octavio Paz. He ahí, decían, lo mexicano: es noble pero lleno de traumas, es bárbaro pero mejorable y, sobre todo, comparte con las elites el complejo de inferioridad, el machismo y la eterna búsqueda de identidad. No era una visión democrática y liberal de las masas, pero, bueno, en el medio de la desigualdad y la riqueza crecientes, daba para alimentar la atmosfera retórica en la cual no se valía la guerra abierta de fifís vs. nacos.

Por seguro que, en la cotidianeidad, masas y elites reinventaron términos para burlarse unos de otros; surgió “fresa”, “júnior”, “condechi”, “ricachones”, “mamones”, “figurines”, “pipirisnáis” …. y  “naco”, “indio”, “patán”, “pelado”, “gata”, “patarrajada”, “plebe”, “gentuza”.  Es curioso: la atmósfera retórica de la larga paz priista hizo que las elites cultures a menudo parecieran neutras. Así, a diferencia, por ejemplo, de Estados Unidos donde el acceso a educación y cultura es una marca de catrinura insoportable para el white trash, en México no es popular el desprecio de intelectuales y profesores por ser catrines –aunque lo sean–.

AMLO soltó los perros de la anti-catrinura con lenguaje Capulina porque los perros anti-nacos de los catrines hacía tiempo andaban sueltos. El presidente no tiene problema en ponérsela fácil fiscalmente a los grandes capitales catrines del país, pero él o sus allegados cercanos hallan gran placer en usar el antififí en la esfera de la opinión pública en contra de catrines culturales. Trump vuelve locos a los “NPR liberals”; AMLO saca de sus casillas a intelectuales acostumbrados a luchar por un espacio público crítico pero amarchantado a la promoción oficial de la cultura. Y tenemos razón: es de miedo la que nos puede caer con esta abierta e idiota lucha antififí, pero, como en Estados Unidos, nuestra indignación solo hace más vital la lucha para los antififís y, en México, se confunde con la nostalgia por privilegios que acaso nunca debimos haber tenido. Porque lo cierto es que la nueva versión de “fifís vs. nacos” no es de nacos, es una guerra civil entre fifís. El verdadero resentimiento popular se deja sentir en la violencia desatada, en la ostentación de narcos y clases populares adineradas por la economía informal, en la migración y en la apropiación de dejos del viejo nacionalismo revolucionario por méxico-estadounidenses que desprecian el México catrín del que huyeron. Y eso nunca ha dejado de existir.

En la pavorosa desigualdad que vivimos es muy difícil que clases medias y altas no seamos cómplices de la reproducción de la desigualdad. No es para tener nostalgia de los privilegios que vamos perdiendo, pero no me parecería mal, otra vez, crear la ilusión de una atmósfera retórica en que no se valga ostentar catrinura. El riesgo y límite de nuestras posibilidades no es la buena voluntad, sino la posibilidad de la guerra en serio. A veces creo que las llamadas culturas cívicas son las capaces de sostener una cierta mesura retórica, desterrando la expresión de enraizados resentimientos, precisamente por estar al tanto de cuán más cerca está la guerra cuando el autoengaño de, un decir, el no antisemitismo (Francia, Polonia) o el no antimexicanos (Estados Unidos) o el no antififí o no antinaco (México) se revela eso, engaño, y deviene el todos contra todos.