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Amarchantarse

Amarchantarse: encarnación común del orden y del desorden sociales. Dícese por avenencia individual y colectiva, óptima y posible, cuando:

a) Habiendo mucha riqueza, está repartida con obscena desigualdad (muchos muy pobres, pocos pero muy ricos).

b) Cuando el acceso a mínimos de dignidad y esperanza está pésimamente distribuido, pero no tanto como la riqueza misma (es decir, amarchantarse sucede en escenarios donde pueda decirse de ricos y pobres: “también tienen corazón”).

c) Cuando la desigualdad, viciosa y misteriosamente, se constituye en patrimonio de ricos y pobres, de forma tal que semeja el mal menor del cual se benefician y reproducen el Estado, los ricos y los pobres. Así:

i. Dado a., b. y c., la inequidad crea y se alimenta de necesidades que nunca queda claro si son o no “carencias de Estado” o resultados de la ilegalidad o menesteres de la desigualdad misma. Ej., la ineficacia y corrupción de burócratas o el tráfico de la Ciudad de México –que lleva a amarchantarse con intermediarios en oficinas de gobierno o con cuida-coches en las calles– puede o no ser falta de Estado, pero es menos importante que la hueva sublime de los ricos –los cuales, por definición, no hacen colas, no lavan un calcetín, no limpian el retrete—. La hueva y el entitlement de los ricos no son consecuencias de la falta de Estado: son los privilegios de la desigualdad.

ii. Amarchantarse, pues, decanta en un avenirse entre ricos y pobres que simula una iguala, legal o ilegal, de servicios sin contrato o firma –cuida-coches, verduleros, gestores, sirvientas, nanas, choferes, mil-usos—. Se trata de una iguala en la cual “tenerse confianza” deviene en la forma de socialización óptima y posible por ser, en el medio de las grandes posibilidades de caos y violencia, el punto de equilibrio entre dos conjuntos antagónicos y asimétricos de amenazas, necesidades e intereses. Es decir, entre, por un lado, el miedo a la merecida y siempre esperada revancha social y, por otro, dos imposibilidades –la de superar las necesidades creadas por la desigualdad (la sempiterna hueva y sentido de entitlement de los ricos) y la imposibilidad de matar, aislar o deshacerse de todos los pobres, que son muchos– lo óptimo resulta ser la inverosímil confianza del amarchantarse.

En suma, en estas condiciones, amarchantarse produce más paz que la ley y, ergo, le permite al Estado hacer sombra –las instituciones son importantes por ser estructuras, pero más por producir sombra, lo que no produce sombra no existe–. Esto es, amarchantarse no es lo que pasa cuando no hay Estado; es la fotosíntesis que deriva del no-Estado ciclos de Estado, y del Estado ciclos de no-Estado. Lo cual delinea los claroscuros que permiten afirmar, a simple vista, que el Estado existe.

Palabreando.

Marchante” es de uso común en México y otros países hispanoamericanos; el diccionario de la Real Academia Española (RAE) registra el término con sus acepciones americanas, todas derivadas del francés marchand (adj., relativo al comercio, destinado a la venta; sus., comerciante). “Marchante/a”, se lee en el diccionario de la RAE, significa “vendedor/a al que se acude a comprar habitualmente”. La clave de la definición está en el adverbio: habitualmente. El sentido de frecuencia, en el medio de la desigualdad y la riqueza, hizo del sustantivo “marchante” el verbo reflexivo “amarchantarse”.

Por seguir lo que las palabras cuentan digo que un viejo diccionario de cubanismos recoge la voz “amarchantarse”, pero la considera de origen andaluz (“Hacerse cliente fijo de un establecimiento”: Constantino Suárez, Vocabulario cubano: suplemento a la 14a. edición del Diccionario de la R. A. de la Lengua…, 1921). En esta definición del término también cuenta lo de habituarse a, lo de ser acción más o menos repetida en el tiempo. Sin embargo, sería complicado datar con precisión el uso de las voces “marchante” y “amarchantarse”, porque son palabras y hábitos muy viejos. Ya se utilizaban a principios del siglo XIX; en el Periquillo sarniento (1816) José Joaquín Fernández de Lizardi ponía en boca del protagonista la siguiente descripción de los posibles clientes para sus fechorías: “Este era Andrés el aprendiz, quien un día que estábamos los dos conversando en espera de marchante que quisiera ensayarse a mártir, me dijo…”. De igual manera, no es de extrañar que dos terratenientes y empresarios del azúcar, don Joaquín García Icazbalceta y su hijo Luis García Pimentel, hicieran uso frecuente de la palabra “amarchantarse” en su correspondencia privada (Cartas de las haciendas. Joaquín García Icazbalceta escribe a su hijo Luis, 1877-1894, 2013). “Amarchantarse” era oficio de estos dos que mantenían amarres con peones, prestamistas y transportistas locales, nacionales e internacionales: “… Ayer vi a don Jesús Carbajal: algo le hablé de amarchantarse contigo pero me dijo que ya con Villar tenía crédito abierto…” A su vez, Francisco Fernández del Castillo utiliza el término, con todas sus connotaciones actuales, al referirse al comercio en su historia de San Ángel: “Naturalmente, a ninguno le convenía establecer un comercio serio con un consumo tan variable, y aun la gente pobre que vende verdura, prefería ir a buscar una clientela segura y constante en donde amarchantarse, a otra parte –Apuntes para la historia de San Ángel (San Jacinto Tenanitla) y sus alrededores…, 1913–. También lo registra un diccionario del español de Venezuela: “Amarchantarse: Hacerse parroquiano de algún tendero o mercader” (Julio Calcaño, El castellano en Venezuela; estudio crítico, 1897). Más recientemente, análisis económicos tan elegantes como los de Gabriel Zaid, utilizan el término al referirse a la conveniencia de comprar o alquilar fotocopiadoras: “¿Conviene llamar a concurso para cada impreso, amarchantarse con un impresor, adquirir acciones de una imprenta….?” (El progreso improductivo, 1979).

Amarchantarse es, pues, vieja, muy vieja, costumbre, acaso de origen religioso en sociedades medievales o del renacimiento, en las cuales los pobres siempre eran muchos e intercambiaban servicios, servitud y trabajo por protección y mínimos de dignidad. Amarchantarse, además, era parte de la institución por excelencia de la desigualdad católica, a saber, la limosna, los mendigos, que eran un amarchantarse si los ha habido; uno era el mendigo de este o aquel señor, en este o aquel templo, cada quien se amarchantaba con su mendigo para cubrir la cuota de caridad para ir al cielo.

Amarchantados de la sala a la recámara: la sirvienta en casa y en la literatura.

Hasta hace no mucho, la forma más consuetudinaria del amarchantarse en ciudades como México o Río o Bogotá eran o son –han cambiado las cosas con la violencia y con la caída de la mera pretensión de Estado de bienestar–, los hábitos arraigados alrededor de lo que en mexicano racista se dice muchachas, criadas, sirvientas, chachas, gatas. Una institución. A ningún mexicano o mexicana hay que explicarle mucho de qué se trata; ricos y no tanto, todos tienen sirvientas.

He vivido mucho tiempo entre México, Estados Unidos y España, itineransia que revela a cualquiera que lo que parecen universales son segundas naturalezas mexicanas. Me ha tocado ver, pues, estos hábitos funcionando mexicanamente como si de respirar se tratara. Por ejemplo, después de unas semanas de ser profesor visitante en Chicago, un ilustre intelectual mexicano (que más vale dejar en el anonimato), me hizo la pregunta: “Oye, ¿no tendrás una chacha que pase a limpiar mi casa?” Voila, sin comedimiento alguno, he ahí el automatismo mexicano, como si el humano tuviera sus necesidades básicas y una “chacha” no se le niega a nadie. Curioso, la pregunta me asaltó justo cuando pensaba esto del amarchantarse, cuando reparaba en distintas novelas en que me habían aparecido “sirvientas” y, también, cuando la señora E. cuidaba y cuida de mi madre en México. Y, entonces, caí en la cuenta de que el viejo tener “chacha amarchantada” está vivo en México y es tan real como la desigualdad, pero es invisible como el viento. (Entre los de mi gremio, ni mujeres ni hombres mencionan en sus curricula que escribieron, ganaron o presentaron esto o aquello porque X les limpio la casa y les cuido a los niños). El invitado en Chicago, crecido en la desigualdad, en el amarchantarse mexicano, no iba a limpiar el excusado y la cocina del cómodo y elegante apartamento amueblado que puso a sus anchas la Universidad de Chicago, aunque, eso sí, sin “criada” –¡vaya desatención!–.

Otro resultado de mi participant oberservation: hace casi dos décadas viví en Berlín un año, auspiciado por el generosísimo Wissenschaftskolleg zu Berlin, el cual me hospedó en un elegante y amplio apartamento acondicionado en una vieja mansión del rico barrio de Grünewald (corre la leyenda que fue la mansión para los viajes a Berlín de una de las zarinas). Nunca he vivido, ni antes ni después, en un aposento más lujoso. Pues ahí vi cómo Carlos Fuentes, quien había sido invitado a pasar una temporada en el Kolleg –cual Mario Vargas Llosa unos años antes–, don Carlos, pues, preguntó por el cuarto de la sirvienta cuando se le mostró el apartamento. Yo lo vi. Y en mis años en California y en Austin, conocí dos o tres importantísimos profesores mexicanos y brasileños que pasaban su año o dos o tres en estancias de investigación con la familia y la sirvienta traída de México o Brasil –no puedo asegurarlo, pero dudo que al cruzar la frontera ajustaran la remuneración de la “empleada” al coste de vida y salario estadunidenses. En fin, es claro que, habiendo alcanzado un cierto linaje en la jerarquía mexicana o brasileña, estar amarchantado con una “muchacha”, es decir, con una familia de sirvientas, es cosa tan natural como comer o dormir.

Amarchantarse con una sirvienta à la mexicana es un knowhow casi siempre monopolizado por mujeres. Nunca hay contrato ni seguro social ni retiro formales, ni siquiera horario fijo. Las familias de pobres se amarchantan con familias y redes de ricos por barrios o por redes de contactos. Se paga, muy mal, un servicio, con la excusa de que comida y techo están cubiertos. Las sirvientas “son como de casa”, “de la familia”, porque hay confianza ciega y claros sobreentendidos del lugar de cada uno en casa, de los derechos y obligaciones perfectamente establecidos mucho más allá de tareas específicas y de salarios. Pero nada está escrito o formalizado. Claro, el contrato informal incluye externalidades que se saben posibles y que son de cada día –abusos sexuales, robo, maltrato–. Cuando el amarchantarse funciona, el vínculo es íntimo y profundo, las patronas se obligan “a ver por” las familias de sirvientas por décadas, incluyendo servicios médicos, prestamos, ayudas, contactos, educación para los hijos. Y la muchacha amarchantada ve por su patrona y la familia, creando el amarchamiento producto de la desigualdad que al mismo tiempo la reproduce –todas las partes parecen sacar tajo–, evita el conflicto social y controlan escases y riesgos con confianza porque, decían en La Piedad cuando las mujeres empezaron a migrar a Estados Unidos, “ya no es como antes, ahora es muy difícil encontrar buen servicio”. La muchacha es sirvienta, confidente, enfermera, compañía, cocinera, nana y es, ante todo, indispensable. Robarse la sirvienta entre la gente bien mexicana es más que robarse el marido o la mujer.

El viejo cine mexicano está lleno de grandes artistas de reparto en el papel secundario de sirvientas, como especie de bufones, coros o sanchopanzas de las tramas. La literatura mexicana no, o al menos no me viene nada a la mente ahora. Pero el amarchantarse entre patronas y sirvientas ha sido un gran leitmotiv de la literatura. Después del trágico año de 1871, decepcionado por Francia y devastado por la muerte de su querida amiga George Sand, Gustave Flaubert regresó a sus lugares de Normandía e, incapaz de grandes novelas, escribió historias cortas, entre ellas “Un cœur simple” (1877), cuyo inicio es: “Pendant un demi-siècle, les bourgeoises de Pont-l’Évêque envièrent à Mme Aubain sa servante Félicité”. En efecto, es la historia de la sirvienta Félicité, es la anatomía de un “corazón simple” dentro de la desigualdad de la Francia del siglo XIX. En el medio de la vasta inequidad, Mme Aubain, una viuda burguesa, muy venida a menos, no sólo puede sino debe contratar servicio, y se amarchanta con una huérfana que ha trabajado en varias granjas, luego huye del campo a raíz del engaño de un hombre –Félicité, dice Flaubert, no era inocente como las señoritas burguesas, había aprendido de los animales–. Por cien marcos al año, explica Flaubert, Mme Aubain tenía quien cocinara, quien limpiara la casa, lavara la ropa en el río y cuidara de sus dos hijos con inmenso cariño. Para mí es claro que el personaje de Félicité no nace del sarcasmo y mala leche que Flaubert gastaba al describir a la burguesía; Félicité es lo que es, no es símbolo de nada, es “un corazón simple” que vive los automatismos creados por los amarchantamientos de la desigualdad: “Parecía una mujer de madera que funcionara de manera automática”. Para Félicité, amarchantarse con su patrona significa escapar de la miseria, del engaño, y obtener la seguridad de un techo, a cambio de encariñarse con unos niños que pronto abandonan la casa, a cambio de amarchantarse de cariño con una patrona que, muy a su pesar, la quiere y la protege por cosas del corazón y por mecanismo de supervivencia. Félicité amó a un hombre, a los hijos de su patrona, a un sobrino y a un loro. Con el tiempo, el sobrino y la hija de su patrona mueren; patrona y sirvienta amarchantan el mutuo e igual sufrimiento, pero las penas no valen lo mismo: consolándose una a otra, por el sobrino de la sirvienta, por la hija de la señora, la patrona espeta a la sirvienta: “…me importa un bledo. Un grumete [el sobrino], un pordiosero, ¡bonita cosa! … mientras que mi hija. ¡Vaya ocurrencia!” La patrona muere, Félicité, vieja y sorda, con su querido loro ya muerto y disecado, vive el resto de sus días de lo que le dejó su difunta patrona, protegiendo y siendo protegido por la casa en ruinas de Mme Aubain, cual si fuera templo del amarchantarse.

También Karin Michaëlis (Den farlige Alder; La edad peligrosa, 1910) describe un cierto amarchantarse entre sirvienta y patrona. La novela desvela lo incomprensible –para el hombre—de la naturaleza femenina. Una mujer burguesa deja a su marido para estar “sola”, aunque se guarda en secreto la existencia de un admirador. La teoría “hombruna” sería (en mexicano): se va porque se “enculó” por otro; el amante o la hará esposa o la usará un tiempo y luego la mujer, como Emma Bovary, intentará el regreso al cómodo y tedioso marido –los buenos maridos suelen ser doctores Bovary: seguros, sin mancha, tampoco chispa, esto es, sin chispa para no tener mancha–. Así sucede al final de la novela de Michaëlis. O eso intenta la protagonista que se asume perdida por el rechazo del amante y trata de regresar al marido que ya ha encontrado solaz en una joven. La protagonista entonces se refugia en su sirvienta y la compañía va para amor lésbico porque, si desatado, el deseo no respeta ni sexo ni posición social, y si respeta, no es deseo, es biología o es etiqueta. La desigualdad mexicana no cancela el deseo y los abusos de patrones y señoritos pero, como en la famosísima telenovela Simplemente María, el amarchantarse mexicano no permite que el deseo entre en el terreno del amor, del matrimonio, de la vida; las “chachas” son “como de la familia” pero sólo como.

En la excelsa versión portuguesa de lo mismo (O primo Basílio, 1878), J. M. Eça de Queirós hace de la sirvienta, Juliana, no el consuelo sino la causa de la ruina de Luísa, la protagonista. Juliana es una resentida social que al descubrir el adulterio de su patrona piensa asegurarse su futuro y vengarse de años de limpiar la mierda de otros. Los chantajes de Juliana enferman a Luísa que encuentra compresión y cariño en un, para ella, asexuado Sebastião, el íntimo amigo de Jorge, el marido, el cual descubre el adulterio de su mujer mientras enviuda. Jorge se va vivir con Sebastião ora por renunciar al deseo ora por entregarse de lleno al deseo, Eça no nos aclara. De cualquier forma, debemos imaginar a Jorge, o al Dr. Bovary, viudos y felices no por la mansedumbre sino por la paz que sólo un bolero mexicano puede capturar: “fue un juego yo perdí, esa es mi suerte./ Pago porque soy buen jugador”. Es decir, la burda explicación “hombruna” funciona como un teorema matemático implacable. La ecuación del amor es la ecuación del amor. Sea como sea, aquí la sirvienta es un personaje interesantísimo, cercano a la Grace de Alias Grace (1996) de Margaret Atwood, mezcla de criminal y de pobre amarchantable. A ojos mexicanos, Juliana resulta ser el producto de un mal amarchantarse entre patrones y sirvienta; es decir, caemos en las quejas típicas de “ñoras” ricas malamarchantadas con sus sirvientas: “me roba”, “me espía”, “ya no hay muchachas buenas”. En cambio, Juliana es una revolucionaria, una infiltrada amarchantada dedicada a terminar con el amarchamiento desde dentro.

Los santos inocentes (1981) de Miguel Delibes crítica agudamente el amarchantamiento entre la familia de señoritos andaluces y la familia de sirvientes formada por Paco y Régula. Iván, el señorito latifundista, está, desde niño, amarchantado con su nano, Paco, que tiene un don especial para la caza de patos. Delibes se burla del servilismo de Paco, del despotismo del amo, pero aun así deja ver la rara intimidad y entrega entre dos, uno muy pobre y digno, y otro muy rico y señorito, de largo ambos amarchantados. Pero quizá la novela reciente que mejor atrapa la naturaleza del amarchantarse entre sirvienta y patrona tuvo que venir de los recuerdos de una sociedad desigual como la húngara. Me refiero a La puerta (1987) de la escritora húngara Magda Szabó. Es la historia, autobiográfica, de Magda que se descubre responsable de la muerte de Emerence, su sirvienta por muchos años. La novela es particularmente reveladora porque es la historia de una mujer no tradicional, Magda, una escritora con marido, casa y vida burguesas, que contrata, como toda buena familia, los servicios de una sirvienta. Emerence resulta un personaje inolvidable: vieja, mandona, eficientísima y enigmática. Al principio de la novela, la relación funciona como un contrato de servicios sin intimidad alguna, nada de amarchantarse; es más, Emerence es ruda y rechaza cualquier intento de amarchantarse con su patrona, la cual aguanta por la eficiencia de la empleada. Pero el amarchantamiento se produce a raíz de la enfermedad del marido de Magda, que acaba en el hospital sin que Emerence sea enterada del hecho. En cualquier amarchantarse entre sirvienta y patrona, la enfermedad del patrón tendría que ser asunto de la sirvienta; el no haber sido informada e involucrada en la grave enfermedad, enfurece a Emerence y lleva al pleito entre Maga y su sirvienta que decanta en el amarchantarse más íntimo entre ellas. Magda al fin conoce la vida y la misteriosa casa de Emerence. Se entera de que la vieja sirvienta provenía del mismo pueblo que la familia de Magda, aprende que Emerence había salvado y criado a una niña judía durante la guerra y, cuando Emerence enferma, Magda, contra la voluntad de su vieja sirvienta y amiga, la interna en un hospital, que es lo que el amarchantarse demanda. Emerence se salva, pero sólo para darse cuenta que el amachantarse entre ellas ha hecho que Magda permita a todo el vecindario acceso a la casa y a los secretos de la enigmática Emerence. Decepcionada y sin ganas de vivir, Emerence muere. Es decir, el amarchantarse acaba en intimidad y en traición, algo que Magda Szabó siente como culpa porque dejó que subiera de grado el simple amarchantarse a la mexicana –que siempre se detiene antes de la verdadera intimidad y responsabilidad humanas–.

Pobres pero honrados.

Amarchantarse se hace posible en el medio de una peculiar versión de la mala distribución de la riqueza; una en que los pobres son muchos pero guardan una mínima reserva de honorabilidad. Por ejemplo, en la ciudad de México de 1960, el “yo soy pobre pero honrado” no era sólo un decir, era lo que ricos y pobres esperaban; las casas y barrios de clases medias y ricas se llenaron de sirvientas conectadas por lazos familiares, redes de confianza entre gente rural venida a la ciudad y mujeres ricas y de clases media que se recomendaban sirvientas. El sistema clientelista de explotación incluía sus propios mecanismos de autocontrol: las familias y pueblos que proporcionaban sirvientas se obligaban a mantener la honorabilidad de las sirvientas, auto-controlándose para no perder el vínculo de confianza con una red familiar capitalina; y las patronas estaban a cargo de explotar correctamente a sus sirvientas, ofreciendo bajos salarios, pero también favores, compadrazgos, ayudas, prestamos, protección. Lo cual no sería posible si la idea de pobreza no tuviera un mínimo de reserva de dignidad porque amarchantarse con sirvientas significa nada menos que la cohabitación humana.

A fines del siglo XIX en Estados Unidos, mujeres negras se amarchantaban con sus patrones sureños, pero ya no existe ese amarchantamiento. No hablo de la weberiana trayectoria de la tradición a la modernidad: en el Detroit ultramoderno e industrial de la década de 1920, Henry Ford se amarchantó con pastores negros para lograr la mutua confianza entre él y los trabajadores negros que sus propios obreros rechazaban. Y así tuvo un flujo confiable de trabajadores negros amarchantados con Henry. En el viejo sur, las hijas bastardas del amo, engendradas con esclavas, a menudo acababan siendo amarchantadas en la casa del amo como sirvientas, como compañía o como niñeras.

Pero hoy ser negro en Chicago o en Nueva York o en Baltimore es no tener reserva de dignidad para entrar en el amarchantarse. El racismo, el crimen, la violencia, la segregación y la tremenda desigualdad les ha robado toda dignidad. No son criminales en potencia, son criminales de entrada.

En cambio, a lo largo del siglo XX, la pobreza en México guardó su reserva de honorabilidad, sobre todo cuando tenía un origen rural. Sin embargo, con la generalización del crimen, la reserva se va agotando y hoy hípsters y ricos prefieren agencias de sirvientas que les controlen al personal; prefieren contratar servicios sin amarchantarse, o taxímetros en lugar de viene-vienes. Creen que esto produce más seguridad, y tienen razón: más persuasiva es una pistola o la amenaza de la cárcel que cualquier blablabla. El problema es que no hay pistola ni amenaza que elimine el verdadero infierno del que todos quieren huir: el miedo a tener que desconfiar, y en serio, de todo mundo en todo momento.

Trick or Treat.

Amarchantarse también implica que el pobre pueda hacer, tener o apropiarse de algo que a la vez funcione como mercancía deseada por, y como amenaza al, rico. Es decir, un frutero vende mameyes, sabe de mameyes, pero ha de vender los muy maduros lo antes posible. Para amarchantarse, ha de darle a la marchanta los buenos siempre, y la sonrisa y la platiquita, y si sale malo: “ay marchante que mal me quedó”, “no marchantita, mire, pa’ que no se me enoje, pruebe este sin compromiso, se lo regalo”. La compradora se amarchanta porque sabe que otros fruteros pueden engañarla, no aquel con el que se ha amarchantado. El cuida-coches se apropia de calles y esquinas, pero no sólo vende espacios para los coches de los ricos, también amenaza. El chantaje es perfecto: “soy pobre y cabrón, pero honrado”. Además, el viene-viene es intermediario entre el mundo de la calle, que el rico ni conoce ni quiere conocer, y el mundo de la privada, la oficina, el mall. Ya amarchantado, el rico que frecuenta la esquina puede dejar coche y llaves, con toda confianza, pero ha de pagar, saludar, establecer una cierta familiaridad que le permita obtener la ventaja de llagar a la hora que sea, dejar el coche, que se le lave, y no correr ni el riesgo de la calle ni el del viene-viene. Confiar es más racional que arriesgarse a perder el coche o verlo dañado o buscar un lejano y caro estacionamiento o que el rico mismo se meta a negociar la calle que desconoce. La sirvienta también ofrece un servicio, hace todo lo que un rico no sabe o no quiere hacer, pero sólo el amarchantamiento permite que gente tan pobre y tan rica viva íntimamente cerca y no tema robos, chantajes, o las venganzas que el mal trato, el mal pago, la falta del amarchantarse produciría y a mares en sociedades tan desiguales.

Amarchantémonos los unos a los otros.

Amarchantarse es el equilibrio posible en gran desigualdad, en la pésima distribución del ingreso, de la educación, los servicios y las oportunidades; por eso, no sólo los muy pobres y los ricos se amarchantan. En México, un ejemplo de un añejo y muy “cuchi-cuchi” amarchantarse ha sido la relación entre el Estado y la elite de los que dicen tener o producir ideas, crítica, arte, verdad y ciencia. Como en el caso de los viene-vienes, este amarchantarse incluye lo suyo de amenaza (“o me das o te…” crítico, te “ventaneo” en los medios de comunicación, te investigo o te denuncio) y un pago por un servicio en investigación, desarrollo y educación. El viene-viene cumple un servicio claro, el de los intelectuales y académicos es un poco nebuloso. Generalmente reciben un salario universitario por su trabajo, y hasta ahí las cosas claras. El salario es, sin embargo, tan bajo como para devenir en castigo, el que reciben los que no son de elite, los que no están amarchantados vía SNI o el FONCA o el CONACYT o a la distribución de honores dirigida por el Estado. El servicio básico, es decir, educación, se va perdiendo mientras más se amarchanta el o la profesora –entre más productiva y famosa, menos clases–.

El equilibrio de confianza entre sirvienta-patrona o “viene-viene-dueño-del- BMW” adquiere, en este caso, una engañosa cara institucional. A simple vista, parece una sana política de “research and development”, claramente formalizada en estatutos y fórmulas consistentes en número de puntos o de lo que, sin ironía alguna, se llama “productos”. Sin embargo, por bien que funcionen los algoritmos y comités, el sistema se revela amarchantamiento a poco que uno repare en que tanto “producto”, tanta beca y estimulo, deviene en este aprendizaje social: ante el maiceo estatal, aprender a “comer de bolea”.

En México, o en cualquier país, los “intelectuales” cargamos algo de nuestros antecesores, y a veces se nos nota lo de bufón de rey, lo de arbitrista, lo de novicia rebelde o lo de complejo de monumento nacional. Pero el largo y curioso amarchantarse con el Estado, eso sí que es cosa muy mexicana; todo bajo el principio de que los salarios son bajos, de que hay que estimular a los que escriben para que escriban, a los que investigan para que investiguen, y así lograr que no enseñen. Los amarchantados protegen el sistema como el viene-viene protege su calle y sus marchantes. El negocio tiene su cosicosa, hay amarchantados de tercera, de segunda y de primera plus: entre los amarchantados, bien estimulados, hay una elite que pertenece a todas las academias posibles, premios nacionales (circa 800,000 pesos), salario de universidad pública, SNI-3 o SNI-emérito, salario de El Colegio Nacional (100,000 pesos mensuales de por vida), y lo que se acumule cada semana. En Francia, si uno pertenece al Collège de France, recibe un alto sueldo, pero no está permitido recibir otro honorario público, ni trabajar en institución pública o privada. En el amarchantarse intelectual mexicano, winners get all, como un viene-viene que controlara toda posibilidad de estacionarse en Coyoacán, Colonia del Valle, Condesa y Roma.

Como todo amarchantarse, éste funciona porque reproduce la desigualdad, como entre viene-viene y ricos, pero en este caso el amarchantarse origina cómplices, de esos de mara salvatrucha. Sencillo: del que no accede al amarchantamiento siempre puede decirse que es por falta de “productos”, y los que acceden se vuelven soldados del amarchantarse ora porque ya tiene su SNI y Premio Nacional o academia de esto o aquello ora porque lo esperan. ¿Quién va denunciar los cuatri-salarios de la elite académica e intelectual si todos están amarchantados si, quién más quién menos, aspira a esos salarios que decidirá el posible denunciado? Claro, a algún gobierno se le puede ocurrir subir salario y terminar con este amarchantarse, pero la inercia es tal que la desigualdad rige hasta en la distribución de honores y reputaciones. No amarchantarse es deshonra.

Sombras nada más.

Amarchantarse puede parecer a deviant case de la teoría liberal del Estado, un mal funcionamiento o una carencia del estado de derecho. Pero no, amarchantarse es la posibilidad que ofrece el Estado, y la posibilidad de Estado, en el medio del concubinato riqueza y gran inequidad. Todo amarchantarse hace sombra de Estado; en la gran desigualdad, sin amarchantarse, el Estado no produce sombra. En todo momento el amarchantarse del pobre tiene en cuanta al Estado. Cuando el viene-viene soborna al policía para apropiarse de las esquinas, cuando pide a su marchante que le ayude para lograr esto o aquello del Estado, cuando funciona por décadas en una esquina… todo esto no constituye una ausencia de Estado, es el Estado, el funcionamiento de la ley y el orden cual puede funcionar cotidianamente. El rico tiene acceso directo al Estado, puede denunciar, reclamar, pero el riesgo de violencia y de perder el servicio óptimo y la confianza, hace que la sombra del Estado sea mejor que su fuerza; ergo, hace Estado.

El Estado puede ser como el mexicano, pero también puede ser el estadounidense. De un tiempo acá, el grosero crecimiento de la desigualdad en Estados Unidos ha hecho que hoy exista the American amarchantarse, no por casualidad casi monopolizado por los mexicanos en Estados Unidos –o por centroamericanos que pasan por mexicanos porque, en esto de amarchantarse, los mexicanos llevan décadas creando la marca de confianza–. Es decir, en los mejores barrios de Nueva York, Chicago o Los Ángeles, los niños son cuidados por mexicanas completamente amarchantadas con sus ricos patrones; las casas y los jardines son cuidados por mexicanos amarchantados con sus patrones gringos que pagan más que en México, pero menos que el mercado formal estadounidense y que, como los viejos patrones mexicanos, compran servicios y confianza. Y pagan, como los viejos ricos mexicanos, con algo más que salario, con favores y protección, contactos, amasijos de intimidad y explotación. “Listen, María, we need to fix the toilet, do you know anyone?” “Of course, mañana viene mi primo a arreglarlo”. “Ok I’ll be out but you let him in and pay him”. O: “A mi niño no me lo aceptaron en la escuela”. “Don’t worry, María, I will talk to X, we known each other from the Hamptons, I’ll see that your boy gets admitted”. En Chicago, he conocido estudiantes de origen mexicano que han llegado a college patrocinados por los patrones de sus madres. ¿Y esto es porque en Estados Unidos el Estado no funciona? No. Es porque la desigualdad lo demanda y, más importante, porque el amarchantarse crea círculos de confianza y estabilidad en los que el Estado logra tener sombra. La desigualdad la sufren más unos que otros, pero, ya metidos en ella, su inercia beneficia a todos, todos la reproducen.

Claro, el amarchantarse mexicano en Estados Unidos se monta sobre la desconfianza de los ricos hacia los negros, desconfianza que los mexicanos sienten y reproducen. As late, la ultra derecha norteamericana ha querido hacer con sus mexicanos lo que se ha hecho con los negros, es decir, hacerlos criminales por definición y que el Estado funcione sin amarchantamientos de nadie. Pero, en la desigualdad, el único Estado que funciona como manual de the rule of law es el militarizado. El Estado estadunidense puede ambas cosas, favorecer y vivir del amarchatamiento de mexicanos y ricos gringos, y tener a más del 1% de la población en la cárcel –pobladas sobre todo por negros y mexicanos–.

Dícese, pues: “Yo me amarchanto con”, “Usted se ha amarchantado conmigo”, “esos están amarchantados”, “Amarchantémonos antes que matarnos”. Porque amarchatarse no es lo que sucede fuera del Estado; el Estado marca un tempo, un ritmo de notas legales e ilegales, amarchantarse es el baile, pero cada uno baila como puede y en eso de bailar cuenta mucho la frecuencia, la conjunción de un mismo espacio y tiempo en un habituarse en el medio de la desigualdad. Es horrible pero, en la sumatoria de riqueza + tremenda desigualdad, es lo que puede haber antes de la violencia generalizada o de un orden o desorden militarizado.